La palabra africana
¿Cómo vamos a valorar nuestra palabra si ni siquiera enseñamos a quienes la construyeron? La palabra africana debe tener el coraje de preguntarnos qué estamos haciendo nosotros. El pasado mes de julio, la Unión Africana reunió en Addis Abeba a investigadores, universidades y jóvenes para pensar en la educación africana de la próxima década. La inteligencia artificial, la innovación y la investigación estuvieron sobre la mesa. Pero mientras pensamos cómo educar para el futuro, no deberíamos olvidar qué sabemos de nosotros mismos.
Pienso en ello cuando veo cuánto conocemos de otras culturas y qué poco sabemos, a veces, de nosotros mismos. No podemos pedir que el mundo escuche nuestras voces mientras relegamos a nuestros autores, nuestra historia y nuestros referentes en colegios, universidades y bibliotecas. Nuestra historia no termina en lo que otros hicieron con África. Continúa en lo que hacemos nosotros con ella y en cómo tratamos a quienes han contribuido a escribirla.
En ella encontramos intelectuales, científicos, artistas, profesores, deportistas, emprendedores y otras personas que la han enriquecido. Demasiadas veces los olvidamos o esperamos que el reconocimiento llegue desde fuera. Empezamos a valorar a los nuestros cuando ya han triunfado lejos de casa. Cuando una sociedad olvida a quienes pensaron, crearon y abrieron caminos antes que ella, no pierde solo nombres. Pierde memoria, referentes y una parte del conocimiento que necesita para avanzar.
¿Qué conoce un niño africano de los escritores de su país? ¿Y de sus científicos, intelectuales o artistas? Los referentes importan porque también enseñan a imaginar que todo es posible. Hay que aprender de los demás sin crecer desconociéndonos. Debemos empezar por algo sencillo: leernos, enseñarnos y reconocernos.
La palabra africana será nuestra cuando tengamos el valor de escribirla y la responsabilidad de enseñarla.
