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Breve guía de viaje de la Odisea

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Antes que nada, no dejen que Hollywood les cuente lo que es la «Odisea»: ¡hay que leerla! Es el más maravilloso poema de la tradición occidental, un viaje en toda regla por la literatura patrimonial, punto de llegada de temas, motivos y formas muy antiguos y de partida para todo lo que viene en la posteridad. Sobre uno de los argumentos esenciales, la vuelta del héroe a casa, se construye el viaje arquetípico, metafórico y alegórico –pero también con trasfondo real– que ha sido leído con devoción a lo largo de los siglos. El segundo ciclo de Borges, un motivo esencial de Aarne-Thompson-Uther, el cuento del viaje de Propp, el poema femenino de Graves, el clásico que fascinó a Kazantzakis y Joyce, es decir, la «Odisea», es alba de toda literatura y sin ella es imposible comprender a nuestros grandes clásicos, Dante, Cervantes, Shakespeare o Goethe. El viaje de Ulises, así pues, es mucho más que una aventura literaria o una «road movie» trepidante «avant la lettre»: es el kilómetro cero de toda literatura posterior. A modo de breve guía del viaje, esbozamos solo cuatro de sus mapas.

El primero, el estructural, es más complejo que la de su poema hermano mayor, la «Ilíada», la más moderna «Odisea» nos presenta tres planos de acción: una intriga cortesana en Ítaca, un plano épico tradicional, trufado de elementos viajeros –que delatan el contexto de las colonizaciones de edad arcaica–, y finalmente un nivel fabuloso o maravilloso, con todas las aventuras contadas en primera persona por el impenitente viajero y muy fabulador (incluso embustero) Odiseo o Ulises, que ambos nombres están en la tradición clásica. Modernísimamente, tras la invocación a la musa del varón «polytropos», se empieza con la asamblea de los dioses y Atenea reclamando el regreso del sufrido Ulises. Enfocamos a la isla de Calipso, seguramente en Gibraltar.

Luego se deja esto en suspenso y los primeros cantos se centran en el «coming of age» de Telémaco, un joven que evolucionará en un increíble arco de personaje (como otros muchos en el poema) desde el chico que no se atreve a tomar la palabra en público al un aventurero que, con la guía del anciano Mentor (en realidad, Atenea disfrazada), hará la Telemaquia viajando a las cortes del Peloponeso y acabará luchando al fin mano a mano con su padre («first blood») contra los pretendientes. A la vez estos andan acosando a su madre, la inteligentísima Penélope, divina reina, pero tendrán su merecido. Desde que Calipso libera a Ulises por orden de los dioses, el foco regresa al pobre itacense, náufrago en una improvisada patera en las playas hospitalarias de la isla de los feacios, donde será magníficamente tratado.

Recordemos que la «Odisea» es el poema es el de la hospitalidad, oscilando entre el máximo xenófobo –el cíclope antropófago– y el hospitalario Alcínoo. En su corte cuenta Ulises en primera persona sus desventuras, todos los viajes fantásticos y los famosos episodios: sirenas, Polifemo, lestrigones, lotófagos y demás. Luego se le entrega una nave fantástica para volver a casa y se desarrolla la última parte, con las aventuras del héroe crepuscular disfrazado que ha de buscar su final feliz y el reconocimiento gradual de todos los personajes, empezando por los humildes, que son los buenos, frente a los altivos aristócratas que acabarán castigados. El reconocimiento final de Penélope es la guinda perfecta de esta obra maestra de la literatura patrimonial.

