Eric Clapton, cuando la carretera es el final
Es lo que una vez Keith Richards denominó como «el síndrome de la línea blanca», la irremediable adicción a la carretera y las giras. Pocos son capaces de abandonar ese hábito inoculado durante décadas por más que aparezcan limitaciones físicas, mentales o creativas. Pasa con Bob Dylan, los Rolling Stones, Paul McCartney, Neil Young, Van Morrison o, por supuesto, también con Eric Clapton. El músico británico vuelve a España muchos años después dentro de un amplio tour europeo para tocar el 7 de mayo en el Movistar Arena de Madrid y tres días después en el Palau Sant Jordi de Barcelona. Y eso que hace unos años reconoció que ya le costaba demasiado tocar.
Aquejado de una neuropatía periférica, Eric Clapton confesó hace diez años que tenía un dolor en la mano que le bloqueaba. «Todavía puedo tocar, pero es una ardua labor», contaba entonces. Una patología que provoca una insensibilidad en sus dedos, fatal si se habla de un guitarrista, probablemente producto de largos años castigando su cuerpo con todo tipo de adicciones, desde la heroína a la cocaína o el alcohol. Y en cantidades industriales. Entonces, dijo que probablemente había llegado el fin de sus actuaciones. Pero no, todavía se resiste a dejarlo.
No es fácil abandonar para alguien tan acostumbrado a ceder ante las adicciones, y esta de la carretera es una más. Nada sencillo para un hombre que casi siempre ha encontrado en sus recitales su mejor forma de expresión, aquella que le ha llevado a defender una justa fama ganada desde que era joven, la de uno de los mejores guitarristas de la historia junto a leyendas como Jimi Hendrix, Robert Johnson, Django Reinhardt, Stevie Ray Vaughan y demás. El síndrome de la línea blanca.
Su leyenda comenzó hace seis décadas, cuando en las paredes de Londres apareció una pintada ya icónica en la historia del rock and roll: «Clapton is God». Y no porque le hubieran escuchado hacer virguerías en sus discos, sino que tal consideración tenía una vertiente mucho más profunda. Esa fama se la había ganado a los 20 años tocando en directo en los clubes de la capital inglesa. La gente se quedaba impresionada al ver la increíble facilidad que tenía el tímido chico para ejecutar solos desde la parte trasera del escenario junto a los Yardbirds, su primera banda profesional.
Tiempos de asombroso
Los siguientes años serían cruciales para magnificar su leyenda como instrumentista con un recorrido que incluiría formaciones tan decisivas como los Bluesbreakers de John Mayall, Cream, Blind Faith y Derek & The Dominos antes de emprender su larga carrera en solitario. Simplemente era un espectáculo ver cómo Clapton dominaba cada riff y cómo volaban sus elegantes solos, alejados de cualquier exhibicionismo. «Su cualidad básica, lo que le diferenciaba del resto, era que sus solos se podían silbar», diría Little Steven, el melómano guitarrista de Bruce Springsteen.
Eric Clapton ha estado de gira desde 1975 prácticamente de forma ininterrumpida. Aquel año volvió a la carretera tras concluir su tóxico retiro en lo que se denominó como sus «años perdidos». Entre octubre y diciembre de 1970 había estado de gira con Derek & The Dominos para presentar las canciones de su magno «Layla and other assorted love songs», unos conciertos que él sintió como un fracaso por la escasa recepción que recibieron en la época, si bien el tiempo los situó como una cumbre de este tiempo. Con la mejor banda que haya tenido nunca, Clapton se jugaba la vida en cada interpretación y con una forma de tocar que recogía el compendio de lo mejor que antes había expresado con Mayall y Cream. Una carrera simplemente asombrosa.
Pero vinieron los años duros. Volvió a su casa, se metió en su mansión y allí comenzó una estricta dieta de hamburguesas y heroína. Le dejaban en la puerta de casa el bocadillo, se pinchaba, dormía, se despertaba, daba un par de bocados, se volvía a pinchar, ponía un disco, lo rompía, dormía de nuevo... Y así cada día durante tres años. Actuó en agosto de 1971 en el concierto de Bangladesh con su amigo George Harrison, pero ni siquiera recuerda que estuvo allí.
