Por qué el filósofo Byung-Chul Han dijo: "La felicidad viene siempre por el trabajo con las manos”
Vivimos rodeados de estímulos, tareas pendientes y notificaciones que interrumpen cualquier intento de concentración prolongada. Se habla de bienestar, de equilibrio y de autocuidado, pero rara vez se cuestiona el ritmo que sostiene esa conversación. La afirmación de Byung-Chul Han: “La felicidad viene siempre por el trabajo con las manos” suena casi provocadora.
El pensamiento del surcoreano se ha caracterizado por un diagnóstico severo de la sociedad contemporánea. En su ensayo La sociedad del cansancio, el filósofo describe un mundo en el que el individuo ya no es oprimido desde fuera, sino que se autoexplota en nombre de la libertad, la productividad y la superación personal. El sujeto actual, afirma, se exige sin descanso, convencido de que cuanto más hace, más vale.
En ese marco, la felicidad suele confundirse con el logro, la optimización o el reconocimiento. Sin embargo, Han sostiene que esta lógica conduce a una fatiga estructural: una sensación difusa de agotamiento que no se soluciona con “descansos productivos” ni con más eficiencia.
Por eso su defensa del trabajo manual no es nostálgica, sino filosófica. Cuando afirma que la felicidad nace del trabajo con las manos, no se refiere solo a la artesanía en sentido estricto, sino a cualquier actividad que implique presencia, lentitud y atención sostenida. Cocinar, cultivar, escribir a mano, reparar un objeto o modelar un material obligan a aceptar límites físicos y, especialmente, temporales. No pueden acelerarse indefinidamente.
En una entrevista concedida a El País tras recibir el Premio Princesa de Asturias, Han recordó que para Martin Heidegger el pensamiento mismo era una forma de trabajo manual, y que para Paul Celan la poesía también lo era. Con ello subraya una idea central: la mano no es un simple instrumento, sino un puente entre el mundo y la conciencia.
La tradición filosófica ha concedido a la mano un papel simbólico relevante. Aristóteles la consideraba “el instrumento de los instrumentos”. Para Han, en cambio, la mano representa resistencia frente a la virtualización total de la experiencia. Mientras el dedo que desliza una pantalla apenas roza la superficie de las cosas, el trabajo manual implica fricción, contacto y transformación y, sobre todo, paciencia y error.
Desde la psicología contemporánea, algunos estudios sobre el llamado “estado de flow”, desarrollados por Mihály Csíkszentmihályi, muestran que las actividades que requieren concentración y habilidad progresiva generan estados de bienestar profundo. La satisfacción no proviene tanto del resultado como del proceso mismo. Esta idea conecta con la propuesta de Han: la felicidad no es euforia constante, sino una forma de presencia.
Byung-Chul Han: el filósofo contra la sociedad actual
Byung-Chul Han nació en Seúl en 1959 y se trasladó a Alemania en su juventud para estudiar Filosofía, Literatura alemana y Teología. Ha sido profesor en distintas universidades alemanas y se ha convertido en una de las voces más influyentes del pensamiento europeo contemporáneo. Sus ensayos, breves y contundentes, analizan fenómenos como la transparencia, la hipercomunicación digital o la desaparición del ritual.
En 2025 recibió el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, un reconocimiento que subrayó la relevancia internacional de su obra y su capacidad para diagnosticar los dilemas culturales del presente.
Lejos de ofrecer recetas fáciles, Han apunta a un cambio de orientación: reducir la velocidad, recuperar la materialidad y devolver al cuerpo un papel activo en la experiencia. En un mundo que valora la productividad sin pausa, reivindicar el trabajo con las manos no es una excentricidad, sino una forma de resistencia cultural. Tal vez por eso su frase resuena con tanta fuerza: la felicidad no se acumula como un mérito, se construye en el gesto atento de quien se detiene y hace algo con sus propias manos.
