Cuando la baja inflación convive con un bienestar estancado
Costa Rica atraviesa una situación poco común: inflación cercana a cero –e incluso negativa– durante meses. A primera vista, podría parecer una buena noticia. Pero hay una pregunta incómoda que empieza a emerger: si los precios no suben, ¿por qué la gente no siente que vive mejor? El problema es que la baja inflación no es lo mismo que un mayor bienestar.
El Estado de la Nación lo señala con claridad: la estabilidad de precios apenas comienza a reflejarse en el poder adquisitivo de los hogares tras varios años de deterioro y lo hace de forma parcial y desigual. Es decir, aunque los precios crecen poco, la mejora en la capacidad de compra no alcanza para compensar lo perdido.
Más aún, el impacto varía según el ingreso. Los hogares más pobres destinan hasta un 40% de su gasto a alimentos, un rubro que sigue aumentando por encima del promedio. Para ellos, la inflación “baja” no es tan baja.
A esto se suma un problema más estructural: la desconexión entre la productividad y los salarios. En las últimas décadas, la producción ha crecido más rápido que los ingresos reales. En otras palabras, la economía avanza, pero ese avance no se traduce en mejores condiciones de vida.
El resultado es una paradoja. Por un lado, los indicadores macroeconómicos se muestran sólidos: inflación contenida, tipo de cambio apreciado, estabilidad. Por otro lado, esa estabilidad no se traduce automáticamente en crecimiento inclusivo ni en mejoras generalizadas del bienestar.
Incluso hay costos asociados. La apreciación del colón, que ayuda a contener la inflación, también encarece la producción local frente a la exterior, lo que afecta la competitividad de sectores clave. Así, la misma dinámica que reduce los precios puede debilitar uno de los motores del crecimiento.
Esto obliga a repensar una idea instalada: que controlar la inflación es suficiente. No lo es. La estabilidad de precios es una condición necesaria, pero no suficiente. Sin crecimiento de ingresos, sin mejoras en productividad distribuidas y sin políticas que reduzcan brechas, la inflación baja puede coexistir con estancamiento en el bienestar. Porque al final, lo que importa no es solo cuánto suben los precios. Es cuánto mejora la vida de las personas.
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Andrés Fernández Arauz es economista.