Colegas como Pete Townsend, Ron Wood o Steve Winwood le sacaron del agujero y volvió a los discos y a las giras en 1975, y así ha seguido hasta ahora. Con muchos altos, pero también con numerosos bajos. Por ejemplo, en aquella gira de 1975, Clapton estaba completamente alcoholizado. Había sustituido la heroína por el licor y se bebía una botella de vodka cada día. Había muchas noches muy erráticas a todos los niveles. Podía fallar con la guitarra o simplemente ser anodino. Y también podía decir barbaridades al micrófono, comentarios desagradables y hasta racistas. Frases de barra de bar de un impresentable beodo. Años después se disculparía por ello. «En el otoño de 1987 volví a llegar a la conclusión de que no podía vivir sin la bebida ni tampoco con ella», recordaría en su biografía.
Efectivamente, Eric Clapton ha estado de gira casi ininterrumpida desde hace 50 años. Con diferentes formaciones, con diferentes propuestas, con cosas mejores y peores. Siempre ha encontrado su mejor forma de expresión en directo, algo que ha evidenciado durante décadas por el abrupto contraste entre discos y conciertos. Por supuesto, ha habido álbumes notables y algunos incluso sobresalientes: «Eric Clapton» (1970), «461 Ocean Boulevard» (1974), «Slowhand» (1977), su célebre «Unplugged» (1992), «From the cradle» (1994) o «The road to Escondido» (2006), el magnífico disco que hizo junto a uno de sus ídolos, JJ Cale, probablemente el último trabajo en estudio de Clapton con valor. Pero ya solo sus fans más irredentos se interesan un poco por lo que va sacando cada tanto.
Lo que mucha gente desconoce es que buena parte de los mejores conciertos que haya dado Clapton durante su carrera ocurrieron cuando era una figura completamente devaluada para la industria del disco. Por ejemplo, al comienzo del presente siglo, cuando consiguió reunir a una formación excepcional en la que iba con el impresionante guitarrista Derek Trucks. Conciertos en los que recuperaba buena parte del material que le hizo grande y su guitarra brillaba como antaño. Además, en aquellos tiempos inició una especie de tributo a su propia carrera y compañeros de viaje, compartiendo escena junto a gente como John Mayall, Winwood, Jeff Beck o hasta su reunión con la formación original de Cream, que fue fantástica.
El Clapton que llega a Madrid es un hombre que obviamente ya vio pasar sus mejores días como músico, pero que todavía mantiene intacta su clase. Sus solos de guitarra son de un perfil más bajo porque ya se sabe que le cuesta tocar, pero todavía ofrece licks preciosos y melódicos, y aún sabe sostener la fuerza y la intensidad de una buena canción, pues eso no se pierde. Con todo, lo más sorprendente es la gran voz que gasta todavía a su edad. Un aspecto, el vocal, que siempre se ha infravalorado durante toda su carrera. Y este es el Clapton de hoy, un hombre aferrado a la línea blanca porque, en resumen. Parece difícil salirse de ella cuando llevas tantos años aferrado a una forma tan característica de vivir. Para ellos, la carretera siempre es el final.
Éxitos populares de ayer y de hoy
Los espectadores que acudan a ver a Eric Clapton en sus conciertos españoles no podrán sentirse defraudados si lo que quieren es presenciar un repaso ajustado de toda su carrera y varias de las canciones que fraguaron una carrera brillante. Indefectiblemente siempre incluye un set acústico –donde hace «Layla»– y en la parte eléctrica suele interpretar temas tan señeros como «Key to the highway», «Cross Road Blues» o «Got to get better in a little while». En los bises ha ido incluyendo otros de sus éxitos, el célebre «Cocaine» de JJ Cale. Nada que pueda sorprender a estas alturas.
