Las gárgolas en El jorobado de Notre Dame son un error histórico probado
La película sitúa la historia en plena Edad Media, pero muchas de las figuras de la catedral fueron añadidas siglos después, durante una restauración romántica del siglo XIX
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Hay imágenes que damos por válidas sin cuestionarlas. Las gárgolas de Notre Dame son una de ellas. Están en lo alto de la catedral, aparecen en películas, en postales y en la memoria colectiva de cualquiera que haya visto la versión de Disney de El jorobado de Notre Dame. Sin embargo, esa imagen tan reconocible tiene un problema de base: no corresponde a la realidad histórica de la época en la que se sitúa la historia.
La película, basada en la novela Nuestra Señora de París de Victor Hugo, nos traslada a una catedral medieval, habitada por Quasimodo y rodeada de criaturas de piedra que parecen llevar allí desde siempre. Pero no es así. La Notre Dame que hoy conocemos, con sus quimeras y figuras grotescas observando la ciudad, es en gran medida una reinterpretación posterior, fruto de una restauración que transformó profundamente su aspecto original.
Qué eran realmente las gárgolas en la arquitectura medieval
Para entender el error, primero hay que aclarar conceptos. Cuando hablamos de gárgolas de Notre Dame, solemos referirnos a cualquier figura monstruosa esculpida en la piedra. Sin embargo, en sentido estricto, una gárgola es un elemento funcional. Su objetivo es evacuar el agua de lluvia, alejándola de los muros para evitar el deterioro de la estructura.
Todas esas criaturas fantásticas que vemos en las torres y balcones no cumplen esa función. Son, en realidad, grotescos o quimeras, figuras decorativas inspiradas en imaginarios medievales, pero sin utilidad práctica. Esta distinción no es menor, porque ya nos da una pista importante: no todo lo que parece medieval lo es realmente.
La transformación de Notre Dame en el siglo XIX
La clave de todo está en el siglo XIX. Tras la Revolución Francesa, la catedral quedó en un estado muy deteriorado. Muchas esculturas habían sido destruidas, las vidrieras estaban dañadas y el edificio había perdido gran parte de su esplendor original. Durante años, Notre Dame fue poco más que una estructura abandonada, utilizada incluso como almacén y afectada por el paso del tiempo y el desinterés.
El punto de inflexión llegó en 1831, cuando Victor Hugo publicó su novela. El éxito fue inmediato y despertó en la sociedad francesa una nueva sensibilidad hacia el patrimonio. La catedral dejó de ser un vestigio del pasado para convertirse en un símbolo que había que recuperar.
Fue entonces cuando se inició una gran restauración dirigida por el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc, una figura clave para entender la Notre Dame actual. Su trabajo no consistió únicamente en reparar lo que estaba dañado. También interpretó, reconstruyó y, en muchos casos, añadió elementos que consideraba coherentes con el espíritu gótico del edificio.
Por qué las gárgolas que vemos hoy no son medievales
Es en ese proceso donde aparecen muchas de las figuras que hoy identificamos con la catedral. Las quimeras, esos seres híbridos que parecen vigilar París desde las alturas, fueron diseñadas y esculpidas en el siglo XIX. No son restos originales de la Edad Media, sino creaciones modernas inspiradas en una visión idealizada de ese periodo.
Esto significa que la imagen que tenemos de Notre Dame, la misma que reproduce el cine y la cultura popular, mezcla elementos históricos con aportaciones posteriores. Las gárgolas y criaturas que acompañan a Quasimodo en la película no estaban allí en el siglo XV, ni formaban parte del paisaje original de la catedral medieval.
Un error histórico que se ha convertido en icono
Lo interesante es que, a pesar de todo, nadie percibe estas figuras como ajenas al monumento. Al contrario, se han convertido en uno de sus rasgos más distintivos. El error histórico ha sido absorbido por la propia identidad del lugar.
La versión de Notre Dame que ha llegado hasta nosotros no es una fotografía del pasado, sino el resultado de siglos de transformaciones, restauraciones e interpretaciones. Y, en cierto modo, eso también forma parte de su historia.
Porque a veces los monumentos no solo se conservan, sino que se reinventan. Y en ese proceso, lo que empieza como una reconstrucción acaba siendo, para todos, la imagen definitiva.
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