El coche favorito de Bad Bunny no es el que imaginas
En la web oficial de Bugatti aún figura como una de sus ediciones más especiales. El Chiron 110 Ans nació para celebrar los 110 años de la firma de Molsheim, con una producción limitada a 20 unidades y un precio cercano a los 3.000.000 de euros antes de impuestos. Bajo su carrocería de fibra de carbono late el W16 8.0 quad-turbo, un bloque capaz de entregar 1.500 CV y 1.600 Nm de par.
Ese fue el coche más exclusivo que ha tenido Bad Bunny. Un hipercoche con velocidad punta superior a 420 km/h (según datos oficiales del fabricante) y una aceleración de 0 a 100 km/h en apenas 2,4 segundos. Puro músculo técnico, neumáticos cuyo reemplazo cuesta decenas de miles de euros y un mantenimiento a la altura de un avión privado.
Pero lo acabó vendiendo. Y el modelo que sigue señalando como su favorito no tiene cuatro turbos ni récords en Nürburgring. Es un Toyota Corolla de 2003.
Del Bugatti Chiron 110 Ans al Toyota Corolla 2003
Un W16 irrepetible
El Chiron 110 Ans no era un simple capricho. Incorporaba detalles exclusivos en azul mate Steel Blue y fibra de carbono vista, con guiños a la bandera francesa en retrovisores y alerón. El W16 —una arquitectura ya descatalogada tras el fin del Chiron— representa el cierre de una era en la industria del automóvil: 16 cilindros, cuatro turbocompresores y una complejidad mecánica que hoy sería impensable bajo las normativas europeas de emisiones.
Para ponerlo en contexto: entrega más potencia que un Porsche 911 Turbo S actual y casi triplica la cifra de un deportivo compacto como un BMW M2. Es ingeniería sin concesiones. Pero también exige seguros astronómicos, revisiones que pueden superar los 20.000 euros y una logística casi quirúrgica para cambiar neumáticos o frenos carbocerámicos.
El propio artista reconoció que el coche se convirtió en una carga diaria. No por su comportamiento —que según quienes lo han probado es estable incluso a altísimas velocidades— sino por lo que implica poseerlo: exposición constante, costes fijos elevados e imposibilidad práctica de disfrutarlo con naturalidad.
Lujo británico, V12 italianos y músculo americano
El Bugatti no fue su único juguete. En el videoclip de “Yo perreo sola” aparece un Rolls-Royce Dawn blanco con interior rojo, un descapotable V12 de 571 CV que acelera con la suavidad de una limusina diplomática. En “Where She Goes” mostró un Rolls-Royce Silver Shadow modificado con estética off-road, una rareza que mezcla lujo clásico y espíritu aventurero.
Para los puristas, destaca un Ferrari Testarossa. Su V12 a 180 grados y una velocidad punta cercana a 290 km/h lo convirtieron en icono absoluto de los años 80. Es el coche de las lamas laterales, del sonido metálico al estirar hasta la zona alta del cuentavueltas, del olor a gasolina sin filtros electrónicos de por medio.
En clave americana, también figura un Pontiac GTO de 1964, considerado uno de los primeros muscle car modernos. Motor grande, carburación generosa y esa sensación de par inmediato que empuja desde bajas vueltas como si alguien te diera un golpe en la espalda.
Más utilizables en el día a día son modelos como el BMW M4 o el Mercedes-AMG G 63. Potencias por encima de 480 CV, tracción integral en el caso del AMG y tecnología actual que permite combinar prestaciones con confort y asistentes de conducción avanzados.
El coche que lo explica todo
Y, sin embargo, el modelo que mejor resume su historia es el más sencillo: un Toyota Corolla de 2003. Compacto, tracción delantera, motor atmosférico fiable y mantenimiento asumible. Un coche que, según datos históricos de la marca japonesa, destacaba por su durabilidad y bajo coste por kilómetro.
En el videoclip de “Yonaguni” aparece ese Corolla gris plateado. Nada de fibra de carbono ni placas numeradas. Volante sencillo, cuadro analógico y un motor que ronda los 110-143 CV según versión. Suficiente para moverse, trabajar y soñar.
Más que potencia: significado
En términos técnicos, la comparación es casi absurda: 1.500 CV frente a poco más de 100; 420 km/h frente a unos 190 km/h de velocidad máxima; millones de euros frente a un precio asequible. Pero en términos emocionales, la balanza cambia.
El Corolla fue el coche que compró antes de la fama, cuando trabajaba en un supermercado en Vega Baja. Era independencia. Era movilidad sin focos. Era la posibilidad de conducir sin que cada parada en un semáforo se convierta en un evento viral.
Hay algo casi romántico en esa elección. Mientras muchos coleccionistas buscan la pieza más exclusiva del catálogo, él ha señalado como referencia personal el modelo más simple. En su garaje han convivido cifras que marean y un compacto que cualquiera podría mantener con revisiones rutinarias y recambios económicos.
Quizá ahí esté la lección. En un sector obsesionado con los caballos de potencia y las ediciones limitadas, a veces el coche más importante no es el más rápido ni el más caro. Es el que te acompañó cuando todo estaba por empezar. Y eso, por muy brillante que sea la fibra de carbono, no lo puede comprar ningún hipercoche.
