Crítica de 'Gigante': Roald Dahl y sus trifulcas con los judíos ★★★★☆
Autoría: Mark Rosenblatt. Dirección: Josep Maria Mestres. Interpretación: José María Pou, Victòria Pagès, Pep Planas, Clàudia Benito, Aida Llop, Jep Barceló. Teatro Bellas Artes, Madrid. Hasta el 26 de abril.
Tratar de dilucidar qué es exactamente el teatro “comercial” hoy en día, después de que ese calificativo haya adquirido tantas connotaciones de todo tipo –a veces inmerecidas y otras veces incluso contradictorias-, es una empresa poco menos que imposible. Sin embargo, es difícil no pensar en tal concepto cuando de pronto, dentro de la oferta supuestamente “comercial” de una ciudad como Madrid, mezclada con necios monólogos, comedietas adolescentes, melodramas gazmoños y cursiloides musicales, aparece, por ejemplo, una joyita como ‘Gigante’ o, lo que es lo mismo, una obra inteligente y honda desde el punto de vista intelectual, nada complaciente, cuyo conflicto dramático, además, está planteado con la equidistancia y la complejidad necesarias para espolear un pensamiento verdaderamente crítico y fomentar el debate sano.
Ideada por el británico Mark Rosenblatt, la acción de ‘Gigante’ se sitúa en 1983 y tiene a Roald Dahl (José María Pou) como protagonista. El autor de ‘Charly y la fábrica de chocolate’ es en esas fechas un famoso escritor que ha pasado ya los 65 años y afronta algunos cambios importantes en su vida: ha emprendido una gran reforma en su casa y se ha prometido, tras divorciarse de su mujer, con Felicity "Liccy" Crosland (Victòria Pagès), la mujer con la que ya mantenía una relación desde hace más de una década. Por si fuera poco, ha publicado en un periódico una reseña de un libro sobre la invasión israelí del Líbano que ha ofendido a muchos lectores, que consideran sus comentarios antisemitas. En ese contexto, mientras revisa en su destartalada casa las pruebas de imprenta de su próximo libro, recibe la visita de su editor en Reino Unido, Tom Maschler (Pep Planas), y su editora estadounidense, Jessie Stone (Clàudia Benito). Aunque sus motivaciones no sean las mismas, ambos intentarán convencerle para que se retracte de los comentarios de su reseña y pida perdón públicamente a la comunidad judía.
El combate dialéctico y de personalidades que protagonizan Roald Dahl y la editora ficticia Jessie Stone se convierte en el verdadero motor de un formidable drama, con grandes dosis de ironía y mala leche, que aborda importantes y polémicas cuestiones relacionadas con la tolerancia, la guerra, la dominación, el compromiso ético de nuestros actos, la libertad de expresión o el victimismo.
Haciendo una espléndida lectura del texto, el director Josep Maria Mestres maneja y varía con destreza el ritmo y el tono del espectáculo tratando de conjurar la monotonía que podría derivarse de su excesiva duración (cerca de dos horas y media) y de la acumulación de algunas réplicas con valor meramente anecdótico.
En el capítulo actoral, Pou está estupendo dando vida a un Roald Dahl que crece y se humaniza cuando el actor, en determinadas escenas, le retira la máscara del sarcasmo y permite que veamos su alma, tan vulnerable como todas. Y meritísimo es asimismo, en la piel de Stone, el trabajo de Benito, actriz no muy conocida en los teatros de Madrid que se mantiene en todo momento a la altura de Pou en ese permanente toma y daca que exige la función.
Algo más secundarios, aunque están muy presentes en escena, son los personajes de Maschler y Crosland, correctamente interpretados por Planas y Pagès respectivamente; pero está mejor escrito, y es más relevante en el desarrollo dramático, el primero que la segunda. Menos peso en la trama tienen la criada (Aida Llop) y el jardinero (Jep Barceló), cuya presencia se justifica casi exclusivamente para dar oportunos respiros a la acción y aportar, en el caso del segundo, alguna pincelada de carácter simbólico.
- Lo mejor: Es una gran obra, con un conflicto complejo, potente y equilibrado.
- Lo peor: Como viene ocurriendo a menudo últimamente, dura más de lo debido.
