Ciberescuderas: cuando el machismo se combate en red
Las redes sociales son hoy uno de los principales espacios de interacción social, para lo bueno y para lo malo. El el mundo online se construyen identidades, se entablan relaciones y genera opinión. Pero ese mismo entorno digital también reproduce e, incluso, potencia desigualdades que ya existen per se fuera de la pantalla. El machismo también domina internet: insultos, amenazas, campañas de odio o difusión de imágenes íntimas de mujeres y niñas sin consentimiento forman parte de una violencia machista que cada vez preocupa más a investigadores, legisladores y organizaciones feministas. Por este motivo, y en el Día Internacional de la Mujer que hoy se celebra, resulta imprescindible abordar la ciberigualdad.
En España, los datos dimensionan este desgarrador fenómeno. Un tercio de las mujeres jóvenes en nuestro país (un 34 % entre las que tienen 18 y 24 años y un 30% de las comprendidas entre los 25 y 34 años) sufre acoso digital según datos de la última macro encuesta de violencia contra la mujer del Ministerio de Igualdad. La violencia digital adopta múltiples formas: desde mensajes intimidatorios hasta el control de la pareja a través del móvil o el hostigamiento en redes sociales.
Como puede comprobarse, este problema afecta especialmente a las mujeres jóvenes. Distintos estudios sobre violencia digital muestran que el 28% de las chicas de entre 16 y 17 años ha sufrido violencia virtual. La sexualización también es una constante: una de cada cuatro mujeres de entre 16 y 25 años (25%) ha recibido insinuaciones sexuales inapropiadas a través de redes sociales.
Cifras alarmantes
Las cifras reflejan una clara brecha de género. Entre los jóvenes, el 26,5% de las mujeres afirma haber sufrido acoso en redes sociales, frente al 16,9% de los hombres. Y el 70% de las denuncias por violencia digital registradas en el canal prioritario de la Agencia Española de Protección de Datos corresponden a mujeres, lo que evidencia el fuerte componente de género de este tipo de ataques.
Para comprender este problema de desigualdad resulta necesario mirar más allá de las plataformas digitales o mejor dicho, dejar de hacerlo como meros espectadores y analizar qué esta pasando en el mundo digital con este asunto. La doctora Eleonora Esposito lo tiene claro. Investigadora del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra y experta nacional destacada en la Dirección General de Redes de Comunicación, Contenido y Tecnologías de la Comisión Europea, lleva décadas estudiando este fenómeno desde una perspectiva holística. «Lo primero que hay que decir es que lo que llamamos violencia digital contra las mujeres es en realidad una forma de violencia de género facilitada por la tecnología», explica. «No es un fenómeno aislado ni puramente tecnológico; es lo que podríamos llamar un fenómeno tecno-social».
Y es que la misoginia, recuerda la investigadora, no nació con internet. Sin embargo, la tecnología ha amplificado su alcance. «Las amenazas, los insultos o la difusión de imágenes íntimas sin consentimiento existían antes, pero ahora pueden multiplicarse en cuestión de minutos y llegar a miles o millones de personas».
Además hace un aparte para hablar de la nueva frontera: la inteligencia artificial, a través de la cual, la violencia digital ha adquirido nuevas formas con la expansión de la inteligencia artificial. Herramientas capaces de manipular imágenes o generar contenido hiperrealista están siendo utilizadas para crear deepfakes, fotografías o vídeos falsos que pueden dañar gravemente la reputación de una persona, especialmente e las mujeres, que suelen ser el objeto de esta agresión. «Sabemos que alrededor del 90% de las víctimas de este tipo de violencia son mujeres», asevera la experta.
Las afectadas suelen ser mujeres con visibilidad pública (periodistas, políticas, deportistas o activistas), pero también mujeres anónimas. La facilidad con la que se pueden crear estos contenidos ha encendido las alarmas entre expertos y legisladores. El problema no se limita al daño reputacional. Muchas veces estas agresiones digitales forman parte de una violencia más amplia.
Brecha de género online
Los datos que muestran una mayor incidencia del cibermachismo entre jóvenes no sorprenden a los especialistas. Las nuevas generaciones han crecido en un entorno completamente digitalizado. «Los jóvenes han crecido con internet siempre presente, ahí construyen su identidad y su imagen pública. Y si ‘‘nacen’’ en un entorno donde el discurso de odio, la cosificación o la discriminación están normalizados, es difícil prever cuáles serán las consecuencias dentro de diez o quince años», advierte Esposito.
Ante esta situación, el marco legal europeo está empezando a cambiar. Uno de los avances más importantes ha sido la entrada en vigor de la Ley de Servicios Digitales de la Unión Europea (Digital Services Act), plenamente aplicable desde 2024. Y ella recoge como novedad importante la figura de los «alertadores de confianza», organizaciones o expertos certificados que pueden señalar contenidos ilícitos a las plataformas con prioridad. En España, estas certificaciones las concede la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia. «Cuando estos alertadores notifican un contenido ilegal, las plataformas están obligadas a revisarlo con mayor rapidez», explica Esposito.
Esta normativa incluye por primera vez varias formas de violencia digital. Entre ellas se encuentran el acecho digital, el acoso en línea, el discurso de odio basado en el género y la violencia basada en imágenes, incluidos los deepfakes o contenidos generados mediante inteligencia artificial.
Mientras que la tecnología plantea muchos problemas, también crea soluciones. Investigadores de diferentes disciplinas trabajan para desarrollar herramientas tecnológicas que puedan ayudar a proteger a las víctimas. Uno de esos proyectos se desarrolla en la Universidad Carlos III de Madrid, donde un equipo multidisciplinar trabaja en un sistema capaz de detectar situaciones de miedo mediante inteligencia artificial.
El dispositivo utiliza sensores capaces de analizar variables fisiológicas como la temperatura de la piel, la sudoración o el pulso cardíaco. Con esos datos, los algoritmos pueden identificar patrones asociados al pánico o al peligro.
«Si el sistema detecta una situación de riesgo, se activa una alerta automática dirigida a un círculo protector que podría incluir a la policía, servicios de atención a víctimas o personas cercanas», explica a este diario Celia López, profesora del departamento de Tecnología Electrónica de la UC3M, directora del Instituto de Estudios de Género.
En este caso quien lleva la pulsera es la víctima «porque los dispositivos que se colocan al agresor, como las pulseras telemáticas de control de órdenes de alejamiento, tienen limitaciones. Solo se utilizan cuando existe una orden judicial y, además, el agresor debe aceptar llevar el dispositivo. Eso significa que muchos casos quedan fuera de ese sistema», apunta la también coordinadora de UC3M4Safety que ha formado parte del equipo que ha dado luz a este pionero dispositivo. «Nuestro objetivo es utilizar los avances tecnológicos y científicos para luchar contra la violencia de género. Pero para hacerlo bien no basta con desarrollar un dispositivo tecnológico: hay que entender el problema desde el punto de vista psicológico, sociológico y legal», sentencia la investigadora que, junto a otras científicas y expertas, trabajan para derribar la brecha de género y promover políticas de igualdad y apoyo a las mujeres.
