La cinturita de avispa del emperador y otras armas de la historia de España
La nueva Real Armería de Madrid –realmente es la misma desde que abriera en 1893 en el edificio de Palacio y que ahora regresa tras dos años de reacondicionamiento– podría compararse con una discoteca con buenas vistas; unas vistas privilegiadas al curso del Manzanares, a la Casa de Campo y alrededores. Un salón de cuarenta metros de largo por 16 de ancho y doce de alto. Y es allí, en las alturas, donde aparece un remozado lucernario «trampa». La luz ya no es natural, pero como si lo fuera. Es mucho más: cálida, fría, más blanca, con o sin sombras... A la carta. El catálogo de posibilidades parece el de un lamparista. Sacaba así pecho el equipo de Patrimonio Nacional ante semejante dispendio técnico que, por supuesto, es completamente «friendly» con los tesoros que ilumina: principalmente tapices y objetos varios para guerrear o «frontear», que dicen los chavales de hoy cuando quieren presumir.
Pero más allá de esta novedad tecnológica, las verdaderas joyas de la corona están en el suelo. «La intervención cambia la forma de acercarse a la colección con un recorrido más completo y una iluminación que realza las piezas, permite apreciar sus detalles e invita a redescubrirlas», presentaba la presidenta de Patrimonio, Ana de la Cueva, de una disposición que deja al visitante a no más de un metro de los reyes. Es una colección pensada «para las distancias cortas».
Morriones, birretes, turbantes, pistolas...
Aceros, bronces y oros se dejan ver por las diferentes armaduras y armas que se exponen. Rodelas, tarjas húngaras, morriones, birretes, turbantes, pistolas, guardabrazos, arcabuces y arcabucillos, escarpes, borgoñotas, estoques, espadas, mazas, codales, aljabas, petos y espaldares, testeras, frascos, mosquetes... El abanico es amplio: «La gran colección de Patrimonio», insisten de un tesoro que no es obra de armeros, sino «de artistas», puntualizaba el conservador de la casa Álvaro Soler: «Concebían sus obras para que fueran vistas. Era gente de la máxima confianza de los reyes y se codeaban con artistas como Durero. Incluso tenemos piezas de discípulos de Rafael».
Lo aseguraba el experto en una imponente sala principal que queda dividida en «carlistas» y «felipistas»: sobre la plataforma de la izquierda, el «armario ropero» de Carlos V; a la derecha, otro bosque de armaduras, esta vez las de Felipe II. Un despliegue de figurines (de casi 40 metros de largo) que de forma indirecta nos ayuda a imaginar cómo fue variando la silueta del emperador: de una cinturita de avispa a un señor barrigudo enfermo de gota. En el centro de ellos, bajo el lucernario, las corazas de la caballería, quizá hasta más espectaculares por sus dimensiones.
Son solo algunas de las 2.500 piezas que se exponen en la Real Armería (de un conjunto que supera las 7.000) después de la intervención que ha incluido una actualización de la museografía, con la incorporación de contenido en las vitrinas, como tres nuevos espacios dedicados a la colección borbónica o el muestrario japonés, con la suma de la recreación de un casco tradicional, kabuto, regalado a Felipe II; y otras piezas de procedencia turca integradas en el discurso de la batalla de Lepanto, donde precisamente estuvo un Cervantes que ya hacía alusión a esta Real Armería (siglos antes de que se instalase por estos lares) en su ‘Quijote’.
