Trump y la geopolítica grasienta
Hay que ser cínicos para ser honestos: no estamos ante un choque de dos "malos" (Trump y Maduro) iguales en su efecto. El chavismo, esa estructura criminal que devoró a Venezuela hasta dejarla en el chasis -con una caída del 80% del PIB y ocho millones de exiliados-, era una necrosis. Mientras el sistema de Trump ofrece una funcionalidad donde el mundo quiere entrar, el de Maduro creó un agujero negro del que todos huían. Es la victoria del bombero pirómano sobre el incendio incontrolado. Trump no busca el Nobel de la Paz, busca el finiquito de una herencia ruinosa; es el tipo que te desahucia de una casa en llamas para cobrarte después la manguera y el agua.
Se acabó la comedia. Las imágenes de Nicolás Maduro en chándal y gafas de pantalla bajo custodia estadounidense no representan el éxito de un proceso legal, sino el acta de defunción de la pretendida diplomacia del siglo XX. Durante décadas, el orden mundial se sostuvo sobre un teatro de protocolos: reuniones en Ginebra, comunicados de la ONU y resoluciones que tardaban años en no cambiar nada. Hemos pasado de las cenas de gala donde se servía "preocupación profunda" con guarnición de retórica, al "take-away" geopolítico: rápido, grasiento y servido a domicilio por un comando de élite. Trump ha decidido que ese vodevil es una reliquia inservible y ha dado paso al nacimiento del Derecho Internacional de un solo hombre: Trump.
Venezuela no ha sido "liberada"; ha sido intervenida por insolvencia moral y financiera por un síndico de quiebras con portaaviones. Para Washington, el país dejó de ser un Estado soberano para convertirse en un activo tóxico. No se ha esperado a tribunales internacionales lentos e irrelevantes; se ha aplicado una reestructuración forzosa porque la Casa Blanca sabe que el mundo perdonará el atropello legal si el dividendo es un petróleo fluyendo de nuevo con eficiencia y saneando el balance global. Es la paz impuesta por el mercado.
Es fascinante el marketing del Sheriff: reserva los focos de Mar-a-Lago para el "Club de la Corbata Oscura", como si la épica militar necesitara el filtro de un western de los cincuenta para ser creíble. Resulta revelador que, mientras la "cocina" del poder la operan en la sombra mujeres de hierro como la Jefa de Gabinete Susie Wiles o la Fiscal General Pam Bondi, la foto del triunfo se cierre sobre un muro de hipermasculinidad. Al esconder a sus gestoras -pese a contar con un 33,3% de presencia femenina en el gabinete- y exhibir solo a sus hombres, Trump nos advierte que el nuevo orden no busca ser plural ni legítimo; solo ser imponente.
Trump ha mostrado que la soberanía nacional ya no es un derecho sagrado, sino una licencia revocable si el gestor de turno contamina el tablero regional con caos. Es el fin de los embajadores que negocian y el inicio de los liquidadores que ejecutan. Esta "Pax Transaccional" no es nueva -EEUU es el Sheriff desde 1945-, pero sí es su versión más cruda. Tras un año de asfixia económica a sus aliados europeos, el jefe ha dejado claro que ya no necesita ayudantes.
Nos alegramos de que la dictadura termine, sí; nos encanta que a Maduro por fin le hayan cancelado la suscripción al poder por falta de pago democrático, pero el precio es el vacío legal. El problema de romper las reglas para capturar a un villano es que, una vez rotas, ya no hay reglas para nadie. Hoy el objetivo era Maduro; mañana, el auditado por este nuevo despotismo ¿quién será? Al final, la geopolítica trumpista es como una doble hamburguesa con queso y bacon que devoramos con placer culpable, potente, grosera y peligrosamente adictiva. Sabemos que revienta las arterias del derecho internacional y que mañana nos dolerá la cabeza, pero ay, mientras el tirano cae, no podemos evitar morderla.
