Antes de que llegue el silencio, Educación Responsable
Hay aprendizajes que no parecen aprendizajes. Esperar sin desesperarse. Escuchar sin interrumpir. Confiar en uno mismo. Comprender al otro. Reconocer una emoción y expresarla. También inventar un juego, tomar una decisión… Durante mucho tiempo, la infancia desarrolló estas capacidades en momentos aparentemente pequeños: una sobremesa, un trayecto o una tarde sin plan. Hoy, ese intervalo dura apenas unos segundos, porque antes de que llegue el silencio, llega una pantalla y, con ella, menos oportunidades para desarrollar capacidades emocionales, sociales y creativas.
No se trata de nostalgia ni de negar la realidad. Niños y adolescentes crecen en un entorno digital que condiciona su manera de aprender, relacionarse y entretenerse. De hecho, según el informe ‘El uso de las tecnologías por menores en España’, del Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad, el 96% de los menores de 10 a 15 años usa internet habitualmente y el 69,6% tiene móvil. Estas cifras dejan sobre la mesa oportunidades evidentes, pero también introducen una lógica de estímulo constante, recompensa inmediata e interrupción permanente. A esto, las redes sociales añaden otro riesgo delicado: espacios donde se crea la identidad, se busca pertenencia y se mide la propia valía a través de la mirada de otros.
Todo esto obliga a desplazar el debate. Hablar de límites es necesario, pero insuficiente. El verdadero desafío es ayudar a niños y jóvenes a construir recursos para vivir en un entorno que reclama su atención continuamente y reduce las oportunidades de conocerse, desarrollar el autocontrol, aprender a tomar decisiones, promover el pensamiento crítico, sociabilizar o desplegar su creatividad. Y es que estas capacidades no aparecen automáticamente, se educan y se acompañan.
Por ello, resulta cada vez más importante impulsar en las aulas programas que integren el desarrollo emocional, social y creativo de los niños y adolescentes. Lejos de plantearse como actividades aisladas, deben incorporarse al día a día de la escuela a través de recursos que conecten con ellos, como la música, la literatura, las artes plásticas, el teatro o el juego. Son lenguajes artísticos que se convierten en un vehículo extraordinario para conocerse a sí mismo, expresar emociones, comprender a los demás, trabajar en equipo y crecer en autoestima.
Quienes trabajamos junto a centros educativos en la implantación de estos programas, como es Educación Responsable, hemos comprobado su impacto a través de distintas investigaciones. La más reciente, realizada en 2023 por el Laboratorio de Emociones de la Universidad de Málaga, constataba que los alumnos que participan en estas iniciativas mejoran de forma significativa su inteligencia emocional, fortaleciendo su capacidad para percibir, comprender y gestionar sus
emociones. Sus conclusiones refuerzan, además, hallazgos previos que ya apuntaban avances en el autoconocimiento emocional (+8%) y en la empatía y las actitudes prosociales (+6%), con efectos positivos en la convivencia escolar.
Estos datos confirman que la respuesta no está en competir con la pantalla, sino en ofrecer experiencias capaces de activar algo que ninguna plataforma sustituye: el vínculo con los demás, el descubrimiento de uno mismo y la capacidad de crear. En una infancia cada vez más conectada, educar exige también proteger esos espacios en los que un niño aprende a esperar, a imaginar y a estar consigo mismo. Porque una educación responsable empieza, precisamente, ahí: antes de que una pantalla ocupe el lugar del silencio.
