El silencio de los muertos
Hablar de Sabino Fernández Campo es hablar de una especie hoy casi extinguida: la de quienes conocieron el poder desde dentro, lo tocaron, lo administraron, lo protegieron… y, sin embargo, entendieron que la verdadera autoridad no estaba en lo que podían contar, sino precisamente en lo que decidían callar. Por eso aquella frase suya, pronunciada con la serenidad de quien había visto demasiado, sigue resonando con fuerza: “Valgo más por lo que callo que por lo que puedo contar”. Una declaración de principios, casi un testamento moral.
Sabino no fue un cortesano ni un memorialista frustrado, fue el hombre del “ni está ni se le espera”, la sentencia seca y decisiva que ayudó a desactivar el 23-F, y que lo colocó para siempre en la trastienda de la historia contemporánea española. Pero, a diferencia de tantos otros protagonistas de aquella época, nunca convirtió su cercanía al poder en mercancía, ni sus recuerdos en ajuste de cuentas, ni sus silencios en una promesa editorial. Su discreción no era pose: era carácter, disciplina como buen militar que era, y sentido de Estado. Sabino sabía nombres, conversaciones, debilidades, traiciones, miedos, miserias y grandezas. Podría haber llenado varios volúmenes con confesiones capaces de estremecer a medio país. No lo hizo. Eligió llevarse consigo aquello que otros habrían vendido al mejor postor. Entendía que hay secretos que no pertenecen a quien los conoce, sino a la responsabilidad que implica haberlos conocido.
Por eso resulta inevitable cierta amargura cuando, años después, algunos de esos silencios parecen ser profanados por quienes llevan su apellido pero no necesariamente su código. Cuando un hijo convierte en relato lo que el padre convirtió en deber, no solo se abre una caja de recuerdos: se rompe un pacto invisible. Y entonces la frase adquiere una dimensión todavía más trágica: Sabino valía por lo que calló… precisamente porque otros, después, han decidido contar lo que él jamás habría pronunciado. No quiero saber si los Reyes iban a terapia de pareja, porque eso es una intimidad que pertenece sólo a quien la protagoniza. No se debe profanar el silencio de los muertos, es un mandato casi bíblico que sólo puede alterar una mente estúpida.
