Sí, pero no. El drama de Juan Diego Flórez
Hay una paradoja que persigue a los grandes durante años: el éxito como trampa. El miércoles 11 de marzo estuve en el Auditorio Nacional escuchando a Juan Diego Flórez, y durante más de dos horas me pregunté si alguien debería decirle algo. Algo amable, claro. Pero decírselo.
Me acordé de mi paseo y almuerzo a solas por las empedradas calles de Pedraza con June Anderson. Se me puso a llorar porque nadie la contrataba para los papeles que ella quería cantar en vez de “La hija del regimiento” madrileña de entonces: Tosca, Aida… Pero no podía con ellos y ese era su problema.
El drama de Flórez es que la voz apenas ha cambiado y, quizá, se le oiga menos que antes. Empecemos por lo que no admite discusión. La voz sigue ahí. Treinta años de carrera, cincuenta y uno cumplidos, y el timbre de tenor lírico-ligero permanece inmutable. La emisión es una sola, sin costuras, sin esos pasajes de registro que delatan a muchos cantantes. Mozart abrió la noche —el aria K. 431, luego “La clemenza di Tito”— y Flórez navegó por esas aguas con la naturalidad de quien ha vivido tanto tiempo en ellas que ya no recuerda la orilla. Vicenzo Scalera, desde el piano, le acompañaba con elegancia pero más fuerte de lo que debiera a pesar de tener la tapa del piano sin abrir del todo y de conocerse sobradamente.
Rossini fue territorio propio, como siempre. “La pietra del paragone” con la vocalidad fluida y ese fraseo que parece no costarle nada. Boieldieu cerró la primera parte con “La dame blanche” y algo de gracia francesa. El programa de la primera mitad era, digámoslo así, el Flórez que uno espera: perfecto para la voz que tiene, diseñado para que brille lo que brilla.
Y entonces llegó la segunda parte. Y aquí es donde yo empecé a ponerme nervioso. La zarzuela estuvo bien con peros: “Doña Francisquita” de Vives, “El trust de los tenorios” de Serrano, “El milagro de la virgen” de Chapí, páginas que requieren dicción limpia, gusto y esa inteligencia musical instintiva de Flórez. El público del Auditorio explotó de entusiasmo, además de mostrar su mala educación al ovacionar antes de que Flórez terminase la última nota. Sí, pero no. No era ni Kraus, que sonaba más con parecido manejo de los reguladores dinámicos y obsesión por la pureza del fraseo, ni Domingo, Carreras, Aragall o Lavirgen por la entrega de estos con sus chorros de voz.
Luego vinieron Massenet y Gounod, “Werther” y “Fausto”. Y aquí uno tiene que ser honesto, aunque le cueste la amistad de medio foyer. Flórez dice esas arias de manera extraordinaria. Las frasea, las colorea, las modela con una musicalidad que desarma, pero hay algo que falta. No es un defecto de ejecución sino una cuestión de naturaleza. La voz, que no ha engordado lo suficiente con los años -y eso es a la vez su milagro y su límite-, no termina de vivir esos personajes desde dentro. Werther tiene que doler en el sonido, no solo en la intención. Y Flórez intenta, pero lo consigue a medias.
La “Consolation nº 3” de Liszt permitió a Scalera desplegar un refinado lirismo antes del cierre operístico del tenor con “I Lombardi” de Verdi. Digno, pero uno recuerda que hay otras arias verdianas que le quedan mejor, sobre todo si uno ha escuchado esa aria a Pavarotti o Bergonzi.
Y después llegaron los bises y la guitarra. Una vez más el popurrí peruano y esa nota en piano suspendida en una eternidad con el público entregado, aclamándole, feliz. Y uno tiene que reconocer que esos momentos tienen una verdad que con las arias de Gounod no siempre alcanza: la de un hombre que canta lo suyo, lo de su tierra, lo que aprendió antes de que nadie le enseñara técnica. Afortunadamente fue educado y cerró con más propinas junto a Scalera y, entre ellas, como no, los does de “La hija del regimiento” y una preciosa “Una furtiva lacrima”. Afortunadamente no se atrevió con el “Nessun dorma”. Terminó con las palabras de esa aria “Di più non chiedo”, pero yo sí pido más, más vuelta a los orígenes.
Flórez tiene todo lo necesario para ser exactamente lo que es, que es mucho, y parece que, tras algunos devaneos, por fin lo ha asumido. Como me comentó un amigo al que todos ustedes conocen: “ha encontrado la fórmula perfecta. Tres producciones al año y 40 conciertos a una media de 100.000 € con menos de 20 títulos en repertorio”.
