La siguiente pantalla
El mes que viene se cumplirán quince años del 15-M. Ya habrá tiempo entonces de sacar conclusiones. Pero no puede uno dejar de acordarse de aquella época en esta semana. No había que ser un lince de la trastienda de la creación de opinión para adivinar lo que veríamos desplegarse ante nuestros ojos. Un relato que sitúa los dos juicios en curso –«Kitchen» en la Audiencia, «Mascarillas» en el Tribunal Supremo– jugando una especie de partido de fútbol de la corrupción y las malas artes. Y que cada afición agite la bufanda en los graderíos habituales.
No puede uno dejar de preguntarse qué no estaríamos viviendo si esta coincidencia –coincidencia, sí, pese a las dudas publicitadas por algunos rapsodas– se hubiera producido durante aquel otro zeitgeist. Quizá hubiera sido la puntilla a aquel bipartidismo decadente que casi vimos desaparecer, víctima del empuje simultáneo de Podemos y Ciudadanos, hace una década. Pero la circunstancia no se produjo entonces, sino ahora. Hoy resulta inimaginable un Ejecutivo que no esté encabezado por el PP o el PSOE.
La suma de la organización fundada por Pablo Iglesias y las plataformas llamadas a sustituirla se mueve ya en lo que eran los números normales de Izquierda Unida. Y lo de Rivera y Arrimadas corrió la suerte funesta que aguarda a todos los proyectos de centro nacidos durante el presente periodo democrático. Sólo Vox, llegado a las instituciones algo después, es actor decisivo
Han pasado, fundamentalmente, ocho años de Gobierno de Pedro Sánchez. Un tiempo en el que se ha realizado un trabajo concienzudo para borrar de la conversación pública aquello que parecía llamado a ser una consecuencia de aquella indignación ciudadana: una rendición de cuentas mucho más exigente.
Nada más lejos. El Supremo nos ofrece un sainete de chicas de catálogo, campeonas de concursos de misses de veteranas y pícaros desentendidos de la moral que rodean lo que hasta hace no tanto era el círculo de confianza del primer ministro. (Nota al pie: Roures ya prepara una película sobre Carlos Mazón. Recuérdese que Bárcenas tenía, a la altura de 2015, una obra de teatro sobre su interrogatorio con Ruz y un filme basado en el mismo. De estas otras corruptelas, chistes de Torrente aparte, el audiovisual español parece no haber tenido noticia).
Además, se avanza en la investigación de dos de los episodios que más dramáticamente desnudaron el estado precario de las infraestructuras españolas. Ni una responsabilidad política purgada casi un año después del apagón que nos hizo retroceder siglos durante una jornada casi completa, pese a la acumulación de indicios de que los organismos, ejem, competentes deberían haber tomado en serio los avisos que se produjeron durante los meses anteriores. Red Eléctrica insiste en que los audios conocidos están descontextualizados. No es la manera más audaz de escurrir el bulto que figure en los manuales.
Una nadería se si se compara con la tragedia de Adamuz, en la que murieron 46 personas. Adif mantiene una pugna contra los criterios plasmados por la Guardia Civil en su último informe, centrado en las deficiencias de todo tipo que impidieron detectar a tiempo la rotura de un fragmento de vía. El ministro del ramo, tantas veces elogiado por el coro por limitarse a hacer el trabajo por el que se le paga a cuenta del erario, ha vuelto a burlarse de los medios de comunicación que le cuestionan.
Mientras, Pedro Sánchez sigue afianzando la estrategia de comunicación basada casi exclusivamente en redes sociales que ya comentamos por aquí el otro día. Su agenda se diría supeditada a que le pueda salir de ahí un TikTok resultón. Hobby Consolas resulta ser el medio que ofrece una información más detallada de su última visita. Se trata de OXO Museo del Videojuego. Una manera, nos dicen, de celebrar el buen momento por el que atraviesa dicha industria en nuestro país.
De modo que, mientras sucedía todo lo descrito en los párrafos anteriores, el presidente del Gobierno se ha dejado ver al volante de un coche de Super Mario hecho de Lego. «¿Dónde está la marcha?», pregunta antes de prorrumpir en una de esas carcajadas que ya empiezan a ser rasgo característico del personaje. Normal que se ría. Allí donde otro se hubiera encontrado el «game over», él sigue pasando pantalla.