En segundo lugar, ¿hay un mapa geográfico de la «Odisea»? Muchos se han aventurado buscarlo. El viaje que debería haber durado unos pocos días –entre Troya, en Asia menor, y la isla de Ítaca, tras bordear el Peloponeso y el siempre peligroso cabo Maleas– se torna un peligroso periplo de diez años a lo largo de las costas del Mediterráneo. Así, historiadores y geógrafos –ya Polibio, Estrabón o Plutarco lo debatieron– indagaron a menudo en su trasfondo: se ha localizado, entre otras teorías, a los lotófagos en el norte de África (quizá en la isla de Djerba, en Túnez), a los lestrigones en Tracia o Cerdeña, a los Cimerios en el Bósforo, a las Sirenas en Salerno, a los cíclopes cerca del Etna, a Escila y Caribdis en Mesina –también hay en Calabria un pueblo llamado Escila, precisamente, con un buen promontorio–, a Eolo en Lípari, a Circe en Córcega, la puerta del Hades en algún lugar de la Hesperia y Esqueria en una de las Baleares; por supuesto, se suele localizar el término del viaje en lo más lejano, Gibraltar, donde estaría Calipso (alguien se aventura incluso de decir que podría ser el tan cacareado islote de Perejil). Otras leyendas llevan a Ulises aún más lejos, hacia Ulisipona (Lisboa, que habría fundado el héroe) e incluso a la lejana Gran Bretaña: hay mucha geografía mítica detrás, claro, de imposible constatación. Toda épica, ciertamente, contiene un trasfondo histórico nebuloso y evanescente: como la guerra de Troya está detrás de la «Ilíada» o los viajes colonizadores al mar Negro detrás de la saga de Jasón, también el poema de Ulises delata los viajes a un occidente mitificado, que nunca podremos dar por seguro.

Pero, en tercer lugar, el viaje de Ulises habla de un mapa metafórico, al regreso del alma al padre, como quiso luego la interpretación cristiana y, antes que ella, la neoplatónica de Plotino: «Huyamos pues a la patria querida». Tal es la idea del viaje simbólico de la vida como un retorno eterno al origen: Ulises es el héroe que vuelve a su patria, como Eneas funda una nueva patria. Y en los arquetipos y argumentos universales encontramos grandes lecciones para nuestra vida, pues toda mitología es una pedagogía, como advirtió Campbell.

Un clásico en el cine

Y hay aún un último mapa interesante tras la «Odisea», que es el de su recepción: es la guía al viaje de la literatura y las artes, pues las aventuras de Ulises precipitan gran parte de la creatividad posterior, desde la Telemaquia de Fénelon hasta las películas de Woody Allen o los hermanos Coen (más interesante me parece siempre la recreación alegórica que el peplum comercial de ocasión, pero sobre esto habría mucho que debatir). Sobre el largo viaje de la recepción del mito de Ulises hay libros estupendos como el de Piero Boitani, «La sombra de Ulises: Imágenes de un mito en la literatura occidental» (del que hay traducción castellana en Península) o el más reciente de Mirella Romero, «El regreso de Ulises. La travesía de un mito» (La Esfera), que nos ofrece unas buenas vistas sobre su pervivencia. Cine, teatro, poesía, ópera o música han evocado a Ulises y todo su círculo de personajes fantásticos y arquetípicos: sobre todo las mujeres, que tanto nos fascinan en este recorrido y sobre las que se han vertido ríos de tinta, acabando en la Nausícaa de Antonio Gala, la Penélope de Atwood o la Circe de Miller.

Pero me interesa que volvamos a los antiguos: no dejen que los modernos les contemos la «Odisea», de verdad que merece la pena leerla. Como dice Ítalo Calvino, nunca podremos decir de ella que «la estamos leyendo», sino «releyendo», porque ya está inserta en nuestro «código genético cultural». Merecería la pena hincarle el diente directamente: el privilegio, claro, es poder leerla en griego, así que yo que ustedes lo aprendería lo antes posible (Schopenhauer aprendió español para poder leer a Cervantes y Gracián). Pero, si no tienen tiempo para esto, tampoco hay excusa: tenemos magníficas traducciones castellanas ya desde el siglo XVI. Precisamente ahora Alianza reedita la que es mi favorita de las modernas, la de García Gual, en una prosa límpida pero a la vez solemne. Hay otras muchas solventes y fieles a Homero, antiguas o modernas, en editoriales de referencia, como Gredos, Cátedra, Abada o la Oficina del Autor. Yo mismo preparo mi propio viaje con Odiseo, en la editorial Arpa, en una traducción que espero que vea la luz antes de un año. Pero no pasa nada si tarda algo más: como sabe Cavafis, la meta es lo de menos y lo importante es disfrutar del periplo. Ya sabemos que Ítaca lo que tiene que ofrecernos es el hermoso viaje.






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