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Esnobismo, tribus, fanáticos y horteras: por qué la música nos une y nos divide

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Sobre el poder de la música se han escrito montones de palabras, todas, aparentemente, insuficientes. El misterio que encierra el sonido y todas las ramificaciones de esta experiencia en los seres humanos resulta inabarcable. Hay preguntas imposibles de contestar, como de dónde procede nuestro amor por ella, por qué nos sentimos impelidos a defender la que nos gusta como si se tratase de una fe, por qué en cambio creemos que hay «mala música» y percibimos como ignorantes a sus aficionados, cómo nuestra biografía define nuestros gustos, en suma, qué pasa cuando oímos y, aún más, cuando escuchamos. A todas esas preguntas y muchas más se enfrenta en su nuevo ensayo («Escucha», publicado por Anagrama) el escritor Michel Faber, con la actitud correcta: espíritu crítico, pequeñas dosis de erudición y, sobre todo, ningún interés por mistificar un universo muy dado a la grandilocuencia y las chorradas.

Por ejemplo, durante muchos años, se consideraba al «Sgt. Pepper’s» de los Beatles el mejor disco de la historia. De él se ha escrito que era la mejor composición desde Schubert y que sus canciones incluían «clústeres diatónicos» y «cadencias eólicas», la misma infumable jerga que, por cierto, insisten en utilizar algunos críticos de música clásica. Sin embargo, estos argumentos decayeron y el consenso decidió que los mejores discos de la historia eran «Revolver», de los cuatro de Liverpool, y «Pet Sounds», de los Beach Boys, discos que ya habían sido publicados pero hacia los que viró el aplauso de la crítica. Tuvo que llegar casi la segunda década del siglo XXI para que se produjese un nuevo viraje: «What’s Going On», de Marvin Gaye, se convirtió, según la revista [[LINK:EXTERNO|||https://www.larazon.es/cultura/20200928/6zc7hsqvqnclrmobnccuvlhgly.html|||«Rolling Stone», en el mejor álbum de la historia]]. ¿Por qué se han producido todos estos cambios? Por nuestra biografía, según Faber: «Los sonidos familiares que nuestra tribu aprueba son música. Lo que no es música, es ruido», explica. «Desde que nacemos, nuestro deseo más intenso es estar a salvo. Nos gustan las cosas sencillas y nos gusta lo que conocemos. Eso se aplica al entorno, la comida, las melodías...», así que nuestra propia historia define nuestros gustos. Como señala este escritor, «este libro sostiene que los gustos musicales que nos parecen tan instintivos e innatos son, en realidad, resultado de la inculturación, de la forma en que nos han criado, de las tribus con que deseamos identificarnos, de las recompensas y castigos asociados a las lealtades que escojamos». Y lo que ha sucedido con las listas de «los mejores discos de la historia» es que simplemente han cambiado las personas que las elaboran.

En un fantástico capítulo, el escritor se lamenta de que las recomendaciones de críticos anglosajones se centren en «grupos-casi-tan-buenos como Buffalo Springfield» en vez de gritar a los cuatro vientos Franco Battiato. De la misma manera, las elecciones de música «vanguardista», «desagradable» o «diferente de lo masivo» de manera consciente son, según Faber, un refuerzo de la identidad o también «un rechazo de los valores establecidos, una expresión de enfado y alienación». Sin embargo, por raras o extremas que puedan ser estas composiciones, hay líneas que no se cruzan, que las convierten en iguales al resto de canciones aunque tengan una apariencia de diferentes. «Queremos composiciones que sean coherentes en vez de desorganizadas. Tenemos muy claro qué notas quedan muy bien juntas y qué acordes deberían combinarse en cada momento. En la música clásica de Occidente, de donde procede buena parte del jazz y del pop, anhelamos la llegada de la tónica, la nota a partir de la cual todas las demás notas de una pieza se organizan jerárquicamente. Cuando una pieza musical se aleja de la nota que nos ha dado la sensación de ser la principal, se dice que hay una tensión que debe resolverse, cosa que ocurre cuando la pieza vuelve a su lugar. Lo revelador de esto es que esa nota se la llama ‘‘home key’’. La música que la gente teme es la que les impide volver a casa», dice Faber sobre una máxima que se aplica por igual al death metal, al trap y a cualquier forma de canción popular.

