Guerra para todos
Trump entiende que la realidad existe sólo en su perspectiva moral, que conocimos a través del programa de televisión donde despedía a la plantilla impulsado por sus arrebatos extremos. Lo de ahora, la guerra, se yuxtapone a aquello y las bombas caen sobre el descabezado régimen de Irán con la misma pulsión que sus gritos catódicos. La crisis ya se extiende desde las estribaciones del Índico hasta las pacíficas costas de Rota, ya no somos espectadores y los europeos, metidos hasta el cuello en mierda, pensamos que aún tenemos las viejas ordenanzas de 1945 para salvarnos. Es mentira, no nos sirven de nada porque a la generación actual de gobernantes les importa un pepino aquello de “no volver a repetir los mismos errores” tras Hiroshima y Auschwitz. Estados Unidos es un lugar, iba a escribir un país pero tengo dudas, donde se estrena todo diariamente y le acaban de quitar el plástico a esta guerra en Oriente Medio frotándose las manos, con ilusión. Trump llevaba años anunciando que el gasto militar se convertiría en una obligación para los países de la OTAN y ahora quema la pólvora que nos encargó comprar entonces. Nadie quiere una pistola en el cajón si no puede utilizarla y estos misiles contra Irán le dan sonido a la caja registradora yankee. “Such a great deal!”, debieron pensar cuando los portaaviones se acercaban al Golfo Pérsico. Un negocio tan grande, tan jugoso, permite que muchos buitres logren su gran tajada con sólo estirar un poco más el cuello. Nadie puede defender a los ayatolás sin sonrojarse, por eso la contestación a los bombardeos es tibia, anodina y fugaz. Pero como decía, el croupier de la guerra reparte las cartas y cada cual se las arregla como puede para lograr una buena mano. Sánchez lo sabe y rescató aquel lema de letras rojas sobre fondo negro porque previsiblemente se trata del último naipe guardado en la manga, pero ni España ni los españoles somos los mismos de aquel 2003 del “No a la guerra”.
