Una mirada educativa a las violencias en las escuelas
Las políticas educativas en las últimas décadas han puesto atención de manera permanente a la convivencia escolar y la educación ciudadana, con la intención de fortalecer el desarrollo integral de sus jóvenes y como fundamento de una sociedad democrática. Sin embargo, los hechos de violencia ocurridos durante los últimos días y los relatos de las comunidades escolares dan cuenta de que es necesario revisar qué estamos haciendo para convertir la escuela en espacios de convivencia democrática donde nadie se exponga a recibir violencia. Hablamos entonces de ubicar la discusión en el marco de la política educativa en tanto se movilizan propósitos sobre la educación, modelan formas escolares concretas y se ubica en posiciones-roles a los distintos actores del sistema.
Lo primero que sostenemos es que no es óptimo discutir sobre políticas educativas en un contexto de pánico moral que se ha construido sobre algunos casos, gravísimos pero muy puntuales. Los efectos, sabemos, no recaen solo en aquellas comunidades que viven situaciones de violencia aguda sino sobre el conjunto del sistema escolar: es decir, lo que se legisla mandata al conjunto de establecimientos educacionales. En continuidad con esto, tenemos un sistema escolar sobreregulado y en tensión normativa constante y surgen legítimas dudas respecto a de qué forma dialogará el proyecto de ley de “Escuela Protegidas” con instrumentos jurídicos y reglamentarios ya existentes en la escuela, como Aula Segura, ley de convivencia, reglamentos de convivencia, por nombrar los más recurrentes. Avanzar hacia un consenso ético es clave, pero la introducción constaste de leyes, normas, reglamentos no necesariamente contribuye al propósito.
En segundo lugar, y en lo específico, el proyecto de ley anunciado tiene como eje principal medidas punitivas para intentar resguardar la seguridad de los espacios escolares. Si bien se entiende que antes episodios de violencia las escuela deben contar con mecanismos y protocolos que permitan brindar seguridad a todas las personas, no es menos cierto que la propuesta presentada es limitada y constituye un retroceso en cuanto a ofrecer alternativas desde la educación para enfrentar la violencia y construir una convivencia democrática.
Las experiencias e investigaciones en el mundo han dado cuenta que un enfoque unidimensional y centrado en la contención de los conflictos a través del desarrollo de procesos de control que ponen énfasis en el castigo y en la exclusión de aquellos que no se adecuan a la norma, solo logran en el mejor de los casos el cese momentáneo de la violencia y no logran constituir conocimientos para la prevención de la violencia y menos la conformación de una cultura de convivencia democrática en la escuela. Por otra parte, estas medidas centradas en lo disciplinario suelen hacerse menos efectivas aún en contexto afectados por violencias sistemáticas que cuentan con pocos recursos y donde la mayoría de la comunidad escolar forma parte de grupos excluidos socialmente.
Por último, en la escuela se replican las violencias que circulan en la sociedad y en no pocas ocasiones son utilizadas con propósitos de rendimiento político y electoral. No podemos dejar de recordar del brutal ataque terrorista en Noruega el 2011 donde asesinaron a 77 personas, la gran mayoría jóvenes que participaban de un campamento de verano. El primer ministro noruego enmarcó la respuesta a la tragedia de la siguiente forma: “La respuesta a la violencia es aún más democracia. Aún más humanidad. Pero nunca ingenuidad”. Ese tipo de respuesta y liderazgo pone en primer lugar una forma educativa de entender el atroz crimen: aprendamos de esto, para tener una mejor sociedad y convivencia. Para el caso chileno, se hace necesario pensar el rol de la escuela como un espacio para plantearse la posibilidad de abordar el conflicto, para conocer y desarrollar mecanismos que permitan buscar alternativas democráticas que reemplacen o disminuyan la violencia.
Para lograr lo anterior, se requiere avanzar a propuestas que superen la perspectiva unidimensional de intervención posterior a la violencia a través de la seguridad, y se desarrollen mecanismo para la prevención y la transformación integral que aborda las causas y consecuencias de la violencia. Se requiere construir mecanismo que implique intervenir antes y después de los incidentes a través de la facilitación de una cultura del dialogo, el disenso democrático que permita a la escuela educar contra las causas y consecuencias de la violencia favoreciendo la restauración, la participación, la inclusión y la equidad.
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