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‘Me vendían por un paquete de cigarrillos’: la historia de Julia, una sobreviviente más de trata de personas

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Julia tiene 41 años y apenas logra escribir su nombre a mano. También le cuesta leer una oración, aunque una amiga la ayuda a descifrar las letras. En la calle, ese es quizá el favor que más suele pedir a cualquier extraño, que la ayude a comprender.

Habla en voz baja y, dependiendo de la parte de su historia que narre, su voz se tambalea y deja escapar unas lágrimas. Cuenta que evita usar ciertas prendas, como los pantalones cortos, para no mostrar las cicatrices en sus piernas, que lleva desde niña. Le avergüenzan.

Aunque no sonríe mucho, asegura sentirse orgullosa de su dentadura, pues hace algunos años la perdió por completo, y ahora la alivia saber que las burlas quedaron atrás. Lleva ya 10 años reconstruyendo su vida y haciendo las paces con una ingrata historia de abusos y trata, que continúa persiguiéndola, pero solo a través de sus miedos.

Mi vida de niña no fue fácil. A ninguna chiquita, a ningún chico le desearía todo lo que yo pasé. Mi niñez con mi papá, con mi mamá”, cuenta esta nicaragüense, ya muy habituada a Costa Rica porque vive aquí desde los siete años.

Julia no es su nombre real. Por seguridad solicitó no divulgar su identidad.

‘Me vendían por un paquete de cigarrillos’

Su infancia transcurrió en Laguna de Perlas, en el Caribe sur de Nicaragua, al norte de Bluefields. Era una comunidad rural y alejada; allí conoció a 12 hermanos suyos, aunque por poco tiempo. Solo con dos hermanas, también mujeres, convivió un poco más.

No recuerda juegos o risas, sino abusos desde los cuatro años por familiares cercanos. “No podía hablar, no podía decir nada de lo que pasaba. Tenía que soportar todo”, lamenta. Poco después, las agresiones continuaron cuando acabó en manos de un desconocido, luego de que su madre “la regalara”.

El hombre tenía 40 años y también la mantenía en una zona rural y alejada. Recuerda que sus días transcurrían en un pozo de tierra que el sujeto cavó y cubría con latas de zinc. Con piedras y un tronco sobre la tapa impedía que ella saliera. Julia solo veía la luz cuando este hombre le exigía hacer limpieza dentro de su casa, pero su cuerpo, como el de cualquier menor de cuatro años, era frágil.

Era una niña que buscaba como jugar y no hacer las laborales de la casa. No podía levantar un galón de agua, no podía agarrar una escoba a esa edad”, rememora.

Por las noches, el sujeto la visitaba en ese pozo y lo que ahí ocurría la marca aún 37 años después. Esa fue su rutina hasta los cinco años, cuando su madre volvió por ella.

Explica la vulnerabilidad de su familia diciendo que su tía era a la vez su madrastra y que, una vez que la sacaron de ese pozo, pasó a vivir en casa de sus abuelos, también disfuncional. “Mi tío decía: ‘Usted va a ser mi pareja. Usted va a ser mi mujer’”, recuerda. En su cuerpo señala mordiscos que atribuye a esa época.

“Mi mamá negoció a otra hermana cuando tenía 14 años”, y continúa diciendo que a ella la cedían a hombres por unas horas. Pese a ello, afirma que sentía cariño por su madre; era quizás lo menos nocivo de su entorno.

“No me importaba si mi mamá me negociaba con los señores o me vendía por un paquete de cigarros, por un trago de guaro. Porque llegué a amar y querer a mi mamá, a sentir algo bonito por ella”, cuenta.

‘Lo mío fue un secuestro’

Julia tenía siete años cuando emprendió su viaje a Costa Rica. Aquí vivía en Alajuelita con una hermana suya que entonces tenía 21 años y le prometió que venía para aprender a leer y a escribir. “Me trajo a sufrir, hubiera preferido que me dejara allá. Maltrato físico, abusos”, explica.

Con su hermana se dedicó a hacer oficio, pero ella misma le pegaba con cables en las piernas, y de ahí el origen de sus cicatrices. En ese entorno, entre golpes e insultos, vivió hasta sus 20 años. “Aquí yo no conocía nada. Me decía: ‘si te tratás de escapar te van a matar, si te escapás, nunca más vas a ver a mamá’. Era ese temor que desde niña traigo, siempre con esas amenazas, por mi mamá”, afirma.

