Fernando Rueda: "Me sorprende que espías patriotas y con valores puedan pensar en traicionar a su país"
El periodista Fernando Rueda lleva 33 años escribiendo libros de espías. El último de ellos, que presenta este miércoles en Madrid (19:00 horas, FNAC de Callao), hace el número 20, aval suficiente para ser considerado el máximo experto en servicios secretos de España. En todo este tiempo ha cultivado tanto la fórmula del "true crime" como la del ensayo de actualidad. Entre su bibliografía, tres títulos biográficos sobre Mikel Lejarza "el Lobo" -el espía más famoso de España-, un puñado de radiografías certeras, punzantes e incómodas sobre el CESID y el CNI, un revelador libro sobre la difícil relación del rey Juan Carlos con los servicios secretos y unos cuantos títulos sobre las operaciones secretas más controvertidas.
Su último libro, "No me llames traidor" (Harper Collins), está inspirado en la vida de Roberto Flórez, el único espía español condenado por ser agente doble al servicio de Rusia, una "sorperendente y apasionante locura" a la que el autor se asomó dos décadas después para quedar atrapado irremediablemente. El resultado de este apasionante episodio es un libro que interpela al lector sobre el verdadero significado de la traición.
En entrevista con LA RAZÓN, Rueda reconoce que "los espías no están para cumplir estrictamente la ley, por mucho que sus directores se empeñen en contarle a la opinión pública que las cumplen a rajatabla", y alerta de que en la desclasificación de los papeles del 23-F "se nos ha hurtado la posibilidad de conocer la verdad". "No me cabe duda de que el Gobierno sabía que los papeles más relevantes, los que estaban en el archivo del CNI, habían sido 'limpiados' hace más de 20 años", afirma.
Pregunta: El libro narra unos hechos ocurridos en 2007, hace casi 20 años. ¿Por qué contar ahora la historia? ¿No ha podido hacerlo, pensó que era demasiado pronto, no le han dejado hasta ahora?
Respuesta: Es una historia que viví en su momento como periodista y que parecía acabada con la sentencia condenatoria contra Roberto Flórez, una sentencia que le convertía en el primero, y hasta ahora el único, agente doble al servicio de la Rusia de Putin. Revisando la carpeta del caso me llamó algo la atención: el espía asturiano nunca había reconocido haber entregado documentos al servicio secreto ruso y tampoco haber cobrado. Entonces se me ocurrió la idea de escribir una novela en la que preguntara si existía la posibilidad de que hubiera habido una conspiración en su contra, si pasaron cosas extrañas, si alguien pudo manipular la realidad. Eso sí, juntándola con la versión de los mandos del CNI que sufrieron lo indecible por descubrir al topo que estuvo varios años robándoles información vital, el pecado más grave que puede darse.
P: Sin hacer spoiler: usted da tres versiones (la del espía, la del CNI y la del periodista) de la supuesta traición y le pide al lector que saque sus propias conclusiones. ¿En un tema como el de los servicios secretos las fronteras de la traición son difusas o están claras?
R: Amparándome en sucesos reales, con la libertad que me ofrece la ficción tanto en personajes como en hechos, escribo un thriller desde esas tres perspectivas que reseña. Hablo de la frontera borrosa entre la lealtad y la mentira, de los sacrificios que deben hacer los espías, pero el tema latente es el de la traición y los motivos que nos impulsan a las personas a comportarnos de esa forma. Me sorprende que personas cabales, patriotas, con altos valores, puedan pensar en traicionar a su país. El debate no es solo el de por qué traicionarías a tu país. Hay otro ángulo muy interesante: ¿Por qué tu país te traicionaría a ti?
P: Para el CNI cazar al traidor se convirtió en una cuestión de honor. ¿Cree que en este caso se llegó hasta el final o la prioridad era encontrar una cabeza de turco?
