El español atlántico: arma de progreso (pero no política de conquista)
La expansión de la lengua española en el continente americano es uno de los fenómenos históricos, culturales y sociolingüísticos más complejos y trascendentales de la historia de la humanidad. Es la primera globalización. Hoy somos una comunidad que supera los quinientos millones de hablantes. Este proceso, iniciado en 1492, fue la construcción de lo que filólogos como Diego Catalán, Gregorio Salvador o Rafael Lapesa han denominado «español atlántico», que se hizo mediante un sistema de mestizaje único en la historia.
Sin embargo, la Leyenda Negra y las teorías críticas actuales han presentado el Imperio español como un hecho oscuro. Hubo sombras, es cierto, pero grandes aciertos. El Imperio español estableció la doctrina de los derechos humanos, creó estructuras administrativas, sanitarias y educativas para el bienestar de los pueblos indígenas y, especialmente, fomentó la unión de gentes. Esa mezcla biológica y cultural forjó una civilización distinta que ata a la vieja España con América, y de la cual, el idioma es la pieza fundamental.
La política imperial respecto a la lengua revela una realidad que a menudo contradice la visión simplista de una castellanización forzada. La lengua no se utilizó como un arma política de conquista por parte de la Corona española, sino de evangelización y progreso. La monarquía expresó desde el Descubrimiento el deseo de que los indígenas fueran adoctrinados en castellano. Este plan tuvo muchos obstáculos. La inmensidad del territorio y la dispersión de las poblaciones convirtieron la enseñanza sistemática de la lengua en un empeño complicado para encomenderos y funcionarios civiles. En su lugar, y para conseguir un acercamiento, los sacerdotes españoles en América codificaron las costumbres, religión y lenguas nativas, sin cuya tarea hoy habría un enorme desconocimiento de aquellas culturas. Andrés de Olmos, por ejemplo, escribió «Arte de la lengua mexicana» en 1547, que es la primera gramática plenamente desarrollada del náhuatl. Desde el comienzo de la presencia española en América, hubo un profundo interés por recoger y preservar la cultura indígena, y mezclarla con la española.
Detrás había un interés humano y religioso. Durante los dos siglos de la dinastía de los Austrias, XVI y XVII, la prioridad de la política imperial fue la evangelización por encima de la castellanización lingüística. Este enfoque provenía de las bulas del papa Alejandro VI, de 1493, que vinculaban el derecho de posesión de las Indias a la difusión de la fe católica. En consecuencia, las Reales Cédulas del 17 de julio de 1550, promulgadas por Carlos V, reconocieron que la extensión del castellano en América tenía el objetivo de que los indígenas comprendieran bien el catolicismo. En este marco, la monarquía se abstuvo de imponer el español por la fuerza.
Los Borbones, ya en el siglo XVIII, cambiaron los criterios de gobernación para fortalecer el Estado centralizado. Bajo el reinado de Carlos III, se despejaron los obstáculos institucionales, se expulsó a los jesuitas en 1767 y se generó una nueva política que buscaba la enseñanza forzosa del español para asegurar la línea de mando y el cumplimiento de las decisiones monárquicas. Un hito en este giro fue la carta de junio de 1769 del arzobispo Francisco Antonio de Lorenzana al Rey, seguida de la real cédula del 16 de abril de 1770, que buscaba «desterrar» los idiomas indígenas para que solo se hablara en castellano. Por supuesto, no se cumplió. Fueron las nuevas repúblicas independientes americanas las que llevaron la castellanización más estricta a comienzos del siglo XIX. La nueva élite dirigente, criolla, eligió el castellano como lengua uniformadora de sus Estados, imponiéndola de manera intensa incluso en zonas que habían permanecido aisladas durante la etapa virreinal.
El segundo eje fundamental es la evangelización, donde las órdenes religiosas desempeñaron un papel protagonista y a menudo autónomo frente al poder civil. Los frailes de las órdenes predicadoras –franciscanos llegados en 1524, dominicos en 1526, agustinos en 1533 y jesuitas posteriormente– organizaron doctrinas para cristianizar a los indígenas. Pronto comprendieron que el uso del castellano era insuficiente para su misión. Ante el dilema de cristianizar en una lengua desconocida o aprender las lenguas locales, los misioneros optaron por esto último en un movimiento cultural sin parangón en la historia. Realizaron una prodigiosa labor de conservación de las lenguas originarias, que hasta entonces eran exclusivamente ágrafas, elaborando para ellas gramáticas, vocabularios y catecismos.
El trabajo desarrollado en instituciones como el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, donde fray Bernardino de Sahagún escribió su «Historia general de las cosas de Nueva España», fue capital para documentar la cultura mexicana. Otros hitos bibliográficos incluyen el «Arte de la lengua mexicana» (1547) de fray Andrés de Olmos, la «Grammatica o Arte de la lengua general de los indios de los reynos del Perú» (1560) de fray Domingo de Santo Tomás y el «Arte de la lengua mexicana y castellana» (1571) de fray Alonso de Molina.
