El corazón que sigue amando
Meditación para el fin de semana del Sagrado Corazón de Jesús
Este fin de semana, la liturgia nos confronta con el misterio del Corazón de Jesús, cuya solemnidad hemos celebrado este viernes 27. Año tras año, la Iglesia nos invita a contemplar un corazón real, palpitante, humano y divino. Un corazón herido, abierto, y todavía sangrante hoy. Es el Corazón del Redentor del mundo, que continúa siendo fuente de vida y de juicio, de consuelo y de verdad. Su latido sigue marcando el pulso de la Iglesia, aunque muchas veces lo olvidemos.
"Uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua… Y en otro lugar la Escritura dice: “Mirarán al que atravesaron” (Jn 19,34.37).
Este acontecimiento es la llamada a fijar el alma en el corazón traspasado del Cordero de Dios, de cuya inmolación brota la Iglesia como desde su fuente inagotable. Pero también es una llamada ante lo que sigue ocurriendo hoy. Este corazón sigue siendo traspasado, ahora no por una lanza romana, sino por la indiferencia espiritual de buena parte de la Iglesia, cuando aparta la mirada de su Divino Esposo para enfocarse en agendas periféricas, sociales o ideológicas.
La escena evangélica es sobrecogedora. Los judíos piden a Pilato que acelere la muerte de los crucificados para que no queden colgados el sábado. Los soldados rompen las piernas de los ladrones, pero al llegar a Jesús no lo hacen, pues ya había muerto. Sin embargo, uno de ellos le atraviesa el costado. Y de él brotan sangre y agua.
Aquel gesto brutal y aparentemente innecesario, sirvió a Dios para revelar algo mayor: el Corazón de Jesús, centro de su persona divina y humana, está ahora expuesto y entregado. No cerrado, sino abierto. No oculto, sino ofrecido. Y desde entonces, el corazón de Cristo mana por su Iglesia, alimentándola desde lo más íntimo de sí. Pero también continúa sufriendo.
Santa Margarita María de Alacoque, en sus revelaciones, describe cómo el Corazón de Jesús se mostró a ella como un horno ardiente de amor, incapaz de contener su fuego. A partir de estas revelaciones personales, la atención de los católicos hacia el corazón de Jesús se expandió por toda la Cristiandad, hasta alcanzar que se celebrara anualmente la fiesta del pasado viernes. Muchos otros santos también han reconocido este Corazón como fuente de todas las gracias. Santa Gertrudis la Grande lo llamaba horno de amor y fuente vivificante, pidiendo que ese fuego consumiera su propio corazón. San Juan Eudes, por su parte, lo consideraba como el corazón de su corazón, centro de su vida interior. También san Juan Pablo II y el papa León XIII destacaron el poder del Sagrado Corazón para renovar la Iglesia y reconciliar al mundo con Dios mediante la consagración y la reparación. Unos y otros testigos han enseñado que el Sagrado Corazón es la misma Eucaristía, identificándolo con la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento. Adorar al Corazón de Jesús es, en última instancia, adorar al Cristo eucarístico, al Dios vivo que se sacrifica da cada día en el altar.
La identificación del corazón de Cristo con la Sagrada Hostia ha sido providencialmente confirmada en numerosos milagros eucarísticos alrededor del mundo. Por ejemplo, en el milagro de Tixtla (México), una hostia que empezó a sangrar inexplicablemente, al ser analizado con rigor científico, resultó ser tejido cardíaco humano con signos de sufrimiento extremo.
Este es el mismo Corazón que sigue sangrando cuando lo desplazamos del centro de la vida de la Iglesia. Cristo nos ha amado tanto no ha escatimado nada, y sin embargo recibe ingratitud, frialdad e indiferencia. Este contraste entre el amor divino y la frialdad humana llama a una respuesta de reparación. El amor al Sagrado Corazón no es solo contemplativo, sino también reparadora y activa: busca responder a Cristo en su dolor actual, causado por el olvido y la traición de los suyos.
Efectivamente, una Iglesia que no fija su mirada en el corazón traspasado del Señor es “una ONG con cruz”, como también aseveró León XIV. Aquella puede tener cierto impacto social, puede llenar plazas para conciertos efímeros y redactar documentos, pero ha perdido el alma. Porque ésa no es otra que el Corazón crucificado y glorioso del Salvador. Y ese Corazón sangra cuando se reemplaza su presencia viva por las ideologías del tiempo.
Sangre y agua brotaron del corazón abierto de Cristo. Son las materias y signos del Bautismo y la Eucaristía. Es decir, de ese Corazón herido nace la vida sacramental, nace la fe, nace la Iglesia. Desconectarse de él no es sólo un error teológico; es el inicio de la muerte por inanición espiritual.
Frente a este panorama, la solución no está en polarizarse, ni en estrategias de marketing espiritual. La solución es volver a mirar al que atravesaron. Volver a la primacía de lo sobrenatural. Esto no es olvido de los pobres, sino la única forma de amarlos de verdad: mostrándoles a su Redentor.
Hoy, como la tarde en que abrieron el costado de Nuestro Señor, es día de Preparación. La Iglesia se prepara —o debería prepararse— para una nueva toma de conciencia. Y la conversión que adviene no es sólo moral o “pastoral”, sino teologal. Ella ha de volver al principio, a la fuente, al Corazón abierto del mismo Dios. Mirar de nuevo al que hemos atravesado con nuestras omisiones, reduccionismos y desviaciones. Como concluye León XIV: “Mirar el Corazón traspasado del Señor es un examen de conciencia para cada obispo: ¿desde dónde estoy hablando y hacia dónde conduzco al Pueblo de Dios?”.
