Cuando Egipto se secó
La sabana se ve salpicada de nutridas manadas de gigantescos antílopes eland, elegantes órix e imnúmerables ñúes azules que pastan bajo la atenta mirada de un grupo de leones cuyas hembras cazadoras parecen sopesar si acosar a sus presas o si encaminarse a los cañaverales de papiro del cercano y perezoso brazo del Nilo que se adentra en la meseta para tentar al rebaño de búfalos que abreva en sus aguas. Entonces, una de las leonas se pone en alerta, pues, lejos, en el horizonte, se puede ver a unas jirafas, y eso es tan raro ya como otear a algún solitario elefante.
La escena anterior no transcurre en Tanzania o Kenia, sino en la Meseta de Gizah, a pocos kilómetros de El Cairo, aunque tuvo lugar hace unos 4.700 años, justo antes de que el faraón Keops subiera al trono y decidiera alzar allí su Gran Pirámide. De hecho, ese paisaje –aunque cada vez más seco– perduró aún unos pocos siglos más, para luego dar paso al pavoroso desierto que hoy podemos contemplar.
En los días de Keops y su Gran Pirámide, el Nilo, uno de sus brazos, aún llegaba hasta el pie de las Grandes Pirámides y, en torno a ellas, no eran las arenas del Sahara, sino inmensos herbazales lo que predominaba. El Nilo también era muy diferente. El Valle, el corazón de Egipto, no solo contaba con un único cauce, sino que, desviándose del principal y ya desde la altura de Tebas, varios someros brazos menores ondulaban, ampliando notablemente la zona de inundación y, por ende, la extensión de las tierras cultivables.
Esos brazos menores no tenían un cauce tan profundo como el actual y, por eso, tal y como se anota en la llamada Piedra de Palermo, bastaba con inundaciones de cuatro codos –unos 2 metros– para que las aguas fertilizaran los campos.
El clima favorecía a Egipto, que, convertido en refugio seguro, atraía población y permitía a sus faraones contar con grandes riquezas y miles de trabajadores.
Egipto llevaba mil años de buena administración, de estabilidad, de prosperidad, cuando todo cambió y lo hizo por mor del clima y la geología: tras un primer aviso hacia el 2400 a.C., hacia el 2200 las temperaturas bajaron, se evaporó menos agua de los océanos y las lluvias, en consecuencia, disminuyeron. Los cambios en las corrientes atmosféricas y oceánicas desviaron también los monzones que descargaban sus lluvias en las altas cumbres del macizo Etíope –de donde proceden casi dos tercios del agua del Nilo–. En fin, el Nilo comenzó a ahondar su cauce y eso motivó que los brazos menores desaparecieran y que fueran necesarias avenidas mucho más grandes para que se desbordaran las aguas. El resultado de todo lo anterior fue, sencillamente, el infierno.
Los textos que se nos han conservado en papiros y tumbas no dejan lugar a dudas: primero llegó el hambre y, tras él, comenzó el caos, la violencia y el colapso del Estado faraónico. Un texto egipcio nos dice: «Falta el grano, el carbón de leña, la fruta, la madera, los arbustos... Se echa en falta el trabajo de los artesanos... Mira, los caminos están bloqueados, las rutas están vigiladas. Las gentes se sientan bajo los matorrales hasta que el viajero pasa al anochecer para caer sobre él y quitarle su carga. Se le arrebata lo que lleva. Se le apalea a golpes de garrote y es malamente asesinado. Mira, lo que ayer aún se veía, hoy se ha esfumado. El país ha sido abandonado a su debilidad... Las gentes del pueblo van y vienen llenas de aflicción... ¡Ojalá esto fuera el fin de la humanidad! Sin más concepciones ni nacimientos».
Hubo, por supuesto, quienes trataron de oponerse al caos y buscar soluciones. Así, por ejemplo, en la tumba de Ankhtyfy podemos leer: «La gente de toda la tierra se ha convertido en un saltamontes hambriento, unos yendo hacia el norte y otros hacia el sur...».
Durante doscientos años, Egipto fue la ruina y la violencia. Al cabo, con la construcción de nuevos canales e ingenios hidráulicos, con la dirección de hombres capaces y mucho trabajo, se superó la crisis y Egipto volvió a ser un país rico y poderoso.
Sí, pero nunca se pudo regresar a los días de Keops. Un nuevo Egipto, cercado por desiertos, se hizo norma. Uno que nunca olvidó que, pese a que los hombres crean que mil años de estabilidad y prosperidad son señal de eternidad, basta con que los cielos y los océanos muden para que el desafío y quizá el caos se abatan sobre los hombres.