R: Estoy seguro de que buscaban al traidor, estuvieron varios años esforzándose en cazar al cabrón, si me permite la expresión, que les estaba haciendo un daño tremendo a ellos y al propio país. La pregunta que yo me formulé antes de empezar a escribir fue si para darle caza valía todo, si para conseguir unos resultados, en el espionaje son capaces de hacer cualquier cosa inimaginable. ¿Detener la sangría que les estaba produciendo el agente doble justificaba hacer las peores trampas en el juego?
P: En un momento del relato, el protagonista lanza un lamento: “Van a manipular todo lo que puedan. Lo sé porque he trabajado ahí”. ¿Ha sido una práctica habitual del CNI manipular los hechos? Y cuando esto haya ocurrido, ¿puede haber situaciones en las que el fin justifique los medios?
R: En el mundo de los servicios de inteligencia, no solo el CNI, todos hacen lo que sea necesario para cumplir sus objetivos, que son los del gobierno del momento para el que trabajan. Los espías no están para cumplir estrictamente la ley, por mucho que sus directores se empeñen en contarle a la opinión pública que las cumplen a rajatabla. Para detener delincuentes de todo tipo está la Policía y la Guardia Civil, muy escrupulosos con las leyes para que los jueces los metan después en la cárcel. El servicio secreto está para informar al Gobierno y ayudar en misiones secretas, de cuya actuación no tienen que dar explicación. “No me llames traidor” se pregunta qué sería capaz de hacer un servicio o un gobierno para ganar la partida.
P: Supongo que ha intentado contactar con Flórez, pero que no quiere hablar…
R: Lo intenté hace bastante tiempo, pero no obtuve respuesta. Sé que no quiere saber nada de la prensa, pero en la investigación del libro descubrí que tiene motivos para no tenerme un cariño especial. Es una de las muchas sorpresas que me llevé mientras me documentaba a mi estilo, el del periodista de investigación: hace muchos años, tuve una participación inconsciente en su vida que le perjudicó. El hecho fue tan decisivo que no quise taparlo y utilicé la autoficción, el subgénero narrativo en el que el escritor aparece en la novela narrando hechos mezclados con ficción.
P: A su protagonista, e intuyo que a usted también, le apasionan las películas de espías. Recomiende algún título a aquellos que tengan solo dos horas de su tiempo para ver una película y quieran entender cómo funcionan los servicios secretos
R: Elegiría la que aparece mencionada en la novela: “Spy Games”, “Juego de espías”. La historia de la película y de “No me llames traidor” parten de protagonistas similares, espías inadaptados, que actúan según sus propias convicciones, aceptadas por la CIA y el CNI mientras les producen réditos. Cuando llega la situación de conflicto, los servicios de inteligencia y sus gobiernos priorizan sus propios intereses por encima de cualquier otra consideración. El final en “Juego de espías” y en “No me llames traidor” es bastante distinto.
P: Su libro tiene varias lecturas paralelas muy interesantes. Una de ellas es la del papel de la prensa ante los servicios secretos. ¿Para un servicio como el CNI los periodistas son un incordio o un controlador imprescindible?
R: El otro día, una amiga me dijo que había compartido un acto con Félix Sanz, el ex director del CNI, y que le pareció muy simpático. Me lo dijo porque sabe, como muchísima gente, que mis relaciones con La Casa nunca han sido buenas. Claro que Sanz es un tipo encantador, como lo es la actual directora Esperanza Casteleiro o como lo fue Alberto Saiz. Más allá de eso, la realidad es que el papel que debe jugar la prensa en una sociedad democrática es el del control social del poder, debemos estar frente al poder, no a su lado. Por eso, piensan que la prensa que intenta sacar a la luz información necesaria para la opinión pública, es un incordio. Como su estructura y funcionamiento están amparados en la Ley de Secretos Oficiales y en la ley del propio servicio, que les parapetan ante el escrutinio público, nunca hablan, excepto cuando les interesa, y les gustaría que nadie publicara informaciones sobre sus actividades. Ellos no ven imprescindible tener controladores.
P: Cuando un periodista sobrevuela el CNI, pregunta, indaga, investiga… ¿a los responsables del CNI les entran los siete males?
