Un funeral político sin la nostalgia de un patio andaluz
Tienen algo los andaluces que cuando les metes en un patio con un limonero y un leve rumor de agua les da un pellizco de melancolía. Les visita la infancia idealizada mientras les aplasta la conciencia del paso del tiempo. Este abril nadie plantó un limonero en el hemiciclo del Congreso para recordar a María Jesús Montero. Su ausencia fue amortizada con la frialdad con la que las consultoras cierran sus informes. Todo muy desabrido. Por no estar, no estuvo ni el flamante sustituto en la vicepresidencia primera. Carlos Cuerpo se fue con su cuerpo serrano y su perfil moderado a EE UU a buscar inversores en el lado capitalista de la historia, en lo que Pedro Sánchez continuaba en China ofreciendo sus servicios como maestresala europeo en la forja de un «nuevo» orden global que sea del agrado del dragón asiático. Una vela a Dios y dos al diablo.
El lado autoritario de la historia es ahora el lado correcto, porque Sánchez es como el malo de «Terminator 2», el tipo hecho de mercurio que se amoldaba a los golpes y adquiría todo tipo de identidades para engañar a sus víctimas. ¿Se puede defender la eutanasia o el aborto como derecho constitucional y hacerse el guardaespaldas del Papa? ¿Se puede criticar a Putin y ser obsequioso con la gran potencia que no condena la invasión de Ucrania? ¿Se puede uno alegrar de la derrota de Orban y atacar a los jueces con la misma saña que lo hacía el húngaro? ¡Vaya que sí se puede! Ningún asunto saca más de quicio al presidente que la investigación judicial contra su mujer. Ninguno saca más a relucir su lado liberal.
Cuando arrancó la investigación contra Begoña, Pedro fingió un vahído de cinco días encerrado en Moncloa, mientras los suyos aullaban al cielo de Ferraz. Ahora, concluida la instrucción, el marido enamorado no podía encerrarse cinco días en un hotel de Pekín sin correr el riesgo de que Xi Jinping pensase que tiene el relé medio suelto. ¿Solución? Ordenar desde la distancia a la partida de la porra una ejemplarizante golpiza dialéctica al juez Juan Carlos Peinado. Sánchez quema piezas de su tablero sin plantar limoneros ni detenerse en nostalgias y sus secuaces, temerosos de un funeral sin música de agua, se han aplicado con tan lastimoso celo que la polvareda todavía no se había disipado cuando arrancó una descabezada sesión de control.
Fue la vicepresidenta Aagesen, con su aire de barrio bien, la que tuvo que encajar las acometidas del secretario general del PP, Miguel Tellado, y del diputado de Vox, José María Figaredo. La responsable de Transición Ecológica fue acusada de ocultar las causas del apagón y, cuando replicó con sentida solemnidad que este Gobierno nunca oculta la verdad, la mitad del hemiciclo se partió el pecho. Sus señorías solo se recompusieron de la carcajada para no perder detalle del choque más esperado de la mañana: las dagas leonesas de Ester Muñoz contra el astronauta Félix Bolaños. El ministro de Justicia es la versión política de Artemis II en sus críticas a un magistrado y en sus presiones al órgano de gobierno de los jueces: nadie ha llegado tan lejos. ¿Y todo para qué?, preguntó Muñoz, deseosa de averiguar si a Félix le ha dolido que tanto sanchismo no le sirviera para ser ungido como el número dos. Tanto radicalizarse para que, finalmente, Pedro sentase a su derecha al más moderado de sus discípulos.
Bolaños torció el morro, pero tuvo arrestos para justificar sus arremetidas contra Peinado. Tras sus gafas de pasta y bajo su pelo calculadamente desordenado se ha fraguado la teoría de que criticar resoluciones judiciales, siendo el notario mayor del reino, no supone menoscabar la independencia judicial. Cuando Pepa Millán no quiso compararle con Fernando VII por respeto al rey felón, Bolaños sonrió divertido y le preguntó cómo llevan en Vox haber perdido la financiación de Orban.
La mala leche dio paso a la única bienvenida cordial de la mañana. La que recibió el nuevo ministro de Hacienda, Arcadi España, que tenía a sus paisanos de Sumar esperándole con un dilema filosófico: ¿cómo no va a perjudicar a la Comunidad Valenciana una financiación a medida para Cataluña? España les toreó con mucha moderación, que es lo que se lleva ahora.
El que jamás entenderá de eso es Óscar Puente, empeñado en convencernos de que lo importante de la tragedia de Adamuz no fue la vía rota, sino la gestión de las emergencias. La pregunta de si, a día de hoy, sería capaz de detectar una rotura quedó sin responder, mientras la bancada popular volvió a exigir a coro su dimisión. Es el aroma a crispación que deja Sánchez incluso cuando no está. Un presidente que compareció en China el 14 de abril, obligando a los chinos a colocar en el cartel el 4 y el 14, dos números de mal fario porque su pronunciación allí recuerda a las palabras «muerte» y «muerte segura». El sanchismo sobrevive con un pragmatismo hecho de mercurio, pero lleva escrito que tendrá un funeral político sin la nostalgia de un patio andaluz.