La producción de libros en lenguas amerindias fue asombrosa; solo en Nueva España se contabilizan al menos 109 obras destinadas a la evangelización escritas en lenguas como el náhuatl (66 obras), tarasco (13), otomí (6) y zapoteco (5). Esta estrategia misionera fue ratificada en el III Concilio de Lima en 1583, donde se decidió que los indígenas aprendieran las oraciones y el catecismo en su propio idioma, rechazando el uso del latín o del castellano para estos fines. Esta especialización lingüística otorgó a las órdenes religiosas un enorme poder social y político, convirtiéndolas en intermediarias indispensables entre la Corona y los súbditos indígenas, quienes a menudo solo se entendían con los religiosos. Hacia finales del siglo XVII, Carlos II intentó nuevamente recomendar la enseñanza del castellano mediante cédulas en 1690 y 1691, pero la resistencia de los predicadores, que dominaban la comunicación con los naturales, impidió su efectividad.
El tercer eje de la expansión fue la «criollización» y el mestizaje. La base del español respondió a las oleadas de expedicionarios durante todo el siglo XVI. Existe un consenso académico sobre el peso demográfico decisivo de los colonos andaluces, especialmente de Sevilla y las provincias meridionales. Según los trabajos de Peter Boyd-Bowman, entre 1492 y 1580, el 52,7% de los inmigrantes tenían variedades meridionales de la lengua, siendo el 35,8% específicamente andaluces. Este «andalucismo» o «sevillanismo» se considera el fermento de rasgos fonológicos esenciales del español americano, como el seseo y el uso de «ustedes» en lugar de «vosotros».
El contacto con las culturas precolombinas supuso una inmediata fluctuación lingüística. Se adoptaron expresiones y palabras del léxico indígena para nombrar realidades desconocidas del paisaje, la fauna y la flora, incorporando palabras antillanas como «canoa», «cacique», «hamaca» y «maíz» desde los primeros días del descubrimiento. Luego se integraron términos del náhuatl (tomate, cacao) y del quechua (cancha, pampa, cóndor). Esta convivencia hizo que el español influyera en las lenguas nativas y estas, a su vez, dejaban su huella en el habla regional, especialmente en las zonas altas andinas donde el quechua y el aimara provocaron variaciones en el sistema vocálico.
Ladinos y españolados
La sociedad colonial estaba estratificada y esto se reflejaba en el uso del idioma. Se distinguían grupos como los «indios ladinos» o «españolados», que dominaban el castellano e incluso el latín, actuando como intérpretes y escribanos. Por otro lado, la llegada de esclavos africanos introdujo el elemento «afrohispánico», visible en el léxico y en la producción literaria, como la novohispana (mexicana) Sor Juana Inés de la Cruz en el siglo XVII.
En la vida cotidiana, el español atlántico comenzó a mostrar una identidad propia muy pronto, lo que generó en el siglo XIX debates sobre una posible fragmentación del idioma similar a lo ocurrido con el latín, tesis defendida por Rufino José Cuervo y Andrés Bello, pero rebatida por la visión de unidad de Ramón Menéndez Pidal (1944). Los criollos, nacidos en América, fueron los principales artífices de esta identidad lingüística. Ya en 1589, Juan Suárez de Peralta, novohispano, hablaba de «los que nacemos allá», y en 1591, Juan de Cárdenas, sevillano, elogiaba la sutileza de la lengua del nacido en las Indias frente al «cachupín» recién llegado. El «Interrogatorio Jeronimiano» de 1517 en Santo Domingo muestra que la lengua se adaptaba a la nueva experiencia americana desde fechas muy tempranas. Asimismo, la literatura virreinal de figuras como el Inca Garcilaso de la Vega en sus «Comentarios Reales» (1609) o Felipe Huaman Poma de Ayala en su «Nueva Coránica y Buen Gobierno» (1615) atestigua la simbiosis entre el mundo hispánico y el indígena. El siglo XVIII y el XIX fueron decisivos para la formación de variedades regionales específicas, como ocurrió en Cuba con los trabajos de los frailes José María Peñalver y Pedro Espínola en 1795, quienes ya documentaban fenómenos fonéticos típicamente cubanos.
En suma, la expansión del español en Hispanoamérica fue un proceso secular y orgánico donde la fe, el poder y el mestizaje se entrelazaron de manera indisoluble. La lengua española se consolidó como el cimiento de una vasta geografía humana, enriqueciéndose con el sustrato indígena y adaptándose a las necesidades de una sociedad en constante transformación. Es así que un idioma hoy une a dieciocho repúblicas independientes, como patrimonio común.
La imposición del «inglés estándar»
La expansión del inglés en el Imperio británico (siglos XVI-XX) fue un arma política para imponer autoridad en las colonias. Se hizo mediante flujos migratorios que desplazaron las lenguas nativas en regiones como Norteamérica y Australia, y la transmisión, no a toda la población, sino a las élites en África, la India y el Caribe como instrumento de dominación. La imposición del “inglés estándar” se basó en el borrado de la cultura local. De este modo, la lengua actuó como un vehículo de sometimiento, despojando al colonizado de su identidad original para conferirle una posición de inferioridad dentro del sistema imperial. A esto se unía el desprecio al mestizaje racial. La diferencia con el caso del Imperio español es más que evidente. Mientras el británico se imponía y relegaba al indígena para buscar la diferencia, el español se mezclaba para crear algo nuevo.
