El petróleo de Venezuela y el problema de empezar de nuevo
El petróleo puede aliviar la crisis venezolana, pero no sustituir a las instituciones que el país perdió.
La reconstrucción de un país en ruinas plantea uno de los desafíos más difíciles para la teoría económica. No por falta de interés, sino por escasez de casos comparables.
La lista es corta y desordenada: la Unión Soviética tras su colapso, Irak después de 2003, Haití tras desastres acumulados, Siria tras la guerra civil. Ahora se suma Venezuela, con las mayores reservas de petróleo comprobadas del planeta.
Cada experiencia es tan idiosincrática —con contextos históricos, geopolíticos e institucionales distintos— que extraer una hoja de ruta o blueprint replicable resulta poco convincente. La economía, tan prolífica en modelos, aquí se queda sin manual.
A ese vacío se suma un viejo conocido de la economía del desarrollo: la maldición de los recursos naturales. La evidencia sobre esta resource curse documenta cómo muchos países ricos en recursos —petróleo, gas, minerales— crecen menos y desarrollan peores instituciones que países que carecen de ellos.
La abundancia fácil debilita los incentivos para construir Estados eficaces, diversificar la economía y rendir cuentas.
Lamentablemente, Venezuela encaja en ese patrón. Tras más de una década de colapso productivo, hiperinflación, migración masiva y deterioro institucional, el país enfrenta una reconstrucción total: Estado, infraestructura, confianza, reglas del juego.
Con este panorama, la pregunta es inevitable: ¿puede el petróleo —la única fuente inmediata de divisas a gran escala— operar como palanca para esa reconstrucción?
Sobre el papel, la tentación es enorme. Venezuela posee alrededor de 300 mil millones de barriles de reservas probadas, más que Arabia Saudita. Pero en la práctica, produce apenas un millón de barriles diarios, menos que Libia, un país marcado por la guerra. Años de mala gestión, politización extrema de la empresa estatal PDVSA, sanciones y descapitalización han dejado una industria envejecida, con infraestructura dañada y capacidades técnicas erosionadas.
Aquí aparece el primer choque con la narrativa fácil: el mundo petrolero actual no se parece al de mediados del siglo XX. Como recordaba The Economist recientemente, la visión de que grandes petroleras internacionales llegarán, invertirán miles de millones y “arreglarán” Venezuela pertenece a otra época.
Hoy, el mercado global está relativamente sobreabastecido, los precios son moderados y la rentabilidad de las grandes petroleras ha caído. Empresas como Chevron, ExxonMobil o BP se han vuelto selectivas hasta el extremo.
Los proyectos deben ser de bajo costo, bajo riesgo y con marcos legales claros. Venezuela hoy ofrece lo contrario.
El segundo choque es técnico y financiero. Extraer crudo pesado en la Faja del Orinoco es caro. Consultoras como Wood Mackenzie estiman precios de equilibrio por encima de los 80 dólares por barril, muy por encima de los precios actuales.
Al mismo tiempo, esas mismas petroleras pueden invertir en yacimientos mucho más atractivos en lugares como Guyana, en donde las operaciones son políticamente menos riesgosas.
Aun así, la política rara vez se mueve al ritmo de los balances corporativos. Aquí aparece el factor Donald Trump. Su forma de ejercer el poder no consiste en aceptar las restricciones del mercado como dadas, sino en intentar doblegarlas.
Trump define quién debe invertir, dónde y con qué narrativa estratégica; y no suele aceptar un “no” por respuesta, especialmente cuando se trata de recursos energéticos y geopolítica hemisférica.
La presión política puede alterar cálculos, acelerar decisiones o imponer esquemas híbridos entre mercado y Estado.
¿Puede entonces el petróleo “salvar” a Venezuela? La respuesta honesta es ambigua. El petróleo aportará flujo de caja inicial, aliviará la restricción externa y financiará bienes públicos urgentes.
Pero difícilmente puede, por sí solo, reconstruir instituciones, diversificar la economía o restaurar la confianza social. Peor aún: mal gestionado, puede retrasar esas tareas.
La reconstrucción venezolana no tiene manual, porque ningún país se reconstruye dos veces bajo las mismas condiciones.
Apostarlo todo al petróleo sería repetir el error que llevó al colapso. La verdadera palanca no es el recurso, sino la capacidad institucional para administrarlo en un mundo que ya no gira únicamente alrededor del barril. En eso, la economía sí ofrece una lección general.
