Las películas de robos, cuando se hacen bien, tienen algo profundamente seductor: le dan elegancia y le quitan lo amenazante al crimen. Autos impecables, relojes imposibles, persecuciones medidas al milímetro. Los caminos del crimen, dirigida y escrita por Bart Layton parte de esa tradición e intenta usarla para explorar algo más incómodo: la moralidad cuando todos creen tener razón.La historia sigue a Davis (Chris Hemsworth), un ladrón de joyas que opera a lo largo de la autopista 101; a Sharon (Halle Berry), ajustadora de seguros atrapada en una estructura corporativa que la subestima; y a Lou (Mark Ruffalo), un detective convencido de que la ley todavía significa algo, aunque el sistema que lo rodea parezca más interesado en estadísticas que en justicia.Layton reconoce que el género del heist (robos emocionante) facilita el juego narrativo. “Es fácil construir una película de Hollywood de este tipo porque estamos familiarizados con ellas y hay una expectativa”, dijo en entrevista con MILENIO. Pero esa estructura, según él, permite introducir preguntas más amplias: “Te da la capacidad de incluir ideas más reflexivas, tener esa ambigüedad moral y hacer la pregunta más grande de si estamos haciendo lo correcto”.Esa ambigüedad es el eje. Davis roba, pero bajo su propio código. Sharon protege fortunas que nunca serán suyas y comienza a cuestionar el sistema que la utiliza. Lou cree en la ley, pero opera dentro de una institución que negocia prioridades. Nadie es completamente inocente. Nadie es completamente cínico. La película evita el blanco y negro, aunque tampoco desmantela del todo la seducción del crimen sofisticado.En ese tablero, Maya (Mónica Bárbaro) aparece como una excepción. “Creo que ella es muy fuerte en su confianza en sus creencias. Aparece con mucha integridad y honestidad”, explicó la actriz. Es, quizá, el único personaje que no se mueve desde la ambivalencia moral. “Ella es un catalizador para el personaje de Chris… expone partes de sí mismo que quizá había negado”.Maya no pertenece al mundo del poder económico ni al del poder policial. Es una presencia que obliga a mirar hacia dentro. Y en una historia donde todos justifican sus decisiones, su claridad funciona más como contraste que como redención.El otro elemento central es Los Ángeles. La ciudad no aparece solo como fondo glamoroso, sino como un ecosistema de presión constante. “Tengo una relación de amor-odio con L.A. La amo… pero tiene una forma muy poderosa de hacerte pensar que las cosas importantes son el dinero, el estatus”, comentó Layton. La autopista 101 conecta extremos: barrios industriales, distritos de lujo, zonas que muestran la fractura económica sin necesidad de subrayados.En ese contexto, la película juega con una idea incómoda: si el sistema está construido sobre la desigualdad y la apariencia, ¿quién está realmente rompiendo las reglas?La cinta, prioridad en los recientes estrenos de Sony, se apoya en la estética del gran thriller noventero —mano a mano, persecuciones, códigos personales— pero la usa para plantear temas que más allá de solo la velocidad tienen que ver justicia, valor y pertenencia. Tal vez no nos de todas las respuestas pero Layton juega con línea entre el cazador y el cazado dejando que el público decida por sí mismo ¿quién tiene la razón?