Repensando la geopolítica del petróleo en el Siglo XXI
El petróleo sigue siendo relevante en la política internacional, pero su poder no reside únicamente en su materialidad, sino en las ideas, identidades y narrativas que los actores construyen en torno a él. Hablar de petróleo en la política internacional suele activar reflejos automáticos. Guerras, golpes de Estado, sanciones, crisis económicas y rivalidades estratégicas aparecen rápidamente asociadas a este recurso natural. En el imaginario colectivo, el petróleo opera como explicación total: si hay conflicto, hay petróleo; si hay inestabilidad, hay petróleo detrás. Sin embargo, esta forma de entender la geopolítica energética, aunque intuitiva, resulta insuficiente y, en muchos casos, simplificadora. El petróleo importa, sin duda, pero no actúa solo ni de manera mecánica. Su poder no reside únicamente en su materialidad, sino en el entramado de ideas, discursos, identidades y estructuras de poder que los actores internacionales construyen en torno a él.
No es simplemente un recurso natural estratégico, sino una realidad cargada de significado. No determina automáticamente comportamientos, sino que adquiere sentido dentro de marcos normativos, discursos y culturas específicas. La seguridad energética, la soberanía de los recursos naturales, la independencia energética o la transición verde no son categorías neutrales: son construcciones políticas que orientan decisiones, justifican intervenciones y moldean alianzas.
El petróleo importa, pero no decide
Desde una mirada clásica de la geopolítica se asumen, frecuentemente, los recursos naturales como determinantes de la conducta de algunos actores internacionales. Desde este enfoque, el petróleo significa una causa directa en el comportamiento de algunos actores: los Estados actúan para asegurar suministros, controlar reservas o incrementar sus rentas. Sin negar lo anterior, ¿por qué determinados recursos se vuelven estratégicos en ciertos momentos históricos y no en otros?
La relevancia del petróleo no es atemporal, pues a inicios del siglo XX, el carbón ocupaba un lugar central en la seguridad energética de las potencias industriales. Pero fue el avance tecnológico de la industria con motores a combustión interna, el transporte motorizado y la militarización del petróleo durante las guerras mundiales lo que consolidó su estatus estratégico. En resumen, no fue solo la existencia del recurso lo que lo volvió geopolíticamente relevante, sino un conjunto de acciones y decisiones tecnológicas, militares y económicas.
Además, el petróleo rara vez opera de forma aislada, pues su impacto depende de factores como la estructura institucional del Estado, el modelo de desarrollo, el grado de diversificación económica, la inserción internacional y el contexto geopolítico regional. Los países con ingentes reservas han seguido trayectorias distintas: algunos han desarrollado Estados altamente centralizados en sus rentas, otros han logrado instituciones con mecanismos de redistribución estables, y otros, sin embargo, han pasado por recurrentes crisis y dependencias.
Así pues, la clave no está únicamente en la posesión del recurso, sino en cómo este se integra en narrativas nacionales. Para algunos Estados, el petróleo simboliza soberanía y emancipación postcolonial; para otros, representa una herramienta de proyección de poder; y, actualmente, para otros representa un obstáculo (por su dependencia) hacia una transición energética. Estos roles que asumen algunos Estados no son ecuánimes ya que constituyen unas orientaciones en políticas públicas, legitimaciones en decisiones en política exterior y moldean expectativas sociales.
De esta forma, el petróleo no debe entenderse como causa única, sino como un recurso natural estratégico, o un nodo, dentro de una dinámica de red amplia de significados y relaciones de poder.
La construcción histórica del petróleo como factor de poder
En los años cincuenta del siglo pasado Enrico Mattei, presidente de la estatal petrolera italiana ENI, acuñó el término «siete hermanas» para referirse a las empresas occidentales petroleras que estaban actuando como un cártel: sin competir entre ellas y acordando precios para repartirse el mercado de forma amistosa. Además, estas compañías actuaban como actores cuasi diplomáticos, negociando directamente con gobiernos, definiendo precios y estableciendo reglas informales de juego.