Ay, la clásica

Las cuestiones sociológicas son las que más entretienen al escritor de origen holandés. Por ejemplo, el lenguaje «entreverado de un elitismo de lo más engreído, con arrogancia imperialista, con la falacia del alegato especial, con una nostalgia chapada a la antigua e incluso con supremacismo blanco» de los defensores de la música clásica. «Todos los géneros tienen a sus esnobs, pero los del jazz y el blues parecen disfrutar bastante del carácter de nicho de la música que les gusta. En cambio, los de la música clásica perciben al resto como una epidemia de grosería, como los bárbaros frente a nuestras puertas», ironiza Faber. «Históricamente, en la música clásica ha habido un racismo cruel e ignominioso. Nunca sabremos cuántos músicos de color han pasado años practicando varias horas al día practicando para encontrarse una puerta cerrada. El caso de Nina Simone es muy revelador. Ella era pianista especializada en Bach. Obtuvo una beca en Juilliard pero fue rechazada en el conservatorio. No era lo suficientemente buena», apunta. No queda claro si se debía a una carencia técnica o a un «toque negro» innato. Pero no tocaba «como se debía», no pertenecía a la tribu correcta. A veces, la tribu es solo cuestión de una parka, como la de Oasis, o de un corte de pelo: «Los seres humanos necesitan desesperadamente pertenecer a una tribu. Los gustos musicales forman parte de eso, pero son invisibles. Formar parte de una pandilla te coloca en un lugar agradable, a medio camino entre los bichos raros y los borregos».

Asunto que nos lleva al siguiente tema del libro: la histeria de masas y la posesión espiritual que ejercen las canciones, incluso las más objetivamente «horteras». En múltiples casos, la pasión por los temas de peor gusto ha ayudado a sus fans en sus momentos más oscuros. «¿Qué hacemos con esas personas que adoran lo que nosotros aborrecemos? ¿Qué es lo que tiene la música que nos incita con tanta fuerza a adoptar posiciones de superioridad que no adoptaríamos en relación con otras cosas? ¿Qué tiene el arte que otros prejuicios no tienen?». Y Faber sigue y sigue haciéndose preguntas: «¿Tiene la música alguna responsabilidad social? ¿Acaso los críticos tienen problemas para conciliar el sueño cuando hacen su trabajo? ¿Qué responsabilidades tiene un artista para con el oyente si es que tiene alguna? ¿Puede decirse que una pieza de música instrumental es derrotista? ¿Qué hacemos con las grandes canciones hechas por personas como Morrisey? En un provocador capítulo final, Faber asegura que es sencillo ignorar una película, una novela o un cuadro, pero... «la música es el más peligroso de los placeres, el más difícil de boicotear. Nos afecta emocional, espiritual y físicamente, e irrumpe en nuestro interior sin consultar a nuestro sistema de valores, que con tanto cuidado hemos ido construyendo». Tal es su poder mágico.

La respuesta está en el cerebro

Como recuerda Michel Faber, no hay una sola parte del cerebro que se encargue de percibir y decodificar la música. Diferentes áreas, de manera simultánea, responden a ese estímulo tan complejo en el que hay sonidos, melodías, progresiones, ritmos, palabras y un impulso irresistible al movimiento de nuestro cuerpo. El cerebro se enciende, de forma literal, completamente. Por esa razón, como recuerda Faber, «hay personas que sufren un ictus y pierden la capacidad de hablar. ¡Pero les ponen una canción y son capaces de cantar!». Eso es porque la respuesta neurológica se produce, a la vez, en distintas regiones. Puede decirse que la música «enciende», por completo, nuestro cerebro.






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