Desolación de alcaldes y cargos socialistas con la declaración de Zapatero: "Se parece demasiado a Pujol"
La reacción oficial es la previsible: cierre de filas. Pero dirigentes socialistas reconocen en privado que vieron en su actuación algunos de los movimientos que durante años caracterizaron la defensa política y judicial de Jordi Pujol, cuando el expresidente catalán comenzó a verse cercado por los tribunales. La comparación es incómoda para el PSOE, pero empieza a abrirse paso en conversaciones reservadas: centrar la defensa en la prescripción, evitar responder a las preguntas de la Fiscalía y desplazar el debate hacia cuestiones procesales ha activado paralelismos que hasta hace poco parecían impensables dentro del socialismo.
"Estamos viendo una defensa muy parecida a la de Pujol”, resume un veterano dirigente socialista. “Refugiarse en la prescripción, limitar al máximo las explicaciones y no responder al fiscal”. La sensación es que Zapatero acudió esta mañana al juzgado con el objetivo de minimizar riesgos jurídicos, pero sin afrontar plenamente el desgaste político derivado de las sospechas que desde hace meses rodean su figura.
Desde un punto de vista estrictamente legal, la estrategia puede resultar eficaz. La prescripción constituye un argumento legítimo dentro de cualquier procedimiento judicial. El problema aparece cuando la discusión abandona el terreno jurídico y entra en el político porque la prescripción puede impedir la persecución de determinados hechos, pero no responde necesariamente a las preguntas que una parte de la opinión pública sigue formulando.
Ese es precisamente el debate que comienza a instalarse en el PSOE. Algunos dirigentes creen que el expresidente ha optado por una hoja de ruta destinada a resistir el desgaste confiando en que el paso del tiempo reduzca la presión mediática y judicial. Otros consideran que esa estrategia puede terminar agravando el problema porque alimenta la sensación de que quedan cuestiones relevantes sin aclarar.
La inquietud es especialmente intensa por el papel que Zapatero sigue desempeñando dentro del ecosistema político que rodea a Pedro Sánchez. A diferencia de otros antiguos presidentes del Gobierno, su influencia pertenece al presente. Durante los últimos años ha participado en operaciones políticas delicadas, ha ejercido como interlocutor con distintos actores nacionales e internacionales y ha mantenido una capacidad de influencia reconocida incluso por quienes discrepan de sus posiciones.
Por eso en La Moncloa están hoy más preocupados que ayer respecto al futuro de esta causa, y también sobre el suyo. "El problema no es únicamente lo que ocurra con Zapatero. Lo que nos preocupa es el efecto de arrastre que el deterioro de su imagen tiene sobre el propio Sánchez. El vínculo político entre ambos es demasiado estrecho para que los daños queden confinados al expresidente".
Esta semana todavía se esperan más golpes judiciales para el Gobierno, en concreto, la sentencia del "caso mascarillas", con condena para el exministro José Luis Ábalos, "La corrupción se ha convertido en el principal factor de desgaste de la legislatura. Cada nueva investigación, cada informe policial y cada decisión judicial alimentan un clima de incertidumbre que ha terminado instalándose en el corazón mismo del Ejecutivo". Fuentes socialistas admiten que el ambiente en los centros de poder está marcado por los rumores constantes, las especulaciones sobre futuros procedimientos y la búsqueda de fórmulas para contener un deterioro que parece no encontrar techo.
En ese contexto, la declaración de Zapatero no ha servido para cerrar debates. Más bien ha abierto otros nuevos porque dentro del PSOE empieza a percibirse una división silenciosa entre quienes consideran que el expresidente sigue siendo un activo imprescindible para Sánchez y quienes creen que se está convirtiendo en un problema político cada vez más difícil de gestionar.
Los primeros recuerdan los servicios prestados durante los momentos más complejos de la legislatura y su papel en algunas de las negociaciones más sensibles. Los segundos sostienen que el partido no puede permitirse quedar atrapado en una defensa permanente de figuras cuestionadas mientras intenta combatir el desgaste provocado por los casos de corrupción que rodean al Gobierno.
La referencia a Pujol aparece precisamente en ese punto. Quienes establecen el paralelismo no hablan de responsabilidades penales, sino de una estrategia de supervivencia basada en resistir, refugiarse en argumentos procesales y convertir la discusión pública en una batalla jurídica. Una fórmula que puede reducir riesgos inmediatos, pero que rara vez elimina el coste reputacional.
