El boom que no hace bum. Coyuntura externa favorable pero mediocres resultados, por Javier Herrera
El Perú es reconocido por organismos internacionales como una de las economías más sólidas de Latinoamérica. Cuenta con la inflación más baja, bajo endeudamiento externo, un déficit público cercano al rango meta, abundantes reservas internacionales, exportaciones récord y una moneda fuerte frente al dólar. Además, el contexto externo es muy favorable: en 2025 los términos de intercambio subieron 19.2%, el nivel más alto en 7 décadas, las tasas de interés internacionales son bajas, los precios de los metales están elevados y nuestros principales socios crecen a buen ritmo (China 5%, EE.UU. 2.1%). Diversos estudios muestran que mejoras significativas en los términos de intercambio suelen asociarse a periodos de fuerte crecimiento. Durante el superciclo de precios de los metales (2004-2014), el PBI creció en promedio 5.9% anual y la pobreza se redujo 36 puntos, de 58.7% a 22.7%, una caída histórica a nivel mundial.
Si hoy el contexto internacional es tan favorable y los fundamentos macroeconómicos tan positivos, entonces ¿Por qué en la última década el crecimiento anual promedio fue de tan solo 2.3%, menos de la mitad que entre 2002-2014? ¿Por qué la pobreza en 2024 sigue estando aún 5.8 puntos por encima de 2015? ¿Por qué la informalidad cayó apenas 1 punto porcentual frente a -6.7 pts. en el boom previo, y el porcentaje de los trabajadores pobres solo disminuyó -2.6 pts. frente a -23 pts. en el ciclo anterior? Según el IPE, ahora deberíamos crecer cerca de 6% anual. En suma, ¿qué explica que, pese a un entorno externo tan favorable, el desempeño económico esté tan por debajo del ciclo anterior?
Esto no es un fenómeno nuevo. La historia económica del Perú republicano, según Heraclio Bonilla, quien nos ha dejado recientemente, es una sucesión de oportunidades perdidas. Primero con el salitre, luego el guano, enseguida el caucho. A pesar de los ingentes recursos fiscales que generaron las exportaciones de dichos productos en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, su aprovechamiento con el fin de modernizar al país construyendo vías de comunicación, dotarlo de escuelas y hospitales, construir una administración pública moderna que rompa con la herencia de instituciones coloniales, fueron tareas inconclusas. Bonilla argumentaba en su libro Guano y Burguesía (IEP, 1984) que ello se debió principalmente a que no contábamos con una clase dirigente comprometida con el desarrollo del país y a un débil mercado interno, producto de las fracturas sociales.
¿Por qué el boom actual no produce mejores resultados?
Dos explicaciones compiten por responder a la paradoja peruana. La primera sostiene que política y economía han dejado de transitar por cuerdas separadas. El desbalance entre poderes, capturado por una alianza política orientada por intereses particulares y una visión patrimonialista del Estado como botín, ha deteriorado la gestión de los recursos públicos y la confianza de los inversionistas. El Congreso, al atribuirse inconstitucionalmente capacidad de gasto y abrir forados en la recaudación mediante privilegios tributarios, ha debilitado las instituciones.
A ello se suma la inestabilidad política: ocho presidentes en la última década y cambios incesantes de ministros y altos funcionarios que impiden políticas sostenidas y normalizan el “borrón y cuenta nueva”. Este entorno ha erosionado el clima de negocios, con reglas viciadas por corrupción en todos los niveles. La conflictividad social se agravó y retroalimentó con represión sangrienta; bloqueos de vías y paralización económica —incluido el corredor minero— incrementaron la incertidumbre. Un futuro menos predecible eleva el riesgo y frena la inversión.
Sin embargo, las expectativas empresariales cuentan una historia parcialmente distinta. Pese a la inestabilidad política, la erosión institucional y la inseguridad, las expectativas empresariales sobre crecimiento, empleo formal e inversión se mantienen en terreno optimista desde hace 19 meses. Desde marzo 2023, el optimismo se intensifica: el índice pasa de 51.4 en febrero 2022 a 62.5 en setiembre 2025. Los empresarios parecen anticipar que el pacto gobernante continuará preservando una política económica proempresa (ley Chlimper, etc.), más allá del ruido político y la sucesión presidencial.
