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Январь
2026

El libro de la semana: Félix Ovejero y cómo la izquierda cayó en las trampas del nacionalismo

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Un día llegó Benedict Anderson, politólogo e historiador irlandés, y escribió que el nacionalismo es un invento de las oligarquías culturales y políticas locales para ejercer el poder sobre una población en un territorio. Fue entonces cuando llamó «comunidades imaginadas» a las naciones. La idea no era nueva. El socialismo clásico ya criticaba el nacionalismo desde Karl Marx a León Trotski, pasando por Rosa Luxemburgo y Antonio Gramsci. La idea nacional era, decían todos, un truco burgués para desviar a los proletarios de sus verdaderos intereses de clase. De ahí el internacionalismo obrero como solución. Socialismo y nacionalismo aparecían como incompatibles.

Todo cambió cuando la nueva izquierda de la década de 1960 se hizo nacionalista en apoyo de los «pueblos oprimidos» por el «imperialismo colonial de Occidente», como el pueblo vietnamita o cualquier nación indigenista de América. La sombra del nacionalismo progresista cayó sobre los socialistas hasta el punto de que el PSOE defendió en 1974 el derecho de autodeterminación de las «nacionalidades» del «Estado español». De hecho, la banda asesina ETA era nacional y socialista. El PSOE y el PCE vieron entonces en los identitarios xenófobos y racistas de los «pueblos ibéricos» unos aliados muy convenientes contra la derecha. En ese viaje los izquierdistas perdieron el internacionalismo y quedaron al socaire de unos chantajistas profesionales: los nacionalistas. Por esta razón, para interpretar el presente y colocar a Pedro Sánchez en su sitio es recomendable echar la vista atrás y pensar en el origen de la degradación actual.

Félix Ovejero lo ha hecho en su último libro, titulado «La invención del agravio. Nacionalismo y crisis de la democracia española» (Alianza Editorial, 2026). El autor es profesor en la Universidad de Barcelona, por lo que conoce de primera mano el rodillo nacionalista. Tiene libros como «El socialismo después del socialismo» (Tusquets, 2005), donde denuncia que dicha ideología se ha vuelto moralista con el giro emocional, y «La deriva reaccionaria de la izquierda» (Página Indómita, 2018), en el que sentencia que en la obsesión por las emociones como el género o el «cuidado del planeta», el socialismo ha abandonado la razón como motor de la política. Ahora, con su nueva obra, Ovejero arremete contra el nacionalismo. Su pretensión es que la izquierda se aleje de esa ideología tóxica.

La tesis central del libro es que en España se ha caído en la trampa de que existe un «problema territorial». Ovejero sostiene que esta cuestión es una farsa creada por los nacionalistas para victimizarse, chantajear al resto de España y a sus partidos, y sacar ventaja. Lo paradójico, dice el escritor socialista, es que los grandes partidos españoles hayan comprado esa mercancía averiada. El origen del mal fue cuando el PSOE puso el sello de «democrático» y «progresista» a una ideología reaccionaria como el nacionalismo. Ese error tuvo lugar al final del tardofranquismo y en los primeros compases del reinado de Juan Carlos I. La derecha compró luego el relato, señala Ovejero, para alejarse de su pasado autoritario y aparentar modernidad. A esto se añadió un tercer factor que hoy es determinante: la Constitución de 1978 estableció un Estado de autonomías descentralizador que conduce a la independencia de las «nacionalidades históricas». En esto coincide Ovejero con buena parte de la literatura de derechas de los primeros días de la democracia, como Martínez Esteruelas y Fernández de la Mora, y otros más modernos y centrados, como Alejandro Nieto, Gabriel Tortella, Francisco Sosa Wagner y Roberto Blanco Valdés.

El relato

Para demostrar que el nacionalismo es un relato falso, Ovejero explora las raíces ideológicas y etnicistas del catalán diseñando un proceso que acaba en la actual Aliança Catalana, el epítome del racismo. A esta situación se ha llegado dando por cierta la supuesta superioridad racial de los catalanes sobre el resto de españoles, lo que ha derivado, dicen los independentistas, en una mejor cultura, educación, industria y finanzas. Esto marca un «hecho diferencial» que no se ha plasmado en el reconocimiento de la singularidad debido a la opresión histórica del centralismo.

