Javier Ortega, psicoterapeuta familiar: «Con los padres por supuesto cabe la ayuda, pero debe ser proporcional a nuestras posibilidades»
¿Desatendemos a nuestros padres si queremos continuar con nuestras vidas? Una pregunta no exenta de polémica, controvertida culturalmente y con puntos de vista dispares, que el psicoterapeuta familiar acreditado por FEATF y FEAP nos responde desde su vertiente más profesional y su dilatada experiencia en cuanto a salud mental y vínculo familiar.
«Los seres humanos oscilamos en nuestra existencia entre un dar y un recibir cuidados. La primera actividad brota de nuestra autonomía, mientras que la segunda hace más referencia a la dependencia. Culturalmente, acaso por el influjo que ejerce la cultura anglosajona, individualista y autárquica, se ha sobreestimado la autonomía por encima de otras formas necesarias de relación. Pero el proceso oscilante entre la dependencia y la autonomía a lo largo de nuestro ciclo vital es más complejo de lo que parece».
«Nuestra especie sobrevivió gracias a esa generosidad de los cuidados»
Javier Ortega Allué continúa profundizando en el fenómeno del cuidado de nuestros padres. «Cuando niños, fuimos dependientes de nuestros cuidadores, nuestros padres y figuras de apego y resiliencia, pero ya entonces crecimos explorando la diferenciación, la separación y la autonomía. De adultos, el proceso pareció invertirse, haciéndonos responsables a nosotros de ser la fuente del cuidado de otros, sin que por ello nos olvidáramos también de recibirlos en el seno de la pareja».
En la ancianidad, según el psicoterapeuta, «regresaremos al punto de origen de nuestra biografía, necesitados como estaremos de que nos cuiden y atiendan. Mientras, transcurrirá eso que llamamos vida, nuestra vida. La donación y el cuidado de otros son constitutivos de nuestra naturaleza de humanos en relación. Somos cultural y biológicamente seres relacionales. Somos lo que somos porque hubo quienes nos ayudaron a ser. Construimos nuestra identidad de fuera adentro, del mundo a las entrañas».
De hecho, el experto asegura que nuestra especie «sobrevivió gracias a esa generosidad de los cuidados. Y fuimos autónomos porque antes otros cubrieron tales necesidades. Suele decirse que estamos, pues, en deuda con quienes nos cuidaron. Y es cierto. Lo que no resulta tan veraz es que esa deuda debamos pagarla hacia arriba en lugar de hacia abajo».
«La deuda de existir se paga con la siguiente generación, no con la anterior»
Vinimos al mundo como resultado, en buena medida, del amor, la ternura y sensualidad que nutrió la vida de pareja de nuestros progenitores. «A pesar de sus dificultades –que las debió haber, sin duda–, quisieron dejar con nuestra presencia una huella viva de su amor. Fue su acto generoso de cuidados lo que nos hizo no solo sobrevivir, sino vivir. La pareja que eran conformó, en un paso posterior, eso que llamamos familia. Nuestra familia de origen«, explica el psicoterapeuta.
Y añade: «Tal vez con el tiempo y el desgaste de la convivencia esa pareja inicial se deterioró y puede que decidieran divorciarse. La pareja declinó y murió en parte. Pero, aunque ya no fueran, lo que hicieron pervivió como parentalidad, pues los padres lo son mientras existen. Ese es el destino de la paternidad».
Por lo tanto, del argumento del experto se deduce que al cuidar con amor incondicional a sus hijos, nuestros padres pagaron la deuda que tenían con sus progenitores por existir. Y así también nosotros, con nuestros hijos, pagaremos la deuda debida con nuestros progenitores. «Esa deuda se paga con la siguiente generación, no con la anterior. Espacialmente, va de arriba abajo: de los primeros a los segundos».
¿Es una obligación cuidar a nuestros padres?
En este contexto, existe «una turbia leyenda en torno a los cuidados hacia los progenitores. Una suerte de legado familiar, que nos dicta la obligación de cuidar de nuestros padres. Y el problema no es ese mandato, sino hasta qué punto debemos cumplirlo. Parece que tal mandato no admitiera matices. Pero la vida está trenzada por esos matices. No la comprendemos si leemos sus delicados signos con trazo grueso», advierte.
