Tontos y flojos II
La semana pasada platicamos del efecto Flynn y de cómo se ha invertido por primera vez en la historia. El efecto Flynn se refiere al incremento constante en las calificaciones de los exámenes estandarizados de inteligencia; los resultados mejoraron alrededor de 3 puntos por cada década desde 1900 hasta 1970. Pero hace unos años comenzamos a notar que, en diversos países desarrollados, el crecimiento se ha ralentizado e incluso habría comenzado a descender. De acuerdo con los datos obtenidos de 730,000 ciudadanos noruegos por el Ragnar Frisch Centre for Economic Research, la principal causa del descenso del IQ no está en cuestiones demográficas, sino en el deterioro acelerado del entorno. Más que referirse a la contaminación del agua y del aire (aunque esto les cuesta a las ciudades hasta diez puntos), el deterioro lo es del ambiente social y escolar, a la par que nuevas tecnologías vuelven irrelevantes muchas de las estrategias pedagógicas y sus herramientas, como los exámenes y las tareas.
Paralelamente, es también alrededor de 1975 cuando el crecimiento de la productividad ha venido aplanándose en diversos sectores de los países más ricos. En este caso hay una serie más extensa de explicaciones, que van desde la forma en la que medimos y obtenemos los datos económicos hasta argumentos basados en la destrucción creativa de la que estaríamos viviendo un periodo transitorio; pero tampoco faltan las que simplemente nos acusan de flojos. El canciller Merz, luego de quedar asombrado con los robots que hacen kung fu en su visita a China el mes pasado, se dirigió así a los alemanes: “Si has estado en China, tienes la sensación de que el equilibrio entre la vida laboral y la personal, y trabajar semanas de cuatro días, no permitirán mantener nuestra prosperidad a largo plazo”. La productividad ha bajado porque las condiciones laborales se han regulado con el propósito de encontrar un balance sano entre el tiempo que pasamos en el trabajo y el que dedicamos a nosotros mismos, demanda centenaria de los movimientos laboristas. Si esto es cierto, entonces no sería necesariamente algo malo estar perdiendo productividad para tener más tiempo libre, pero también sería muy difícil evitar lo que consiguió el canciller: liberar la compra y producción de armamento de los frenos constitucionales a costa de reducir programas sociales y de seguridad laboral (también llamado “keynesianismo de guerra” o populismo de derecha).
Lo mismo pasa con la inteligencia. Cuando el enfoque actual no nos ha permitido detener el deterioro ecológico y social ni aplacar las fuerzas de la guerra, es necesario replantear lo que consideramos inteligencia. Insistir en el pensamiento crítico y en las humanidades es hoy una opción tan obvia que ya no requiere la fanfarria de hace tiempo; entre más dependemos de nuestras propias creaciones tecnológicas, más urgente se vuelve saber cómo podemos contener el daño que ocasionan y cómo podríamos usarlas para algo que no sea reproducir el trabajo esclavo.
Es común escuchar hablar de inversiones, pero no tanto de desinversiones. Parecería muy fácil retirarse cuando vemos resultados negativos, pero la verdad es que también hay mérito en aferrarse con la esperanza de ganar contra todo pronóstico. Sin embargo, toda apuesta requiere un análisis de oportunidad, y ahora tenemos que considerar si debemos reasignar o no nuestros recursos porque, por más beneficios que creamos percibir, la verdadera pregunta es si en verdad nos están acercando a nuestras metas.