Standard Oil de NY, Standard Oil de California, Standard Oil de Nueva Jersey, Royal Dutch Shell, Anglo-Persian/BP, Gulf Oil y Texaco, impusieron un orden petrolero profundamente asimétrico, pues los países productores (en su mayoría colonias o excolonias) tenían poco margen de negociación. Bajo la idea de estabilidad de suministros y eficiencia de mercado, se legitimó este discurso hasta los años 70.
La ruptura simbólica y política de este orden inició en 1962 con la creación de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), pues sus miembros reivindicaron la soberanía sobre el recurso. El petróleo dejó de ser un commodity para convertirse en un recurso nacional estratégico. Las crisis energéticas de la década del setenta (1973 y 1979) fue una demostración de poder del Sur Global frente a las potencias industriales. Como el poder no es lineal ni homogéneo, develó la capacidad real de los Estados miembros de la OPEP, pues no pudieron sostener estas reivindicaciones por factores internos y externos.
En las últimas décadas, el escenario volvió a transformarse. Las Big Oil contemporáneas (ExxonMobil, Chevron, Shell, BP, TotalEnergies, Eni) y empresas estatales o mixtas de potencias emergentes como Saudi Aramco, Gazprom o CNPC de China se enfrentan a una transición energética donde la narrativa de la crítica al modelo fósil crece. De esta forma operan en mercados fiscales, presión ambiental e inversiones en energías alternativas. Por tanto, la geopolítica del petróleo ya no se ejerce únicamente mediante control físico de yacimientos, sino también mediante producción de discursos, estándares ambientales, finanzas internacionales y gobernanza global. El petróleo sigue siendo central, pero su geopolítica es más sofisticada.
Estados Unidos y Venezuela
La política energética de Estados Unidos muestra cómo los intereses estratégicos se construyen políticamente. Durante décadas, la seguridad energética estuvo vinculada al Medio Oriente, pero el auge del fracking redefinió este paradigma, impulsando un discurso de independencia y dominancia energética. Actualmente, la Doctrina Monroe refleja este giro hacia una seguridad hemisférica, otorgando mayor relevancia a América Latina, Canadá y el Caribe como parte de una estrategia de contención geopolítica. Es decir, el petróleo venezolano no es un absoluto en sí mismo para los intereses estadounidenses.
En el caso de Venezuela, reducir la crisis nacional únicamente al petróleo resulta insuficiente. Incluso las recientes acciones de Estados Unidos no pueden explicarse solo con petróleo. Aunque el recurso estructuró el modelo rentista y la identidad estatal moderna, durante el chavismo fue resignificado como símbolo de soberanía y factor de diplomacia. Las sanciones internacionales sobre el país operaron no solo como instrumentos económicos, sino también como mecanismo de disputa simbólica y legitimidad internacional. A esto se suman factores internos – institucionales, políticos y sociales – que complejizan el conflicto, mostrando que el petróleo actúa como catalizador, pero no como causa única.
En un contexto de transición energética, el petróleo mantiene relevancia material, pero su significado se transforma, de símbolo de progreso a representación de crisis climática y desigualdad ambiental. Esta transición es tanto tecnológica como discursiva, donde se disputan modelos de desarrollo y nuevas jerarquías extractivas.
La historia misma del sector energético lo demuestra: la muerte de Enrico Mattei en 1962 (en un «accidente aéreo»), que desafió al cártel de las Siete Hermanas mediante acuerdos más equitativos con países productores, simboliza hasta qué punto el petróleo ha sido un terreno de confrontación no solo económica, sino también política y simbólica. El poder energético debe entenderse como una combinación de recursos, discursos e identidades, lo que exige superar visiones deterministas y repensar la geopolítica del petróleo como un debate sobre el futuro del desarrollo y su lugar en el nuevo orden internacional.
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