Eso sí, Ortega aclara que «vaya por delante que los padres no nos tuvieron para que fuéramos sus muletas en su vejez. O no deberían habernos tenido para ello. Fue nuestro origen un acto de generosidad, que no hay que empañar con tan oscuro deseo. Por supuesto que cabe la ayuda, pero una ayuda proporcional y a la medida de nuestras posibilidades. Una ayuda que no congele la vida que nos dieron. Una ayuda, en suma, que nos permita seguir también adelante con la nuestra».
El psicoterapeuta nos invita a no sentirnos culpables por vivir nuestra vida, y asegura que no se es mal hijo por ello. «Es un imperativo de salud psicológica el que nos dicta que, para tener un desarrollo sano, hemos de traicionar ciertos mandatos y expectativas familiares. Crecer implica esa traición, o todavía estaríamos viviendo en cuevas. Una de estas expectativas es la que pudieran tener nuestros padres acerca de cómo querrían ser cuidados. Es normal que lo hayan pensado, pero eso no implica que cada uno de nosotros pueda ayudar como ellos esperan, sino solamente como nos es posible».
La complicación de luchar contra los imperativos sociales
Haciendo uso de su experiencia profesional, Javier Ortega comparte: «Una vez escuché a una señora mayor confesarme que todos los padres deberían haber tenido un hijo médico y otro abogado, para que les cuidara en su enfermedad y les orientara en los temas legales. Otra me comentó que ella tenía que dedicar los domingos a atender a su madre hasta su muerte, aunque eso le supusiera olvidarse de los suyos y sus propias necesidades. Era lo que una buena hija debía hacer».
Son aprendizajes que se hunden en lo visceral, en una deuda malentendida, y la manifestación de un cierto fracaso educativo existencial. No, no deberían habernos tenido para esto. Pero es difícil luchar contra los imperativos sociales. Y raro. Ya se sabe: “Cría cuervos…”.
Nuestra salud mental depende, según el experto, de tener claras nuestras prioridades sea cual sea la situación vital que nos confronte. «Yo lo llamo egoísmo inteligente, pero también lo podríamos llamar ‘generosidad con uno mismo’. Freud manifestó que ‘el egoísmo es una de las condiciones de la salud mental’. Ojo, ese egoísmo inteligente se halla lejos del egoísmo tonto que domina en la sociedad, con personas que creen que están solas en el mundo y que éste tiene la obligación de satisfacer de forma inmediata sus necesidades más perentorias».
«En este mundo hay que aprender a negociar»
El egoísmo inteligente es el que sabe que somos seres relacionales y nos desenvolvemos y desarrollamos en un mundo donde otros como yo existen y tiene sus prioridades. «Hay que aprender a negociar. Eso no significa que olvidemos nuestras necesidades, pero sí que las podemos posponer. Es un gesto de amor hacerlo así. Pero nunca puede serlo a costa del olvido de las propias prioridades«.
«Recuerda que cuidar de ti mismo es atender esas prioridades. Sin tal atención quedamos abandonados al albur del malestar psicológico, de la ansiedad paralizante y de la tristeza o, peor aún, de la sensación de injusticia que hay siempre detrás de los malestares relacionales. Eso no significa no cuidar, sino cuidar según medida«.
El sentimiento de culpa
No es menos cierto que lo que cuenta el experto, el hecho de que muchas personas se sienten asfixiadas por la culpa. «La culpa es parte de esa herencia que legamos a los demás cuando queremos que alguien haga algo que nosotros deseamos que haga. Educamos a nuestros hijos e hijas con el látigo que chasquea culpabilidad cuando se alejan del mandato que les imponemos. La culpa es, pues, paralizante. Tiene esa función».
Sin embargo, nuestra integridad psicológica nos urge a que crezcamos, a que no nos quedemos de por vida siendo niños, a que ingrese la duda en esos mandatos escritos en piedras sobre las tablas de la Ley. Nuestra salud psicológica depende, pues, de que acertemos con la medida en nuestras formas de cuidar.
Para concluir con su versión profesional, el psicoterapeuta familiar asegura que «no habrá salud mental si nos inmolamos en el altar del sacrificio o si no somos capaces de encontrar la justa medida relacional que nos hará estar ayudando, pero sin olvidarnos de nuestras vidas, que fue la razón por la que los padres nos trajeron al mundo. Para vivir, no para servir».
