Contra natura
El origen de la enfermedad global de estas sociedades es la desconexión con la naturaleza. Es malo pasar la mayor parte de nuestro tiempo en interiores con luz artificial. Es tremendo no poder guiarse con ese sol que regularía nuestro ritmo vital. Nos acostamos a cualquier hora, después de montones viendo pantallas caníbales que nos corroen la vista y el oído, y nos levantamos cuando manda el reloj, para muchos de noche todavía. Y no, no oímos al gallo, vuelve a increpar la alarma del móvil insensible ante nuestro insólito cansancio. Nos levantamos entonces, sin querer hacerlo, y nos consolamos con un desayuno que, salvo los héroes de la salud mediática, sigue siendo más bien procesado y goloso, con dulces y cafés que animan un poco el espíritu. ¡Y hala, al atasco, sentaditos, y a trabajar! A un tajo que a la mayoría desagrada y que lo único que alienta es nuestra necesidad de ese sueldo, casi siempre precario, que nos permita pagar recibos. ¡Qué natural es pagar recibos! O facturas ininteligibles que suben sin autorización del paganini, al que torean ante reclamos. Y luego con lo que queda del salario, a comprar comida incierta en toxicidades, y lo que se pueda. Pagar un gimnasio lleno en el que hacer deporte de última tendencia y fardar de estar en onda. Nuestras abuelas no paraban de mover el cuerpo sencillamente y comían lo que daba el campo. Sí, parece más sano que lo de unas horas de gimnasia pagadas y fatigosas. Así que agotados, esperamos el fin de semana para dormir como lirones, comer como cerdos y comprar como adictos. Los jóvenes se van de fiesta que consiste, mayormente, en beber mucho y bailar solos.
La enfermedad no es la vida contra natura, ese es el origen del mal. Una realidad que impide a la mayoría cambiar estos hábitos. Somos productos de un sistema descarriado encantado de conocerse. Somos hijos del plástico y silicio, cobre y radiaciones ultravioleta. Y la naturaleza cabreada se resquebraja y nos llora encima ante nuestra impotencia.
