Nick Cave: el predicador del blues y del realismo sucio somete Mad Cool
Puntazo para Mad Cool que huele a empeño personal de su director y factótum, Javier Arnaiz. No se puede tener más aura -avant la lettre, chavales- que The Black Crowes, banda absolutamente legendaria de rock sureño, material inflamable lleno de pegatinas de advertencia. Pero si de peligro iba la cosa en la última jornada de Mad Cool 2026, más valía abrocharse los cinturones antes de la salvaje sacudida de Nick Cave, triunfador por aclamación de una edición de alto nivel interpretativo y de sobresaliente en la organización. Para un evento abonado al sobresalto y diana habitual de críticas exacerbadas, es de justicia reconocer los aciertos. Los pecados del pasado habían sido purgados antes de la aparición del predicador australiano: restauración, accesos, sanitarios, circulación interna y áreas de descanso resultaron impecables. ¿El sonido? De notable alto. Las cosas como son.
Así que a eso de las ocho de la tarde aparecieron los hermanos Robinson, que son eso que ya habrían soñado con ser Kings Of Leon (triunfales en la tercera jornada de Mad Cool), aunque sean estos últimos 20 veces más ricos. Los de Atlanta, bien es cierto, podrían haber sido millonarios de no haberse erigido en los campeones del autosabotaje. Terrible temperamento, consumo desmedido de sustancias, malas decisiones, desidia, rechazo del mundo funcional… y canciones tremendas: The Black Crowes han hecho check en todos los pecados del rock & roll para erigirse en legendarios y no está de más que disfruten de su estatus en el otoño de sis carreras.
Y cómo no hablar de uno de los grandes arquetipos de la historia de la música: dos hermanos que se quieren tanto como se odian (no, se odian más, en realidad), que representan polos opuestos de temperamento y de opinión. A simple vista, parecen haber sido paridos en planetas distantes. Pero saben perfectamente que juntos es como han alcanzado la mayor gloria de su existencia y si quieren vivir lo que les quede de ella al máximo, su destino es estar juntos. Si alguien tiene una historia más rock & roll que esto, que hable ahora o calle para siempre.
Ayer, en el festival madrileño tocaron de gloria, sonaron templados y precisos. Quizá lentos para un evento adrenalínico, pero era su papel. El suyo fue un ejercicio de clase en temas como “Jealous Again”, “Hotel Lovers” y “Bad luck blue eyes goodbye”: joder, ¿hay un título más molón en la historia para tocar un blues?. Chris preguntó: “¿Sabéis quién es Otis Redding? Si no lo sabéis, es el tipo más legendario de la historia de la música. Llevamos toda la vida haciendo esta canción”, anunció para la que es, irónicamente, su tema fetiche: la que mejor les define y que su público no perdona, la monumental “Hard to Handle”. Y, a continuación, prístina y celestial, “Soul Singing” y la versión de “Oh! Sweet Nuthin’”, de The Velvet Underground en la voz de Rich Robinson. No había fuegos artificiales, ni confeti, ni escenografía móvil: solo unos cuervos a su espalda pintados en un panel rojo. Nada que distrajera de la dulzura de la nada. La canción habla de eso indescriptible que tienen ellas y que a ellos le vuelve loco, pero los Black Crowes se ahorran el “she” para hablar de la futilidad de la vida. “Thorn in My Pride” descosió el atardecer, a la que siguió “No Speak No Slave” y la traca final de “Twice As Hard”.
Estábamos en la cuarta transmutación de Mad Cool. Público talludito, sin purpurinas ni disfraces, en una paleta de colores neutros o con las camisas estampadas de manga corta que dejaron de estar de moda hace tres temporadas, pero nos trae sin cuidado porque no pensamos tirarlas. Habían vuelto los solos de guitarra, las camisetas de baloncesto y las batallitas musicales de antaño. Pero existían los microclimas. Estaba, por ejemplo, para los muy cafeteros, un programa doble de Champions League: Nina Kraviz y Richie Hawtin consecutivamente en la carpa Loop. Y a todo volumen esta vez, menos mal.
Los que permanecieron en el escenario principal vieron a Nick Cave hacer su aparición demoníaca con “Ready for love”, con guitarras crepitantes y su traje de chaqueta, como un cruce entre un Bela Lugosi y un Tarantino del rock. La rabia de “From Her To Eternity” se volvía marejada, purgaba los malos recuerdos. “Train Long Suffering” hablaba de un convoy del sufrimiento, pero no se trataba del metro a la salida del Mad Cool, damas y caballeros, sino de un espacio mítico de las penas que alimentaron el sufrimiento de los afroamericanos, un tema de gótico sureño envuelto en la bruma del vudú de Louisiana. Estábamos en las mismas coordenadas del rock sureño que The Black Crowes, igual de amenazantes, pero desde otro ángulo. Acierto absoluto de Mad Cool, al César lo que le corresponde, de programarles en la misma sesión.
En “A wild god” se sentó al piano, con el mismo aliento gospel de los desposeídos, para hablar desde el punto de vista de la divinidad. “Joder, España”, clamó como un lamento bíblico marca de la casa y una invitación a “O Children”, que hizo arrebatarse a Warren Ellis como un demiurgo, dibujando con el violín premoniciones, mientras Cave hablaba de la muerte y la culpa como los únicos legados que dejamos a las siguientes generaciones. “Tupelo” seguía conduciéndonos por el realismo sucio estadounidense, mientras seguían “Carnished”, “Joy”, “Rings Of Saturn” y “Henry Lee”.
Se quitó la chaqueta, siguió predicando o invocando sudoroso como un esquizofrénico a presencias inexistentes. Nick Cave tiene en su biografía el dolor, crudo y material como una cruz de madera, y sus letras forman un corpus literario que se erige a la estatura de Chuck Palahniuk, Donald Ray Pollock o Raymond Carver. Un día recibirá el Premio Princesa de Asturias y habrá quien se sorprenda. Estamos ante un explorador de los abismos del alma humana, conocedor de la historia y del Evangelio, del blues y del hampa.
Acérquense, niños y niñas, a contemplar a un hombre en el filo, a mirar a los ojos a alguien que ha tocado la muerte para venir a contarnos qué se siente. Eso es “Red Right Hand”, banda sonora de “Peaky Blinders” y fino testimonio de la brutalidad como sanación, como extirpación del mal. Una especie de exorcismo similar a “Weeping Song”. La descarga emocional agotó a los más de 48.000 que anoche abarrotaban Mad Cool, abducidos por su magnetismo.
Seguramente no era el mejor escenario (inolvidable su presencia en Las Noches del Botanico hace 8 años) para ver a David Byrne y su coro de bailarines y músicos ataviados con un pijama naranja digno de prisión o de cotolengo en lugar de aquellas hombreras que hicieron historia con Talking Heads. Bailes ralentizados, pasos descatalogados como parodia perfecta de las coreografías gimnásticas tan en boga para himnos como "Psycho killer". bueno, digamos que su público tampoco era Nadia Comaneci. Byrne cerró con "Burning Down The House" mientras el público corría para ver a Pulp, cierre de una edición para el recuerdo.