La segunda explicación, planteada por Oscar Dancourt, atribuye el menor dinamismo a políticas monetarias y fiscales demasiado conservadoras: tasas de interés elevadas y una aplicación rígida del límite al gasto público que frenan inversión y consumo. La apreciación de la moneda frente al dólar abarata importaciones que compiten con la producción nacional y destruyen empleo. En suma, en vez de aprovechar un contexto internacional muy favorable, el MEF y el BCR estarían pisando el freno y conduciendo mirando el retrovisor, no la ruta por delante.
De un boom al otro
Ambas explicaciones centradas en el contexto político y políticas económicas tienen una parte de verdad. Para tener una visión más completa es útil responder a la pregunta de ¿qué es lo que en lo económico diferencia este periodo de boom externo del anterior?
En primer lugar, aun cuando en este ciclo los términos de intercambio han mejorado más que durante el anterior ciclo (73% vs 66%), su composición ha sido distinta. En el ciclo anterior el precio de nuestras exportaciones creció más que en el actual boom (se multiplicaron por 2.74 y 1.93 respectivamente) mientras que el precio de las importaciones crecieron más que en el periodo actual (1.64 y 1.12, respectivamente). En los últimos 3 años los precios de las importaciones caen de manera sostenida al mismo tiempo que, desde 2021, el dólar se abarató en -9.5%. Ello tiene una como consecuencia que las importaciones se abaratan compitiendo con la producción y empleo nacional, en particular en sectores intensivos en mano de obra poco calificada (textil, calzado).
El ritmo de crecimiento promedio durante el actual boom no solo ha sido menor que en el anterior, sino que también su composición ha sido distinta. El crecimiento anual del PBI no primario ha sido un tercio que en el boom anterior (2.2% vs 6.7%) y sectores intensivos en mano de obra como construcción, comercio, servicios han crecido a tasas muy por debajo que en el anterior ciclo. La minería metálica ha crecido a mayor ritmo en el actual ciclo (3.2% vs 2.4%). El crecimiento de la producción y del empleo dependen fundamentalmente de la inversión. De un Boom al otro, la inversión bruta fija tanto privada como pública se desaceleraron brutalmente, la privada de 11.4% a 2.3% (-9.1 pts.) y la pública de 10.8% a 3.6% (-7.2 pts.). Las importaciones de bienes de capital en 2023 eran del mismo monto que 10 años atrás.
La nube gris que nubla el camino
Cabe preguntarse si los años 2024-2025 son años del esperado despegue. Indicios de ello son el incremento en 2025 del porcentaje de empleos adecuados de 60% a 65.1% en la capital y una disminución de trabajadores pobres de 31.5% a 28.5%. La inversión bruta fija en 2025 está 27% por encima del nivel en 2023 y la minera ha crecido en 24.3% en 2025, como no lo hacía desde 2018, aunque hay que considerar el largo periodo de maduración de proyectos de esa envergadura que no producirán resultados antes de varios años.
Sin embargo, múltiples factores amenazan con revertir las mejoras observadas en 2024-2025 y configuran desafíos para el próximo gobierno. Entre ellos destacan: el fenómeno de El Niño y su impacto sobre precios, producción y exportaciones; la incertidumbre electoral —en un contexto de expectativas empresariales a la baja—; el agravamiento de la inseguridad ciudadana y la captura del Estado por economías ilegales e informales; y los riesgos geopolíticos derivados de la disputa USA-China, incluidos sus efectos locales como eventuales retorsiones arancelarias de los EE.UU.
El entorno externo es excepcionalmente favorable, pero sin mayor inversión, creación de empleo adecuado, seguridad y estabilidad política, el crecimiento seguirá siendo débil y poco inclusivo. La ventana de oportunidad está abierta, pero puede cerrarse si no se corrigen los frenos estructurales y de política económica. Esos serán los desafíos para el próximo presidente.