A esa edad comenzó a buscar ayuda para regresar a Nicaragua y reencontrarse con ella. “Quería ver dónde estaba, si estaba muerta o no”, recuerda. Con ¢100.000 en su bolsillo llegó a Peñas Blancas, pero no tenía documentos de identidad, es por esto que confió todo su dinero a un coyote que le prometió que la ayudaría a cruzar la frontera. Hay muchas mujeres que caen en la misma trampa a diario en esa zona, según contó Julia.

“Les prometen cosas, que las van a pasar. Prácticamente hay muchos señores. Son los que se apuntan a recoger los migrantes que vamos sin papeles, que vamos huyendo (...) Hay muchas que ahí caemos, pero lo mío fue un secuestro”, dice.

Julia narra que las víctimas suelen ser mujeres muy jóvenes, de entre 15, 16 y 17 años, aunque los hombres también se aprovechan de niñas.

A ella la retuvieron dos semanas en una bodega en el patio de una casa de madera en esa misma localidad. Estaba amarrada de uno de sus pies con una cadena y la puerta de este aposento cerrada con un candado. Afuera describe potrero y monte.

De uno de los tantos abusos en ese sitio tuvo su primer embarazo. “Para mí es duro ese tema, porque mi hijo me refleja a esa persona. Yo iba a dar en adopción a mi hijo, porque yo no sentía nada. Le pedí perdón, que me perdonara por todo, que no tenía culpa, que nunca la tuvo”, expresa entre lágrimas.

Logró salir cuando la madre del sujeto descubrió que la tenía encerrada. Tomó un bus hacia Managua, pero poco después regresó a Costa Rica, ya embarazada, porque su madre había fallecido y no tenía ningún arraigo en el norte.

Años después tuvo dos hijas más, hoy de 14 y 16 años, “producto del ambiente, la prostitución, en nightclubs”. Julia comenzó trabajando en las cercanías del Museo de los Niños y allí, en el “ambiente”, como ella misma lo llama, incursionó en el mundo de las drogas.

El maltrato dentro de estos establecimientos josefinos, al menos tres en los que ella estuvo brindando servicios, fue severo. “Si no haces esto te mato, si no hacés esto, no salís. Amenazan con armas, amenazan con cuchillo. No es nada bonito”, asevera. Además, el propietario de los establecimientos se deja gran parte de sus ganancias y con lo que restaba mantenía a su hijo mayor.

“Fue con tal de atender bien a mi hijo. Yo no tuve eso con mi mamá, que mi mamá se preocupara por mí. Nunca dio la cara, nunca hubo un peluche, una muñeca, no sabíamos lo que era un cumpleaños”, lamenta.

A pesar de toda su historia, reconoce que nunca en su vida había amanecido en la calle, y fue ese el detonante que la llevó, en 2015, a buscar ayuda en el Instituto Costarricense de Alcoholismo y Farmacodependencia y la Fundación Rahab, que en los últimos 28 años ha recibido a más de 15.000 víctimas indirectas de trata y explotación, usualmente los hijos e hijas de las mujeres sobrevivientes.

“Cuando yo ya salí, salí buscando qué quiero de mí, qué es lo que yo quiero”, afirma. Cada día trabaja para encontrar esas respuestas.

En la Fundación recibe atención psicológica y cursos de cuanta cosa quiera aprender. Dedica su tiempo a la bisutería, la agricultura, pintura de botellas, aprendió costura básica y hasta vitrofusión. Esta última la ayudó a superar su pánico a los vidrios, pues recuerda que caminar descalza sobre vidrios era un castigo habitual en su niñez.

Con sus hijos, la relación es compleja. Sus padres le recuerdan un pasado doloroso, y ellos mismos se preguntan quiénes son. “Me quedo callada… (Sus hijos) son del ambiente, bajo los efectos del alcohol, bajo los efectos de la droga. Me aguanto palabras duras, pero aquí sigo, luchando por ellos”, asegura.

Con ayuda de profesionales aprendió lo que significa un abrazo y recibir cariño. Obtuvo sus documentos, su cédula, sus dientes, y una amiga la ayuda a plasmar su historia en un libro que algún día, cuando se sienta lista, dice que publicará con su nombre completo.

“Es mi vida, es lo que viví. Es lo que vivimos las mujeres que somos del ambiente, de la prostitución”, sentencia.






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