Yo elijo creer
25 de julio de 1993. Corre el minuto 80 del partido entre Bolivia y Brasil por eliminatorias sudamericanas al mundial de EE. UU. ’94. A falta de 10 minutos para el final, Jorginho derriba a Etcheverry dentro del área y la mano del colegiado paraguayo Escobar marca una diagonal hacia abajo. Penal.
En las tribunas del Hernando Siles, unos se miran a otros. Un par de chicas se tapan la boca sin poder contener la emoción. Palmadas en la espalda. Apretones de manos transpiradas. «¡Ahora sí, ahora sí! «. Cuando Platiní Sánchez coloca la pelota en el punto de cal, la tensión se puede cortar con una tijera. Pero la carrera del 21 nacional es dubitativa y su disparo va abajo, al centro. El arquero Taffarel contiene el balón y un «oh» de desánimo se levanta desde la grada.
También lea: La cumbia de las miserias
Platiní es reemplazado por Ramiro Castillo y abandona la cancha entre lágrimas. El técnico Xabier Azkargorta lo abraza en un gesto paternal. Bolivia sigue martillando, Brasil se anima a más e inquieta a Trucco. Hay gente que sigue alentando, algunos comienzan a retirarse. Mi vecino de asiento se levanta y se dirige a la salida, consultándome si me voy.
–Yo me quedo– le respondo con un gesto.
En eso, lo veo. Quinteros se la da a Etcheverry en zona de defensa y el Diablo corre, se estrella contra la muralla defensiva brasileña, se va al costado izquierdo, marcado, forcejea con Valber y le da apenas, cae… y esa pelota en cámara lenta, pateada como coletazo de ahogado, rebota en la pantorrilla de Taffarel y se va bailando mansita hacia la red.
No sé con quién me abracé primero. No recuerdo cómo aparecí dos asientos abajo. Me acuerdo de los cantos, la dulce negación que te regala la incredulidad del momento. Y cuando no habíamos terminado de celebrar, recuerdo a Álvaro Peña, ingresado minutos antes, salir de contra y dirigirse solo hacia el arco norte, ante el coro in crescendo de las 44 mil almas cuyas plegarias habían sido escuchadas. Recuerdo el toque elegante entre las piernas del ya villano arquero y el segundo grito, el dolor en el pecho, las lágrimas. La soberana constatación de la fe futbolera, el bautizo con gargantas quemadas de los paganos que habíamos llegado al templo con la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve. Y los abrazos, los abrazos eternos, la comunión y la euforia.
Han pasado 33 años desde ese momento que ningún boliviano de entonces podrá olvidar. Es una vida entera. La cantidad de cosas que ha cambiado desde entonces desafía al asombro. Peter Guber, productor de Hollywood, escritor y conferencista, dice que toda buena narrativa debe tener tres partes fundamentales: el reto, la lucha y la resolución. La historia de Bolivia con el fútbol parece una en la que el reto fue planteado hace décadas y la lucha es permanente. La madrugada del 1 de abril, la resolución fue nuevamente negativa para nosotros.
Pero hay una diferencia muy grande entre saber que no iremos al mundial un año antes, sin juego ni esperanza en el horizonte, y morir en la orilla luego de haber nadado tanto. Después de mucho (realmente mucho) tiempo, la verde nos invitó a soñar. Nos ilusionó, nos invitó a memorizar nombres y equipos de origen, a olvidar rencillas sectarias por jugadores, hinchas y dirigentes que no son de la simpatía de todos. La victoria en la semifinal del repechaje hizo que volviéramos a festejar a las calles, a abrazar a quienes usualmente son nuestros rivales, a pensar que sí nos merecemos un lugar en la corte de los grandes, como hace 3 décadas.
Yo elijo creer ahora como lo hice ese día al quedarme en mi asiento. Apoyo la continuidad de Oscar Villegas al mando de la Verde. Apoyo a los equipos de scouting que van buscando talento joven, cuyos ojos no vieron las dianas de Etcheverry y Peña. Apoyo a quienes trabajan en nuestro fútbol por pasión y vocación. Pienso que merecemos, como hicimos ante Surinam, dar la vuelta a este dolor que nos provocó el último revés y soñar con la siguiente Copa América, con el mundial 2030, o simple y llanamente, con un equipo que se haga respetar no solo en El Alto, sino en cualquier cancha. Lo hicimos antes y lo podemos hacer en un futuro. Este país, futbolero por excelencia, se lo merece.
(*) Martin Diaz Meave es publicista y comunicador estratégico
The post Yo elijo creer appeared first on La Razón.
