El velocípedo de Chepito
Hay historias que permanecen guardadas durante años hasta que alguien las vuelve a contar. Esta estaba en un libro familiar. Fernando Naranjo Madrigal, periodista deportivo costarricense, publicó, en 1997, Mary, mi vida periodística y yo. Uno de sus recuerdos comienza pocos días antes de la Navidad de 1948. Chepito tenía cuatro años y le había pedido al Niño un velocípedo. El 23 de diciembre comenzó a sentirse mal. No podía sostenerse y le dolía la nuca. Un médico llegó a la casa, lo examinó y pronunció una palabra que cambió aquella Navidad: poliomielitis.
Había que internarlo de inmediato en el Hospital San Juan de Dios. Mary, su madre, preparó alguna ropa y fue con él. “Si el chiquito se queda, yo me quedo”. Se quedó 40 días.
Fernando iba diariamente al hospital y, durante horas, esperaba noticias de su hijo. Mary lograba hacerle llegar, por medio de los guardas, pequeños papeles contándole cómo seguía el niño. Esa imagen me conmovió: un padre afuera, una madre adentro y unos papelitos cruzando las puertas del aislamiento.
Chepito había perdido el movimiento de brazos y piernas. Tenía dificultad para sostener la cabeza y hablar. No había vacuna contra la polio ni un tratamiento capaz de detener la enfermedad. Cuando regresó a casa, estaba inmóvil. Comenzó entonces una larga rehabilitación: compresas calientes, masajes, ejercicios y unos padres empeñados en verlo caminar otra vez. Primero, movió brazos y piernas. Después, gateó. Más tarde, caminó agarrándose de los bordes de un cajón.
Y reapareció el velocípedo. El regalo que no había podido estrenar aquella Navidad se convirtió en aliado de su recuperación. Chepito recorría el zaguán dándole a los pedales, aunque todavía no caminaba solo. Hasta que pudo.
La historia habría podido quedarse entre los recuerdos de una familia. Pero, hace unos días, una colega puso el libro en mis manos. Fernando era su abuelo. Chepito, su padre.
Aquel niño sobrevivió, creció y tuvo una hija que, años después, estudió Medicina, se hizo pediatra y luego infectóloga pediatra: la doctora Gabriela Naranjo Zúñiga. Hoy aboga activamente por la vacunación.
No sé cuánto pesó la historia de su padre en esa elección. Eso solo puede contarlo ella. Pero es difícil no detenerse ante esas tres generaciones. Fernando alcanzó a ver el cambio. En su libro, recuerda otra epidemia de polio que enfermó a más de 100 niños. Algunos murieron; otros quedaron con secuelas. Y escribió: “Afortunadamente, hoy contamos con la vacuna Salk, que vino a terminar con este azote de los niños”. No era un médico hablando de vacunas. Era un periodista recordando y, sobre todo, un padre que había visto a su hijo dejar de caminar.
Quizá por eso quise contar su historia. La historia de la medicina también vive en las familias: en un abuelo que tuvo la precaución de escribir; en un hijo que volvió a caminar y en una nieta que hoy cuida niños. Y en aquel velocípedo que esperaba a Chepito en la Navidad de 1948.
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María L. Ávila Agüero es pediatra infectóloga, jefa del Servicio de Infectología del Hospital Nacional de Niños y miembro de la Academia Nacional de Ciencias y de la Academia Nacional de Medicina.
