Heidi: ¿criatura inmoral o ser de luz?
El 22 de mayo de 1976 se emitió el último capítulo de «Heidi» en TVE. La expectación había sido enorme. La ansiedad por conocer el desenlace de la historia de la niña de los Alpes afectaba a todo el mundo, o eso parecía. Se había desatado una «Heidimanía» desde el año anterior. De hecho, cuando murió Franco se canceló la programación de TVE y la gente llamó al ente público protestando porque no se emitía el episodio correspondiente de la serie japonesa.
La llegada de la producción nipona a las pantallas de TVE, el 2 de mayo de 1975, supuso un hito histórico: España se convertía en el primer país fuera de Japón en emitir la obra de Isao Takahata y Hayao Miyazaki. Lo que comenzó como un modesto espacio dentro del programa «Un globo, dos globos, tres globos» pronto se independizó para ocupar un horario estelar y encabezar, en 1976, el índice de aceptación de programas en todo el país, conquistando audiencias millonarias. La serie representó para el televidente español una novedad absoluta por el tono dramático y melancólico. La prensa de aquel periodo abandonó la mirada condescendiente hacia lo infantil para sumergirse en un análisis casi académico. Se dedicaron extensos reportajes para debatir si Heidi era un símbolo de inocencia o de victimismo, comparándola frecuentemente con otro gran icono de la época: Pippi Calzaslargas. En este duelo de modelos, los expertos definieron a Heidi como una niña víctima de los adultos, mientras que Pippi era la rebelde que prescindía del mundo de los mayores.
Rottenmeier la «decente»
Carlos Luis Álvarez, más conocido como «Cándido», publicó el 1 de mayo de 1976 una columna titulada «Heidi, criatura inmoral». El periodista afirmaba que la niña era una figura «antiheroica» que se refugiaba en la naturaleza huyendo de la civilización. En un giro argumental que indignó a muchos padres, la columna defendía a la señorita Rottenmeier como el personaje más «decente» del relato, pues era la única que obligaba a Clara a enfrentarse a su ignorancia y a labrarse un porvenir, en lugar de vivir en una «rosada nube». Las cartas al director del periódico se llenaron de defensas apasionadas donde los lectores acusaban al articulista de no comprender «la inocencia, el humanismo y la ternura» de la obra. Algunos profesores y padres reivindicaron el derecho de la niña a sentirse libre en el campo, achacando a «Cándido» un análisis «absurdo y ridículo» que intentaba aplicar teorías de Simone de Beauvoir, la feminista. Y es que en la España de la Transición, hasta un dibujo animado servía para debatir sobre la libertad, la responsabilidad histórica y los modelos de educación.
La «Heidimanía» de 1976 inundó las calles. El mercado se vio saturado por una avalancha de productos: muñecas, álbumes de cromos, recortables y discos con himnos como «Abuelito, dime tú». Se buscó incluso una conexión física con el mito a través de un concurso nacional organizado por la empresa RCA para encontrar a una Heidi de carne y hueso, cuya ganadora fue la niña madrileña Rosa María Jaén Maza, de tres años. El impacto fue tal que el Museo de Cera de Madrid incorporó la figura de Heidi a su carrusel infantil junto a iconos como Gaby, Fofó y Miliki, aunque inicialmente se exhibió sola, sin su amigo Pedro, ni abuelo ni cabras para sorpresa de los visitantes. En este auténtico fenómeno cultural, la prensa también redescubrió a la autora original, Johanna Spyri. Se publicaron detalles minuciosos sobre su vida, sugiriendo que su estilo romántico era una forma de evadir tragedias familiares personales. La Editorial Juventud, poseedora de los derechos de la obra de Johanna Spyri desde 1928, decidió editar la segunda parte de la novela para satisfacer esa necesidad colectiva por saber las andanzas de la niña.
La puerta de entrada del anime
La serie de «Heidi» fue la puerta de entrada definitiva del anime en España, convenciendo a los programadores de TVE de la rentabilidad y calidad de la animación nipona. El éxito de Takahata y Miyazaki facilitó la llegada inmediata de otras series míticas como «Marco» –que sucedió a Heidi en la programación– y «La abeja Maya», que consolidaron al género como un pilar de la televisión nacional. Al cerrar 1976, la niña que hacía suspirar al país cada sábado por la tarde movía mucho dinero en todo tipo de productos y era enormemente conocida. En el mismo mes de mayo se estrenó una película en los cines: «Heidi en la montaña» –como si fuera a estar en otro sitio–, y el gran Circo Ruso sobre hielo presentaba a una patinadora disfrazada de la famosa niña de dibujos animados.
