La Antártida puede estar cubierta por hielo de hasta 4 km de espesor, pero no se compara con lo que hay cerca de Júpiter
Aunque la Antártida alberga la capa de hielo más gruesa de la Tierra, incluida zonas que superan los cuatro kilómetros, ese récord queda pequeño frente a lo que ocurre en Europa, una de las lunas de Júpiter. Nuevas mediciones de la misión Juno de la NASA revelan que el cascarón helado que cubre este mundo extraterrestre alcanza, en promedio, unos 29 kilómetros de espesor, una barrera colosal que esconde un océano salado bajo su superficie.
La estimación procede de datos obtenidos en septiembre de 2022, cuando la nave Juno pasó a apenas 360 kilómetros de la superficie del satélite. Durante ese sobrevuelo, el radiómetro de microondas (MWR) del spacecraft midió la temperatura del hielo a distintas profundidades, una técnica que permite inferir tanto su estructura interna como su grosor.
Un “escaneo” de masa helada desde el espacio
Los resultados recientes, publicados en Nature Astronomy, indican que la capa externa de hielo frío y rígido —la llamada capa conductiva— tiene un espesor medio cercano los 29 km en la región analizada. Es una de las mediciones más directas y detalladas obtenidas hasta ahora sobre el interior de esta luna.
“El grosor de la capa de Europa y la existencia de grietas o poros dentro de ella son dos piezas clave para entender su potencial habitabilidad”, explicó Scott Bolton, investigador principal de la misión Juno en el Southwest Research Institute (SwRI).
¿Toda la capa es igual?
Los científicos aclaran que esos 29 kilómetros corresponden solo a la parte más fría. Si bajo ella existe una zona más cálida y deformable —una capa convectiva—, el espesor total podría ser aún mayor. En cambio, si contiene cantidades apreciables de sal, como sugieren algunos modelos, el grosor estimado se reduciría en unos pocos kilómetros.
“Si el hielo no es completamente puro, sino que incorpora sales disueltas, nuestra estimación podría disminuir alrededor de cinco kilómetros”, señaló Steve Levin, científico del proyecto Juno en el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA.
Grietas, poros… y límites para la vida
Además del grosor, el instrumento detectó irregularidades en los primeros cientos de metros bajo la superficie: pequeñas grietas, poros y vacíos de apenas unos centímetros de diámetro. Estas imperfecciones dispersan las microondas de forma similar a como las burbujas lo hacen con la luz en un cubo de hielo.
Sin embargo, su tamaño y profundidad indican que no serían un canal eficaz para transportar oxígeno o nutrientes desde la superficie hasta el océano subterráneo, un proceso considerado clave para la posible habitabilidad de la luna.
El satélite es uno de los lugares más prometedores para buscar vida fuera de la Tierra, pero el intercambio químico entre su superficie y su océano podría ser más limitado de lo que algunos escenarios optimistas sugerían.
Un océano oculto bajo kilómetros
Europa es ligeramente más pequeña que la Luna terrestre y está cubierta casi por completo de hielo de agua. Bajo esa coraza, los científicos creen que se extiende un océano global de agua salada, calentado por las fuerzas de marea que ejerce Júpiter. Ese océano podría contener más agua líquida que todos los océanos de la Tierra juntos.
Acceder a ese océano es extremadamente difícil. Perforar o fundir decenas de kilómetros de espesor está muy lejos de las capacidades tecnológicas actuales, aunque en el pasado se han propuesto robots que podrían abrirse paso lentamente a través del hielo.
El papel de las misiones que vienen
Las nuevas mediciones de Juno llegan en un momento clave. Dos grandes misiones ya están en camino al sistema joviano: Europa Clipper, de la NASA, que llegará alrededor de 2030, y JUICE, de la Agencia Espacial Europea (ESA), prevista para 2031.
Ambas llevarán instrumentos diseñados para estudiar con mayor detalle el hielo, el océano y la química de Europa y de otras lunas heladas. Los datos de Juno proporcionan ahora un marco más realista para interpretar lo que estas misiones encontrarán.
“Estas observaciones ofrecen información fundamental para las próximas exploraciones”, subrayó Bolton. “Nos ayudan a entender mejor la estructura interna de la luna y a plantear preguntas más precisas sobre su capacidad para albergar vida”.
Una comparación que pone las cifras en perspectiva
En la Tierra, la Antártida impresiona con capas de hielo que rondan los 2,2 kilómetros y alcanzan hasta 4,8 kilómetros en algunos puntos, según el Instituto Polar Noruego. Pero incluso ese gigantesco manto queda empequeñecido frente a los 29 kilómetros de Europa. La comparación no solo sirve para asombrar: ilustra cuán distintos pueden ser los mundos helados del sistema solar y cuántos secretos siguen ocultos bajo superficies aparentemente inmóviles.
