Lauren Bacall y Gloria Grahame, abocadas al crimen
Los años 50 comienzan con algunas variantes de la mujer fatal cuya rareza las hace poco habituales. Dos actrices encarnan esa singularidad: Lizabeth Scott y Gloria Grahame. Ambas pertenecen a una categoría de las malvadas domésticas avariciosas y sin conciencia abocadas al crimen. El caso de Lizabeth Scott en «Too Late For Tears» (1949) sentará las bases del ama de casa avariciosa, que lucha por quedarse con un maletín, llovido del cielo, con miles de dólares. Si en «El diablo de las armas» (1950) son los revólveres lo que ciega a esta pareja de atracadores, precursores de Bonnie & Clyde, en «Too Late For Tears» es el dinero lo que enloquece a esta ambiciosa ama de casa.
Una variante posmoderna de este filme es «La última seducción» (1994), donde Linda Fiorentino encarna a una ladrona, Bridget Gregory, con más ingenio para engañar a los hombres que moralidad. Lizabeth Scott encarna a ese tipo de mujer engañadora, dispuesta a liar a su marido, a quien mata accidentalmente, y al gánster que ha robado el dinero, engañándolo como hacen todas las mujeres fatales del cine negro.
Al gánster que interpreta un duro Dan Duryea, le hace creer que está enamorada de él y que juntos huirán con el dinero, que tiene a buen recaudo. Pero esta mujer fatal está dispuesta a matar con tal de huir a Méjico con el botín. No sin antes, con el veneno que le ha suministrado el gánster, envenenarlo. A punto de morir, Dan Duryea le dice: «No cambies nunca, tigre. Si tuvieras corazón no me gustarías más». Estas frases rotundas son un tópico del cine negro, como la bofetada cuando la «femme fatale» se porta mal. En «Deseos humanos» (1954), Gloria Grahame hace un recital del ama de casa aburrida, que engatusa a Glenn Ford, un maquinista de tren, para que asesine a su marido. La frase rotunda de Gloria Grahame es la que enuncia su profunda maldad: «No soy buena. Voy a decirte exactamente lo mala que soy».
Sin prejuicios, sin moral
Gloria Grahame encarnó mujeres fatales con problemas matrimoniales y amantes violentos como Lee Marvin en «Los sobornados» (1953), que le arroja una cafetera ardiendo en la cara y se la deforma, pero Gloria Grahame se venga haciendo lo mismo a ese canalla. Ella fue un mito de mujer perversa, sin moral ni prejuicios para manipular a los hombres y hacerlos cómplices de sus delirios asesinos. Lo mismo le sucede a Humphrey Bogart con Lizbeth Scott, en «Callejón sin salida» (1946). Se parece a cualquier película con «femme fatale» malvada y asesina que trata de engañar al duro Bogart, como Mary Astor en «El halcón maltés» (1941), viéndose obligado a entregarla a la justicia. No sin antes descerrajarle un tiro a Bogie mientras conduce.
Tanto Gloria Grahame como Lizabeth Scott fueron dos actrices que triunfaron en los años 40 y primeros 50 con papeles de mujer fatal de cine negro, y ambas desaparecieron años después. Gloria Grahame era mala aunque pareciera buena debido a su rostro excesivamente maquillado de mujer promiscua. Pero fue una gran actriz que consiguió un Oscar. En cambio, Elizabeth Scott siempre interpretaba a una candorosa cantante de cabaret. Una rubia platino de aire lánguido, que igual parecía buena y resignada como en «Al volver a la vida» (1948) o una arpía mentirosa y asesina en «Pitfall» (1947). Coincidió con Lauren Bacall a lo largo de los años 40, cuyo parecido era notorio. El aire dulce la Lauren Bacall contrastaba con la dureza de los rasgos de Lizabeth Scott y su rictus despectivo. Hoy nadie se acuerda de ella, mientras que la figura de Lauren Bacall se ha convertido en un mito esencial del cine negro, gracias a su belleza y a las cuatro películas que interpretó junto a su marido Humphrey Bogart, con el que compuso una pareja mítica.
Lauren Bacall respondía a la joven belleza que compartía con Bogart un mismo tipo de humor con doble sentido sexual. Más que una mujer fatal era una joven bella y sofisticada que jugaba a alternar en los bajos fondos y se media de tú a tú con Bogie. Lauren Bacall sigue en lo alto de los mitos de Hollywood por esas cuatro brillantes interpretaciones junto a Humphrey Bogart, mitos esencial del duro del cine negro, tanto en el papel de Sam Spade como el de Philip Marlowe.
