Sobre un campo de minas
Cuenta un destacado empresario andaluz, anfitrión de altos cargos políticos de uno y otro lado, que a todos los expresidentes del Gobierno les ha fascinado el palacio de las Marismillas, ubicado en el incomparable marco del coto de Doñana. Una de las joyas inmobiliarias de Patrimonio Nacional y la residencia de vacaciones que más presidentes ha acogido a lo largo de la democracia. En un marco único al sur del municipio onubense de Almonte, cerca de la ribera del Guadalquivir, la casa palacio pasó a ser parte del Patrimonio del Estado a partir de 1990 y se ha utilizado para descanso de los jefes del Ejecutivo y como sede anfitriona de altos mandatarios extranjeros.
A Felipe González le encantaba. A José María Aznar le molaba. José Luis Rodríguez Zapatero lo disfrutaba. Mariano Rajoy, siempre fervoroso de su tierra gallega, algo menos. Pero ha sido Pedro Sánchez, el gran líder de la coalición socialcomunista, quien más ha disfrutado de este complejo de lujo con mayores costes de acondicionamiento y restauración para las exigencias de su familia e invitados. Aquí ha pasado Sánchez estos días de Semana Santa rumiando su estrategia para el curso político. Una etapa negra, convulsa, salpicada de procesos judiciales que atenazan a su círculo más íntimo político y familiar.
En Doñana fraguaron los expresidentes del Gobierno muchas de sus grandes decisiones y recibieron a importantes mandatarios internacionales. Y aquí, en el marco de la campaña andaluza del 17 de mayo, parece Pedro Sánchez haber maquinado sus últimas decisiones. Como si la foto en el banquillo del Tribunal Supremo de quien fuera su auténtica mano derecha, José Luis Ábalos, acompañado por el asesor Koldo García, no fueran con él, Sánchez ordena atacar sin piedad al PP por el «caso Kitchen», una chapuza antigua de hace trece años diseñada al albur de la pugna por el poder entre las dos grandes damas del «marianismo», la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría y la secretaria general del PP, María Dolores Cospedal.
La llamada «operación Kitchen» no tiene comparación alguna con la corrupción de los grandes colaboradores del «sanchismo», aquellos prebostes de la banda del Peugeot estrechamente ligados al actual presidente del Gobierno y quienes hicieron de todo para auparle al liderazgo absoluto. El juicio de Ábalos y compañía vaticina un horizonte muy complicado para el PSOE. Seguido de los próximos a su señora Begoña y el «hermanísimo» David. Las federaciones andan inquietas y así lo define un veterano dirigente regional: «El partido está sobre un campo de minas».
Naturalmente, el caudillo Sánchez mira para otro lado y sigue con su papel de actor audiovisual instalado en ese plató en que se ha convertido La Moncloa. El vídeo del presidente disfrazado con la camiseta de la selección, enfundado en una sonrisa temeraria y unos ojos saltones, bajo el lema de los 22 millones de ocupados, revela claramente cómo la propaganda «sanchista» carece de límites.
Fiel a su estilo de no salir a la calle en casa, donde le abuchean, emprende un viaje a China para demostrarle a su gran jerarca, el dictador Xi Jinping, que él es un héroe mundial de la paz frente al terrible señor de las tinieblas, el belicoso Donald Trump. Es su cuarto viaje al gigante asiático y toda una provocación a Estados Unidos y los aliados de la OTAN.
La estrategia del «sanchismo» se fundamenta en dos pilares: el «no a la guerra» para sustraer votos de la extrema izquierda y pretender meter al PP en el saco de la corrupción para tapar la basura propia. Cuanto más fango, mejor. Es de suponer que Alberto Núñez Feijóo no caerá en la trampa y aguantará el envite, pues los próximos meses van a ser de traca. La política, ahora envenenada, se traslada a los juzgados.
En este sucio terreno, si yo fuera dirigente del PP sacaría todos los días la intervención de José Luis Ábalos en el Congreso durante la moción de censura contra Mariano Rajoy. Aquel día, y doy fe porque estaba allí, las palabras del entonces poderoso secretario de Organización del PSOE resonaban en el hemiciclo: «Esta es una moción de censura para recuperar la dignidad de nuestra democracia.
El Estado necesita un Gobierno con fortaleza y autoridad moral». Aquel diputado que daba lecciones de honradez se sienta hoy en el banquillo acusado de graves delitos, junto a quien fuera su asesor, Koldo García, en un entramado turbio de mordidas, comisiones ilegales, prostitutas y maniobras sórdidas bajo acusaciones de una organización criminal que lleva la marca del «sanchismo».
En efecto, un explosivo campo de minas del que hasta el momento Pedro Sánchez ha salido indemne, pero del que, según se desarrolle este juicio, le será difícil seguir huyendo. Y mantener la complicidad cobarde de unos socios impresentables taponándose la nariz ante el deleznable espectáculo. En este escenario intentar meter a Feijóo en el pozo de la corrupción es una desesperada huida hacia adelante.
Las declaraciones de quien fue el hombre más poderoso del «sanchismo», su asesor Koldo y el comisionista Víctor de Aldama pueden tambalear el Gobierno. Sin olvidar al tercer hombre del partido, el ex secretario de Organización, Santos Cerdán, quien se siente totalmente traicionado y, según su entorno, calla, pero no para siempre.
El temor a que un Ábalos acorralado, tenso y deprimido depare sorpresas cunde en Moncloa y Ferraz. Quedan muchas sesiones del juicio en una sala repleta de tensión, y está por ver cómo los acusados, que no declaran hasta el día 28, mantienen la compostura. Mientras el autócrata, a su regreso de China, ha montado un numerito de Cumbre de la Paz en Barcelona con lo más florido de la izquierda iberoamericana. Un ramillete de caudillos del grupo de Puebla, en un frente popular contra Occidente adorando al superhéroe Sánchez. Política exterior irresponsable y tremendo daño para la imagen de España.
