Sophie Scholl, la fascinante militante antinazi que se enfrentó Hitler
Sophie Scholl había llegado a Múnich en mayo de 1942 para estudiar biología y filosofía. Su hermano Hans Scholl cursaba medicina en la misma universidad. Juntos formaban parte de un círculo reducido de seis estudiantes y un profesor (convencido de formar parte del grupo gracias a Sophie) que, desde el verano de ese año, habían comenzado a redactar y distribuir panfletos clandestinos bajo el nombre de «La Rosa Blanca» (en alemán, «die Weiße Rose»). Los textos llamaban a la resistencia contra el régimen nacionalsocialista, citaban a Goethe y a Schiller, invocaban la conciencia moral y denunciaban los crímenes cometidos en el frente oriental.
Eran documentos escritos con urgencia, pero también con cuidado, y circulaban por correo o de mano en mano entre profesores, estudiantes y médicos en varias ciudades alemanas. Los estudiantes los leían con curiosidad y los quemaban después, aterrados ante la posibilidad de que los encontraran. Sophie Scholl no figuraba entre los fundadores del grupo. Se incorporó más tarde, cuando ya conocía el riesgo que implicaba cada sobre franqueado. Había crecido en una familia donde la disidencia tenía un precio concreto: su padre, Robert Scholl, había cumplido una condena en prisión por criticar a Hitler ante sus empleados. En 1937, cuando la «Bündische Jugend» fue ilegalizada, todos los hermanos Scholl fueron detenidos. El régimen no toleraba lealtades que no pasaran por él.
La misma Sophie había militado en las Juventudes Hitlerianas. Era el destino casi obligado de su generación, y ella no fue una excepción, pero el entusiasmo inicial se había transformado gradualmente en rechazo. Pero el entusiasmo inicial se había transformado gradualmente en rechazo. Leyó a Agustín de Hipona y a Newman. San Agustín habla en sus textos sobre la misericordia como una compasión profunda que nace del amor como si fuera propio. Además, mantuvo correspondencia con su novio Fritz Hartnagel, oficial en el frente ruso, cuyas cartas transmitían el horror de lo que allí ocurría. Algo fue articulándose en ella que no era heroísmo abstracto sino convicción concreta.
Mujer con dudas
El sexto y último panfleto de «La Rosa Blanca» llevaba el título «¡Compañeras y compañeros de estudios!» y denunciaba la derrota alemana en Stalingrado. El 18 de febrero, los hermanos Scholl transportaron una maleta con varios centenares de copias hasta la universidad, las depositaron frente a las aulas antes de que terminaran las clases y, en un impulso que algunos biógrafos han querido explicar y otros han preferido dejar sin explicación, Sophie tiró los ejemplares que quedaban desde la galería interior. El bedel Jakob Schmid los detuvo y avisó a la Gestapo. El juicio tuvo lugar cuatro días después, el 22 de febrero de 1943, ante el Tribunal del Pueblo. Roland Freisler, su presidente, condujo el proceso como un espectáculo de escarnio, porque les interrumpía, vociferaba, y trataba de humillar a los acusados. Los testimonios que se conservan –en particular el de la estudiante Else Gebel, que había compartido celda con Sophie Scholl porque la habían mandado espiarla– indican que ella respondió con calma y sin retractarse. No intentó minimizar su participación, ni quiso hacer un drama.
Cuando Freisler le preguntó si se arrepentía, ella dijo que alguien tenía que empezar. La condena fue de muerte. Esa misma tarde, Sophie Scholl, Hans Scholl y Christoph Probst fueron ejecutados en la prisión de Stadelheim. Tenían veintiuno, veinticuatro y veintidós años respectivamente. Lo que ocurrió después pertenece a la historia de la memoria más que a la de los hechos. Una copia del sexto panfleto fue sacada de Alemania por el profesor Kurt Huber (miembro del grupo, y también ejecutado meses más tarde) y llegó a manos de los Aliados, que lo reprodujeron y lanzaron desde aviones sobre territorio alemán con el título «Manifiesto de los estudiantes de Múnich».
En la posguerra, calles, escuelas e instituciones en toda Alemania tomaron el nombre de los hermanos Scholl. Sophie Scholl se convirtió en figura central de la memoria antifascista alemana, representada en libros, películas y monumentos. Pero conviene resistir la tentación de convertirla en símbolo antes de verla como persona. Era una mujer joven con dudas, con lecturas, con una relación epistolar intensa con un hombre que combatía en una guerra que ella consideraba criminal. Actuó dentro de sus límites reales y con los medios que tenía. El gesto de empujar aquellos papeles desde la galería no fue el de una mártir que buscaba su destino sino el de alguien que decidió, en un momento concreto, no guardar más lo que sabía. Los folletos cayeron sobre el suelo del vestíbulo. Nadie los recogió antes de que llegara la Gestapo.
