Cinco principios para construir una Costa Rica que sobreviva a los gobiernos
Hay una pregunta que deberíamos hacernos con mucha más frecuencia: ¿estamos gobernando para resolver los problemas de hoy o para construir el país que necesitaremos mañana? De su respuesta depende buena parte de lo que Costa Rica será mañana.
Vivimos demasiado pendientes de la próxima elección, del próximo gobierno y de la próxima discusión política. Mientras tanto, los grandes problemas nacionales siguen acumulándose. Quizá necesitamos cambiar la manera en que pensamos el país; no pensar igual, pero sí acordar algunas cosas fundamentales.
Ese cambio puede comenzar con cinco principios que parecen básicos, pero han sido omitidos por muchos años.
1. Las soluciones deben empezar desde el ciudadano hacia atrás
El Estado fue creado para servir a las personas, no para que las personas aprendan a servir al Estado. Sin embargo, muchas veces diseñamos instituciones y regulaciones desde la perspectiva de quien administra y no de quien necesita una respuesta. El ciudadano espera, hace filas, llena formularios y presenta documentos, hasta preguntarse por qué algo sencillo se convirtió en un proceso complicado.
La pregunta fundamental debería ser otra: ¿cómo hacemos para que al ciudadano le resulte más fácil vivir, trabajar, producir, emprender y resolver sus problemas? Ese debería ser uno de los principales indicadores de un Estado que funciona.
2. Menos banderas. Más patria.
Nos hemos acostumbrado a discutir quién tiene la razón. Quizá deberíamos dedicar más tiempo a preguntarnos qué necesita el país. Las banderas políticas representan ideas distintas, pero ninguna debería estar por encima del interés nacional. Un gobierno cambia. Una oposición cambia. Los partidos cambian. Costa Rica permanece.
Necesitamos objetivos nacionales que sobrevivan a los ciclos electorales: educación, seguridad, infraestructura, productividad, costo de vida y desarrollo humano. No deberían pertenecerle a un partido, sino al país. Una buena idea no cambia de valor dependiendo de quién la pronuncie.
3. Dejemos de ganar batallas para empezar a ganar guerras
Hay decisiones que generan aplausos hoy y problemas mañana, y otras, sacrificios hoy y prosperidad mañana. La diferencia está en el horizonte.
Una carretera no se construye pensando en la próxima elección. Una reforma educativa no puede evaluarse en cuatro años. Formar generaciones capaces de competir en el mundo requiere tiempo. Los países se transforman en generaciones. Algunas de las mejores decisiones para el futuro pueden ser difíciles en el presente.
Necesitamos dejar algunas batallas de corto plazo para comenzar a construir las guerras de largo plazo. Una victoria electoral dura cuatro años; una transformación nacional puede durar generaciones.
4. Simplificar debería ser una política de Estado
Existe una regla que parece demasiado sencilla para ser revolucionaria: si algo puede hacerse de manera más sencilla sin perder calidad, seguridad o transparencia, deberíamos hacerlo así. Cada formulario innecesario, trámite duplicado o permiso que podría resolverse digitalmente representa tiempo y dinero. Es el impuesto invisible de la burocracia.
Lo paga el empresario que pierde una oportunidad, el trabajador que debe pedir permiso, el agricultor que espera una autorización o la familia que dedica horas a resolver algo que debería tomar minutos. Simplificar no significa eliminar controles necesarios. Significa preguntarnos: ¿es realmente necesario hacerlo así? Cuando dos caminos producen el mismo resultado, deberíamos escoger el que tenga menos obstáculos.
5. La democracia necesita ciudadanos nuevamente
Nos hemos acostumbrado a pensar que nuestra responsabilidad democrática comienza antes de las elecciones y termina cuando depositamos el voto, pero una democracia no puede vivir únicamente de elecciones. Necesita ciudadanos que se informen, participen, propongan, fiscalicen y estén dispuestos a asumir responsabilidad por las decisiones que toman. Participar no es solo un derecho, también es una responsabilidad.
No podemos exigir que otros construyan el país mientras nosotros observamos. Si queremos más participación ciudadana, debemos informarnos mejor, escuchar posiciones diferentes y deliberar. La ciudadanía no debería ser solamente la condición de quien recibe servicios del Estado; también debería ser la condición de quien se siente responsable del país que ayuda a construir.
¿Qué país queremos dejar?
Estos cinco principios no pretenden que todos pensemos igual. Una sociedad democrática necesita diferencias, debate y distintas visiones, pero también aquello que puede unirla: colocar al ciudadano en el centro, pensar más en Costa Rica que en nuestras banderas partidarias, cambiar el horizonte de cuatro años por el de una generación, eliminar obstáculos y convertir al ciudadano en protagonista y responsable.
Quizá el verdadero reto no sea encontrar al político, partido o ideología perfectos. Quizá sea construir una cultura en la que todos entendamos que el país que tendremos mañana depende de las decisiones que estemos dispuestos a tomar hoy. Porque Costa Rica no es solo lo que heredamos, también es lo que decidimos heredar.
gmongemaffioli@gmail.com
Gabriel Monge Maffioli es ingeniero industrial con énfasis en proyectos y mejora continua.
