Si Aragón sigue siendo nuestro Ohio…
En días poselectorales, España se parece a una habitación donde aún flota, espeso, el olor y el ruido de la noche anterior. Los teléfonos y las declaraciones aún siguen calientes, a la espera de quedar superadas por el vértigo de los días siguientes. Las sedes de los partidos cambian las banderolas de la noche electoral y mutan en cónclave si hay victoria, o en estantigua si ha habido derrota. Y planeando, las cifras, los porcentajes, los escaños.
Pero el español, el que ha votado en Aragón, votó en Extremadura y votará las veces que le toque en el tiempo que venga, tiene ya el oído y el ojo avizorado. Tanto como para preguntarse por lo importante: cómo se transforma una suma social, que además es electoral, en un gobierno efectivo.
La izquierda lo ha entendido. No ha tenido reparos en gobernar con apoyos fragmentarios logrados en subasta, en convertir la necesidad en manca virtud, pese a que el poder que conserva no descansa, y con Sánchez nunca lo ha hecho, en el fondo, sobre una mayoría social compacta, sino sobre una aritmética de trágalas. Ha preferido el poder –y su botín– sobre todo lo demás. No es un método noble, ni es la forma deseable, pero nadie puede negar que sí le ha sido eficaz hasta la fecha.
La derecha, en cambio, que elección tras elección confirma su mayoría social, ha vivido durante demasiado tiempo dentro de una ficción. Ha creído que esa mayoría social que la respalda se traduciría por sí sola en poder político, sin concesiones, sin negociaciones serias, realistas, responsables. El PP ha confundido la coincidencia de objetivos con la unidad política; Vox ha dado a entender cualquier pacto como una demostración de identidad, sin clarificar si su objetivo es superar al PP o ser útiles para un cambio político en España. Y así, elección tras elección, han ido relegando el horizonte que Aragón les ha confirmado: toda aspiración de gobierno pasa por el acuerdo.
Ese es el fondo de lo que está en juego. No una alternancia más o menos ajustada, sino la capacidad de la derecha española para entender la naturaleza del momento. El país vive algo más profundo, más silencioso y, por eso, más peligroso, que un arrebato de crisis revolucionaria. Vive la normalización de gobiernos de minorías depredadoras, alianzas tácticas y equilibrios aritméticos sin base social.
Frente a ese modelo, PP y Vox sólo tienen el acuerdo como condición de posibilidad. No como un gesto táctico, sino como una decisión política consciente. Consciente, al menos, de que cuando una mayoría social se fragmenta en partidos incapaces de convivir, deja de ser mayoría y se convierte en una suma de minorías socialmente irrelevantes, por muchos escaños que sean capaces de reunir.
La política no premia la pureza, premia la capacidad de gobernar. Y gobernar significa aceptar los resultados y sus efectos, negociar prioridades sin imponer rendiciones, asumir renuncias sin exigir claudicaciones y sostener un rumbo.
Aragón arroja ese dilema. Y si en Aragón, como en Extremadura y en lo que venga, la derecha no es capaz de entenderse, el problema no será aragonés, sino estructural. Significará que el bloque social que podría sostener una alternativa real carece de forma política efectiva. Significará que la fragmentación no es un accidente, sino un destino.
En el fondo, la noche de ayer, su significado, supera los nombres y los porcentajes, porque dejan sobre el electorado del PP y de Vox un miedo que no termina de despejarse: que la izquierda siga gobernando mientras sus partidos se comporten como si cada elección fuera un examen de pureza y no un manato de acuerdo. Hay razones para que ese miedo aún perdure, porque el PSOE y sus adláteres seguirán encontrando mayorías parlamentarias mientras la derecha siga siendo incapaz de reconocerse como mayoría social.
Si la derecha, sus líderes políticos, asumen la lección que Aragón les ha dado, podrá volver a ser espacio de estabilidad y no de ruptura. Si no la entiende, seguirá repitiéndose la escena: mayorías sociológicas incapaces de gobernar, gobiernos sostenidos por minorías más disciplinadas y una nación en la que el poder efectivo no coincide con el pulso social.
Porque, a veces, el problema de un país no está en quién gana las elecciones, sino en saber leer sus resultados con altura.
Y si Aragón sigue siendo nuestro Ohio, ha recordado a la derecha una verdad: que siendo mayoritaria no será efectiva; que puede no gobernar por no saberse gobernar.
