Por qué nos sentimos más cansados (y deprimidos) en invierno, según la psicología
En cuanto bajan las temperaturas y anochece antes, mucha gente nota el mismo patrón: más sueño, menos energía, menos ganas de socializar y una sensación de pilas bajas que no siempre se arregla durmiendo más. La psicología lleva décadas estudiando este fenómeno y, aunque no existe una única causa, sí hay un conjunto de mecanismos bastante claros que se activan (o se desajustan) en los meses fríos.
Menos luz natural
El factor más consistente es la reducción de luz solar. Nuestro cerebro usa la luz como señal principal para sincronizar el ritmo circadiano. Cuando hay menos horas de luz es más fácil que el sistema quede desajustado.
En invierno, la falta de luz puede desajustar el ritmo circadiano y, en algunas personas, alterar la regulación de la melatonina (hormona asociada al sueño) y otros sistemas implicados en el estado de ánimo y la energía. De hecho, el National Institute of Mental Health (NIMH) señala que, en el trastorno afectivo estacional de patrón invernal, puede producirse demasiada melatonina, lo que aumenta la somnolencia y puede favorecer dormir de más.
Trastorno afectivo estacional
No todo cansancio de invierno es depresión, pero en una parte de la población sí aparece un cuadro clínico específico: el trastorno afectivo estacional (TAE o SAD, por sus siglas en inglés), una forma de depresión que suele comenzar en otoño/invierno y remitir en primavera/verano.
En este cuadro, el cansancio y la baja energía son síntomas muy frecuentes, a menudo junto con hipersomnia (dormir más de lo habitual), cambios de apetito y retraimiento social.
Y aquí hay un matiz psicológico importante: dormir más no siempre significa descansar mejor. De hecho, en el TAE puede ocurrir que la persona duerma muchas horas y aun así se levante sin sensación de recuperación.
Menos movimiento, más sedentarismo
La psicología no solo mira lo biológico: también estudia hábitos, motivación y refuerzos del entorno. Y aquí el invierno suele jugar en contra: llueve más, hace frío, apetece menos salir, se camina menos y se reduce la actividad física cotidiana.
Esto no es una impresión subjetiva: revisiones científicas y estudios observacionales han encontrado que la actividad física tiende a ser más alta en verano y más baja en invierno, mientras el sedentarismo sigue el patrón contrario.
Menos vida social y más sensación de aislamiento
El invierno también puede reducir oportunidades de socializar (por clima, horarios, oscuridad temprana). Y la evidencia sobre la importancia de la conexión social es robusta: la OMS y el U.S. Surgeon General han resumido que la soledad y el aislamiento social se asocian con peores resultados de salud física y mental, y con mayor riesgo de depresión.
Psicológicamente, esto importa porque el contacto social funciona como regulador emocional: cuando disminuye, para muchas personas aumenta la rumiación, baja el ánimo y se hace más difícil adoptar hábitos saludables, reforzando la espiral de cansancio.
