La corrupción de Heshen, el funcionario chino que arruinó al imperio
En esta nueva entrega nos alejamos un poco del marco europeo. Y es que si bien tenemos grandes casos de corrupción, el resto del mundo no se queda nada corto. En este caso, vamos a la China Imperial del siglo XVIII a conocer a Heshen, el considerado el hombre más corrupto de Asia, una figura que hizo de la corrupción, el robo y el tráfico de influencias una amenaza para países enteros.
Heshen nació en Pekín en 1750 como el hijo de un pequeño noble de la casta militar china. Su posición, aunque débil, le permitió estudiar en la Escuela Oficial de Palacio, lo que era, grosso modo, el inicio de la carrera funcionarial de alto rango en la China imperial. Poco a poco fue ascendiendo hasta ser convertido en Guardia de Palacio. Allí, consiguió la confianza del emperador Qianlong debido, cuentan, a su capacidad de conversación que era capaz de entretener y divertir al «hijo del cielo».
En pocos años, en 1790, cuando cumplió los 40, se convirtió en el jefe de facto del Gran Consejo Imperial, acumulando una enorme cantidad de cargos y honores ante un emperador ya muy anciano, con cerca de 80 años. Es aquí cuando empieza su despilfarro y su control de toda la burocracia china.
En su posición, comenzó a vender títulos imperiales a sus amigos y conocidos; además, aquellos que no querían ser sustituidos debían pagarle de forma habitual sobornos que alcanzaban cifras astronómicas. Aparte de esto, aquellos más «honrados» que se negaban a participar en el sistema eran castigados con la llamada «plata de la penitencia». Esto, como remarca el profesor Ting Zhang en su estudio «Penitence Silver and the Politics of Punishment in the Qianlong Reign (1736–1796)», eran multas creadas por motivos falsos para reducir la riqueza de los grandes funcionarios y señores y pagar por el alto tren de vida tanto del emperador como de Heshen, que se llevaba una parte.
«Su patrimonio ascendía a miles de habitaciones, 8000 qing de tierra, 75 casas de empeño y miles de taeles de oro»
Aun así, una de las cosas que más llamó la atención, incluso en su momento, fue la brutal corrupción que hizo con el ejército imperial. Durante la Rebelión del Loto Blanco (1796-1804) sus aliados, encargados del ejército, se inventaron campañas, victorias y derrotas para seguir recibiendo fondos militares, que eran redirigidos hacia Heshen en cuantiosas comisiones.
La mortífera gestión de las inundaciones del 1790
A tanto llegó que decidió sabotear las obras destinadas a proteger a la población de las devastadoras inundaciones del río Amarillo. En lugar de reforzar los sistemas de contención, Heshen vendió a sus allegados los cargos clave de gestión de estas defensas. Una vez en el puesto, sus hombres desviaron sistemáticamente todos los fondos públicos hacia sus bolsillos y los del propio Heshen. El resultado fue previsible y trágico: las obras de mantenimiento quedaron abandonadas durante años.
Cuando llegaron las grandes inundaciones de la década de 1790, las defensas fallaron estrepitosamente. La llanura del río Amarillo quedó completamente anegada, provocando la muerte de miles de personas y destruyendo las cosechas que sostenían a la población. Lo que debía haber sido una barrera protectora se convirtió, por pura codicia, en una sentencia de muerte para comunidades enteras.
Llegó a acumular una fortuna de 1.100 millones de taeles, el equivalente a 15 años de los ingresos conjuntos de la China imperial. El patrimonio incluía miles de habitaciones, 8.000 qing de tierra, 75 casas de empeño, 42 casas de cambio, decenas de miles de taeles de oro, millones de taeles de plata en lingotes, jade, perlas, relojes europeos, sedas y una colección de objetos de lujo que rivalizaba o incluso superaba a la corte imperial. No obstante, su suerte no tardó mucho en cambiar tras la muerte del emperador Qianlong en 1799.
El siguiente emperador, Jiaqing, no tardó en actuar. A los pocos días de la muerte de su padre, procesó a Heshen por corrupción y traición, ordenando que sus bienes fueran expropiados y él mismo condenado a muerte. Por su condición de noble y por tener como nuera a la décima hija del antiguo emperador, se le permitió ahorcarse con un hilo de seda. Pero su sentencia, al final, fue la muerte, por muy ornamentada que esta fuese.
Su figura ha quedado marcada en la historia del gigante asiático como una de las personas más corruptas de toda la historia, un individuo sin moral y cargado de avaricia que costó la vida a miles de personas por su deseo insaciable de hacerse cada vez con más oro y propiedades.