R: Llevo investigando las actividades del servicio secreto desde los años 80, en la etapa de Alonso Manglano como director y Felipe González como presidente. No entendían mi trabajo y me consideraban de derechas por controlarles. Después vino Aznar, con Calderón y Dezcallar, y seguían molestos con mi labor, pero yo había pasado a ser de izquierdas. Y así con Zapatero, Rajoy… Desde que publiqué “La Casa”, el primer libro español sobre el servicio secreto, quedó claro que el derecho a la información está por encima de la Ley de Secretos Oficiales: en “La Casa” los abogados detectaron 1.261 posibles infracciones a esa ley, cambiamos tres y nadie nos llevó a los tribunales. Sabían que perderían.
P: Debido a lo sensible del trabajo de un servicio de inteligencia, ¿puede la Prensa frustrar operaciones por ejercer el derecho a la información?
R: Eso jamás. Tenemos que desvelar a la sociedad la información sobre su mal funcionamiento y otras veces sobre sus grandes éxitos. El límite es el trabajo que está en marcha y, aunque nos enteremos, no debemos difundir esas noticias.
P: Le voy a preguntar por dos hechos de la historia reciente de España en los que el CNI ha estado implicado. Uno de ellos, el del 11-M, lo menciona en el libro. ¿Hasta qué punto dejó huella en el servicio ese acontecimiento, tanto en la cúpula como en los agentes de a pie?
R: Es uno de los momento especialmente críticos en La Casa, que marcó un punto de inflexión la carrera de mi protagonista Beto Romero y también en el del personaje en el que se inspira, Roberto Flórez. Sin duda, fue un fallo del CNI, como lo fue de la Policía, la Guardia Civil, los Mossos o la Ertzantza. La diferencia es que los espías elaboraron un informe en la mañana del atentado, solicitado por el Gobierno de Aznar, en el que dejaban abierta la posibilidad de que hubiera sido ETA, con lo que seguían la tesis oficial. Ese informe es lo que quería y necesitaba el Gobierno, pero la realidad es que tres días antes de la salvajada, el CNI había mandado una alerta a la Policía para buscar urgentemente a un grupo de potenciales terroristas yihadistas que querían cometer un atentado en España y habían desaparecido de sus lugares de residencia. Esos fueron los que colocaron las bombas en los trenes.
P: El segundo acontecimiento ha estado de actualidad estos días: la desclasificación de los papeles del 23F. Se ha dado carpetazo a los secretos oficiales pero ¿sabemos todo lo que debemos saber o cree que a la opinión pública se le han escamoteado papeles relevantes?
R: No me cabe duda de que el Gobierno sabía que los papeles más relevantes, los que estaban en el archivo del CNI, habían sido “limpiados” hace más de 20 años. Es ridículo pensar que en la investigación realizada tras el golpe, con la llegada de un nuevo director como Alonso Manglano, que estuvo firmemente en contra, se llegara a esas conclusiones tan ridículas que nos han contado sobre la participación activa de los espías en la organización y ejecución de la intentona. Si bien nos han hurtado la posibilidad de conocer la verdad y no hemos conocido los papeles relevantes, hay dos temas importantes a tener en cuenta. El primero es que desclasificar todos los documentos secretos con el paso de 20 o 30 años, es un tema muy urgente. Y segundo, todavía más acuciante, es aprobar una ley que impida a los gobernantes que pasen por la Moncloa destruir todos los papeles que han generado durante cuatro años, imprescindibles para el funcionamiento de sus ejecutivos. Esto último en Estados Unidos se considera delito.
P: Para terminar. Es obvio que un servicio secreto como el CNI tendrá sus luces y sus sombras. ¿Cómo resumiría lo mejor y lo peor de este servicio en España?
R: Lo mejor son la inmensa mayoría de sus agentes, los que cada día garantizan nuestra seguridad, los que hacen el trabajo sacrificado para impedir las actuaciones ilegales de otros servicios secretos en España o los que elaboran informen vitales para el Gobierno. Lo peor es cuando olvidan que son un organismo al servicio del Estado y actúan cumpliendo órdenes de un gobierno en su propio interés particular y de partido.
