Nada
¿Qué se espera de nosotros, los habitantes del paisaje desdibujado, trabado, profundamente abigarrado, alto, bajo, montañoso, febril, picante, desanimado, víctima eterna de todos los bienes?
¿Qué se espera de nuestros pies de barro, de las incontinencias que con tanto esmero se multiplicaron en las guerras perdidas?
¿Qué, de las heroínas sacadas a pasear un día al año, en las marañas digitales, enredadas entre papelones, capitanes de papel crepé, lencería de origen oceánico, suplementos para no envejecer y consejos para hacerlo bien?
¿Qué se espera de los retratos en las escuelas de todas las provincias inusuales en las que hay una marca registrada de olvido y de todas las posibles imágenes de acuarelas costumbristas?
¿Qué se espera de las opiniones encontradas en los bares y en los cafés, dejadas ahí al descuido por inspiradas gentes sin pensamiento propio ni cenicero propio ni gentilicio ni perro que les ladre?
¿Qué se espera del cantor aficionado a la aventura del lenguaje y del otro, aficionado a la aventura del lenguaje ajeno y del otro más, aficionado a la aventura a secas y por último, de la cantora cuya habitación elegida está en el último piso de la pirámide rancia para mirar mejor y con una mueca en la boca?
¿Qué se espera de la autoridad competente en nada más que en revisar su cuenta digital con pasmosa puntualidad, cada 2 de cada mes, después de guardar su lápiz en el cajón, ordenar sus papeles de lleno a vacío en la canastilla de los trámites en espera, que son siempre más y más y más?
¿Qué se espera de los infantes que parecen volar con unas alas invisibles y ríen de todo y de nada y se acuestan a contar la cantidad de estrellas en el cielo, en pleno medio día soleado a una altura de miles de metros sobre el nivel del mal?
¿Qué se espera de la señora con el cabello tieso después de una sesión de 17 horas en una peluquería que tiene siempre revistas de ciencia profunda en las mesas y olor a alcohol y a aerosoles varios y a shampoo de motacú rojo y enmarcado?
¿Qué se espera de las cicatrices de la patria, variadas, recurrentes, una, por lo menos cada dos meses, en lo que va de los últimos doscientos años?
¿Qué se espera de los escritores de historias que deben rondar por los barrios en los que las cantinas albergan a personajes con abrigos largos y oscuros, con un pie con zapato y el otro descalzo, con cigarrillos carentes de filtro en la boca y hablando cosas sobre la profundidad de los batanes y de las hiedras y de las casas cuyas ventanas dan a la península de los acantilados borrascosos?
¿Qué se espera de los deudores de emociones, que se sumergen en la niebla como si se tratase de un pase de magia ordinaria en días en los que se suele pagar con unas palmaditas en la espalda, o un puñal, o un misil con la cara del mandatario de la España insolada?
¿Qué se espera del fin del día en la ciudad secuestrada por cualquier multitud con una consigna, un cohete, una piedra y una nueva, siempre nueva, victimización?
*Es compositor y escritor.
