La exnovia sin rostro, la operación del gato y los cuchicheos
La primera sesión del juicio a la «trama Koldo» supuso una jornada de reencuentros. La de José Luis Ábalos y Koldo García con el empresario Víctor de Aldama en el Tribunal Supremo; la del exministro de Transportes con su exnovia Jesica Rodríguez, doblemente enchufada por obra y gracia del exdirigente socialista y del otrora custodio de los avales de Pedro Sánchez en las primarias del retorno a Ferraz; la del propio Koldo con su hermano Joseba, adalid del campechano «hakuna matata» con el que afrontó el plácido interrogatorio de su abogada.
Tras su reiterado silencio a las preguntas bastante más incómodas del fiscal jefe de Anticorrupción y de la acusación popular, amparándose en su condición de investigado en la causa que sigue viva en la Audiencia Nacional.
«No ha habido nada anormal, no hay ningún problema», se escuchó proclamar a al hermanísimo sobre sus viajes a la República Dominicana para, según la omnipresente UCO, recoger dos pagos de 10.000 dólares.
Pero no, eran documentos porque él jamás, estoico en la confidencialidad, abrió un sobre. Aunque sí le dio tiempo a ver de refilón cómo una empleada de Ferraz metía los billetes en un sobre en una de sus dos visitas a la sede del PSOE, presumiblemente como cundero de las idas y venidas de sobres de la trama.
Pero si el testimonio de Joseba García aireó el espantajo de los sobres en Ferraz –ajeno al procedimiento, pues es la Audiencia Nacional la que investiga esos pagos en metálico–, la comparecencia del primogénito de Ábalos -que no, que no era custodio del dinero de su padre, aunque le prestó más de 20.000 euros que nunca le devolvió– echó un jarro de agua fría sobre el lenguaje encriptado que la Guardia Civil le atribuye a la trama en sus conversaciones de WhatsApp.
Porque cuando hablaban de «café», hablaban de «café» y nada más, y no de refugiarse inmediatamente en el anonimato de aplicaciones de mensajería de máxima seguridad. Víctor Ábalos dixit.
Por lo que pudiera pasar, y ante las incisivas preguntas del representante del Ministerio Público, el hijo mayor de Ábalos se confesó «un poco espeso». «Me he levantado a las tres de la mañana para venir aquí y he perdido el tren...», pretextó tras obligar un par de veces a Alejandro Luzón a repetirle las preguntas que no quería escuchar.
Corolario de una investigación que, se quejó, ha despeñado sus ingresos «de cien a cero», hasta obligarle a dejarse ver en los platós de televisión para el sustento de su familia.
La jornada empezó con Ábalos y Koldo camino del Tribunal Supremo en furgón desde Soto del Real –ese que intentaron evitar hasta el último momento rebelándose contra el cansancio físico que, se quejan sus letrados, merman su derecho de defensa–. Y con Aldama a las puertas de la sala esperando, no a Godot, sino a que el presidente del tribunal, Andrés Martínez Arrieta, pusiera el juicio en marcha.
El empresario, que lucía buen aspecto –contrastando con un Ábalos algo demacrado y con la barba frondosa y desaliñada de Koldo–, consultaba tranquilo el móvil. Intercambiando, también, las últimas palabras con su abogado, José Antonio Choclán, que muy pronto alimentó los recelos del exministro y su asesor al cerrar filas con la Fiscalía y el PP oponiéndose a la suspensión del juicio que reclamó la abogada del exasesor ministerial, Leticia de la Hoz, respaldada por el letrado de Ábalos, Marino Turiel.
Tras el breve parón de sobremesa, era el turno de Jesica Rodríguez, a quien el tribunal demoró para el turno vespertino, para su disgusto, pues nadie acerco a la expareja de Ábalos –en posición de prevengan desde primera hora de la mañana– «ni un vaso de agua». Al menos le permitió declarar sin descubrir su rostro a las cámaras, para preservar su identidad.
Su testimonio –que provocó cuchicheos entre Ábalos y Koldo– sí permitió constatar que el ex secretario de Organización del PSOE no deja a sus exparejas desamparadas. A Jésica le pagó tras su ruptura –harta de que se empecinara en no divorciarse mientras siguiera en el Gobierno– un año de matrícula en la universidad, el piso de alquiler en plaza de España (aunque quien aflojaba la cartera era Aldama a través de uno de sus socios) y hasta la operación del gato que juntos habían adoptado.