De esta manera, el victimismo catalanista forjó la idea del «problema territorial». Para eso el nacionalismo ha inventado el pasado no solo con un 1714 que no fue, sino ocultando la verdad y haciendo pasar por catalanes a personalidades relevantes como Santa Teresa de Ávila o Cervantes. El objetivo es crear mitos de agravio y heroísmo que justifiquen el chantaje.

Así, Ovejero se desliza con habilidad por la historiografía catalanista sobre la Segunda República, la dictadura franquista y la Transición para desmontar la existencia del «problema territorial». El autor va desgranando una narrativa de opresiones propia de un narcisismo problemático. La Guerra Civil, por ejemplo, es vista por los independentistas como un conflicto para evitar, por un lado y otro, que Cataluña fuera libre. No obstante, Ovejero recuerda que los nacionalistas catalanes no fueron leales a la República, sino que generaron inestabilidad desde el mismo 14 de abril de 1931 y dieron un golpe de Estado en 1934. Es más: el autor recuerda la Cataluña cainita y sangrienta que espantó a George Orwell. Tampoco el franquismo fue lo que cuenta el nacionalismo. No únicamente un buen puñado de catalanes se adhirió a la dictadura, sino que el F.C. Barcelona concedió tres insignias a un Franco empeñado en beneficiar a ese club de fútbol, y TVE empezó en 1964 a emitir en catalán programas culturales. A partir de esas premisas filosóficas e históricas, Ovejero trata de convencer a los socialistas de que el nacionalismo es esencialmente conservador en lo social y liberal en lo económico. La conclusión, asegura, es la incompatibilidad con el «internacionalismo socialista», por lo que el PSOE de Zapatero y Pedro Sánchez habría traicionado la esencia del ideal y perjudicado con ello a la convivencia entre españoles.

Error histórico

Ni siquiera se puede interpretar las cesiones constantes como un beneficio. La «conllevancia» orteguiana es un error histórico, una falacia que nos lleva al desastre. Es falso que hoy haya paz en Cataluña gracias a las concesiones al nacionalismo, dice Ovejero, sino que se está asfaltando el camino a la independencia porque cualquier nacionalista es insaciable por definición. De hecho, la cancelación y la autocensura siguen en Cataluña alimentadas por un Gobierno que ha obligado al Estado y a la democracia española a pedir perdón a los golpistas de 2017. Frente a esa actitud complaciente, Ovejero propone negar el motor del chantaje. Se refiere a rechazar la existencia de un «problema territorial», y reconocer que sufrimos solamente una dificultad histórica con una ideología disolvente como el nacionalismo. Su solución al nacionalismo sería iniciar un proceso inverso; esto es, recuperar la nación española de ciudadanos libres e iguales, la concertación de los grandes partidos en este proyecto, y reforzar las competencias del Estado en detrimento de las autonomías separatistas. En su propuesta, la política nacional entre las formaciones dejaría de jugar con las emociones para centrarse en la racionalidad de la gobernanza de lo común. Esto supondría la necesidad de forjar una narrativa política de lo común y dar la batalla cultural a una mentalidad nacionalista victimista y chantajista forjada hace más de 50 años.

Ovejero está convencido de que podría hacerse si los políticos y los intelectuales dejaran los debates sobre las identidades emocionales y se centraran en la necesidad de recuperar la igualdad y la ciudadanía universal. Esto sería posible, indica el autor, si los partidos nacionalistas dejaran de ser «bisagras» en la política nacional. Para ello es preciso aplicar una legislación que no los sobredimensione –la ley electoral da a ERC siete escaños con un 1,89% de los votos, por ejemplo– o que ilegalice a partidos que cometan delitos y no se arrepientan públicamente –como Bildu con el terrorismo de ETA, o Junts con el golpismo–. No es mala idea, pero se antoja muy complicada.






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