No toquéis las reliquias
Cuando Felipe II agonizaba en su alcoba del monasterio de San Lorenzo del Escorial su única obsesión era mantener las reliquias que llevaba media vida coleccionado. En 1567, Felipe II recibió el permiso del Papa Pío V para iniciar una colección con la que soñaba desde su visita a Colonia de 1550, donde vio una gran cantidad de cabezas y huesos humanos de supuestos santos. Adquirió un centenar de objetos que fueron enviados a España.
Con ayuda de Ambrosio de Morales, anticuario, historiador y profesor de retórica de Alcalá –quien recorrió la península registrando hechos, epígrafes, tumbas, iglesias altares y reliquias– fue aumentando su serie. Aunque Ambrosio de Morales recomendaba no desposeer a las comunidades de sus reliquias, el consejo no siempre surtió efecto. En 1569 escribió al III Duque de Alba, gobernador de Flandes, pidiéndole que juntara una caja de cabezas de vírgenes. Específicamente tenía interés en la cabeza de Santa Ana. Su compra era crucial para bendecir su proyecto de matrimonio con su cuarta mujer, la archiduquesa Ana de Austria.
Felipe II llegó a vincular la victoria con la adquisición de reliquias concretas, de hecho un año antes de morir en 1597, recibió en el Escorial cuatro cajas llenas de huesos conseguidas por los Tercios, que obsequiaron al monarca con estos restos producto de la toma de diversas ciudades. Las reliquias fueron almacenadas en dos grandes estantes: uno dedicado a San Jerónimo y otro a la Asunción, situados a ambos lados del altar mayor de la basílica a la que tenía acceso directo desde sus aposentos.
Los estantes que hoy se conservan fueron decorados por Francisco Zuccaro, poniendo a cargo de su conservación y estudio al jerónimo José de Sigüenza. Pero no corrieron la misma suerte los 80 relicarios realizados por Juan de Arfe, ya que fueron saqueados por las tropas napoleónicas. Aun así, fray José de Quevedo en su “Historia Real del Monasterio de San Lorenzo del Escorial” (1849) contabilizó un total de 7.432, entre cuerpos incorruptos de santos, 306 huesos completos, 144 cráneos y miles de fragmentos (sin contar los existentes en los cimientos de los muros y estancias de El Escorial). La religiosidad de Felipe II junto con la moda del coleccionismo fueron las causas de una de las mayores colecciones de reliquias del mundo; acorde a la magnitud de su Imperio y reflejo de la cristiandad universal. Aunque el culto a las reliquias es algo que ya había comenzado en la Antigüedad tardía con la devoción de la tumba de los mártires romanos y la creación de las necrópolis «ad sanctos» (cerca de los santos), generándose cementerios e iglesias alrededor de las tumbas de los mártires mediadores de la salvación.
Robos habituales
Muy pronto, en todos los órdenes litúrgicos medievales europeos, las reliquias se hicieron imprescindibles para la consagración de altares e iglesias, existiendo un ritual específico para ellos. En la península Ibérica se conocen estos rituales en la liturgia hispana y mozárabe gracias a un manuscrito de monasterio de Silos, conocido como «Liber Ordinum episcopalis», donde aparece la bendición de los altares y de la propia iglesia comenzando con el exorcismo de la sal y el agua y la aspersión del edificio. La importancia de las reliquias aumentó exponencialmente con los años hasta el punto de que el número de reliquias daba grandeza a las diócesis, y disputándose entre ellas el rango de sede metropolitana. Tal es el caso de la competencia entre la diócesis de Braga y Santiago en los albores del siglo XII: Diego Gelmirez, obispo de Santiago, quería hacer subir de rango a su sede consiguiendo el título de sede metropolitana (hecho que no era posible ya que las categorías estaban fijadas desde época visigoda), cuyo cargo ostentaba Braga. Para subir de rango, Gelmírez visitó Braga en 1102 y se llevó las reliquias de los cuatro santos que albergaba su catedral: Susana, Cucufate, Fructuoso y Silvestre.
Con el paso del tiempo el robo prescribió y Gelmírez consiguió su objetivo cuando Guido de Borgaña, cuñado de la reina Urraca, proclamado Papa como Calixto II, dispuso la bula «Omnipotents dispositione», en 1120, para promover la sede de Santiago al rango de metropolitana. No fue éste el único robo. Maurice Bourdin, monje de Cluny que sería obispo de Coimbra, tomó ejemplo de Gelmírez y durante su viaje a Tierra Santa robó la cabeza del apóstol Santiago venerada en Jerusalén. Ya en tierras hispanas, el obispo dejó la reliquia en Carrión de los Condes para que llegase a conocimiento de la reina Urraca, quien la trasladó a la colegiata de San Isidoro antes de llevarla a Compostela. De la importancia de los cuerpos santos y del valor del Escorial como centro de la cristiandad era consciente Felipe II en su lecho de muerte, quien según José de Sigüenza, sólo se despertaba de su letargo cuando alguien decía en voz alta «no toquéis las reliquias».
