Tauroemoción entra en la puja de Zaragoza pese al cuestionado pliego
A las 14:00 de este lunes se cerró el plazo y el panorama quedó en blanco y negro: dos candidaturas para gestionar La Misericordia. Por un lado, la UTE formada por Ramón Valencia, Toño Matilla y Jesús Mena; por otro, Tauroemoción, con Alberto García al frente. Nada más. Para una plaza de este peso, el dato es revelador: el concurso no ha seducido precisamente a un sector que viene avisando de que así es difícil trabajar.
El foco, inevitablemente, vuelve al documento que rige la licitación. La patronal ANOET lo ha señalado con dureza y lo ha llegado a calificar de "inaceptable" en sus comunicaciones. No es un matiz menor: cuando quienes sostienen la estructura empresarial del toreo hablan en esos términos, lo que hay detrás suele ser una combinación de exigencias, plazos y garantías que alteran el equilibrio habitual entre administración, empresa y toreros.
En ese contexto, el concurso acumula además un frente jurídico: la empresa Nautalia, de Rafael García Garrido, presentó un recurso de reposición contra el pliego. Esa impugnación no impide, de por sí, que el procedimiento siga su curso, pero sí coloca el proceso bajo una luz incómoda: la de un modelo que nace discutido y al que se le exige una solidez que, hoy por hoy, no termina de transmitir.
Con el calendario en la mano, el punto más sensible ha sido la exigencia de cartas de compromiso con demasiada antelación para una feria que se celebra en octubre. Ahí se entiende el gesto de Andrés Roca Rey y Juan Ortega, que han declinado firmar en febrero su presencia. Más que un pulso personal, la lectura es estructural: un torero no puede convertirse en aval administrativo antes de que exista un proyecto definido y adjudicado. Y, a la vez, el aficionado tampoco debería depender de un trámite previo para saber si habrá o no habrá figuras.
En paralelo, la UTE de Valencia, Matilla y Mena llega con una carta fuerte: según ha trascendido, incorpora el compromiso de que Morante toreará dos tardes en la Feria de El Pilar, pero con una condición clave: el acuerdo solo tendría efecto si la UTE resulta adjudicataria. Es decir, no se trata de una promesa al aire, sino de una garantía sujeta al resultado del concurso. En un mercado donde la confianza vale oro, ese tipo de documentos pesan, aunque no resuelven por sí solos el debate de fondo.
Y ese debate, en realidad, trasciende Zaragoza: cómo se protegen la viabilidad y la libertad artística en una expresión cultural que vive de su verdad, no de formularios. La Misericordia merece un marco que facilite programar con sentido, atraer al público y cuidar el prestigio de una feria que siempre ha sido termómetro. Ahora, con solo dos aspirantes y un pliego discutido, la pregunta ya no es quién ganará, sino si el modelo elegido ayuda a que el toreo crezca o lo encorseta.
