Objetos universales: la corona dispersa
Según los Evangelios, los soldados romanos colocaron a Jesús durante la Pasión una especie de corona trenzada con espinos para así humillar a su portador y burlarse de su autoridad al mismo tiempo que se provocaba sufrimiento. Sin embargo, muchos teólogos cristianos han interpretado el hecho simbólicamente: Cristo portando físicamente la señal de la caída. La interpretación se basa en el libro del Génesis, donde las espinas representan el castigo por la desobediencia de la humanidad.
Los Padres de la Iglesia consideraron la coronación de espinas como el fin de la maldición del pecado en el Edén. Orígenes, quien dirigió la escuela catequética de Alejandría (185-254), interpretó las espinas como el pecado humano cargado por Cristo. San Jerónimo (340-420), en el mismo sentido, lo identificó con la maldición del Génesis asumida por Cristo. Los tres evangelios canónicos que mencionan la corona de espinas no indican qué sucedió después de la crucifixión. La mención mas antigua de la corona ya venerada como reliquia en el Monte Sión es de Paulino de Nola, senador romano de origen galo convertido al cristianismo que llegó a ser Obispo de Nola en la provincia de Nápoles, en su Epístola a Macario (circa 409).
Otros escritores del siglo V también hicieron eco de los relatos legendarios sobre la identificación de objetos bíblicos a propósito de los interrogantes de los peregrinos que iban a Jerusalén buscando los rastros de la pasión. Los restos de la corona de espinas están ligados íntimamente al lignum crucis, cuyo descubrimiento se atribuye a Helena, madre del emperador Constantino, en su viaje a Palestina. «Historia eclesiástica», de Eusebio de Cesaréa, autor del siglo IV, atribuye el hallazgo a Constantino, pero en la traducción del griego al latín, Rufino de Aquilea lo atribuye a Helena, creando la leyenda de las tres cruces del Gólgota y el milagro de sanación asociado a la verdadera Cruz de Cristo.
Rufino también menciona que Helena atesoró otras reliquias como la corona de espinas, que había sido custodiada por familias cristinas y trasmitida de generación en generación. Casiodoro (c.570) menciona la corona en Jerusalén, aunque autores posteriores como Antonino de Piacenza, un peregrino italiano, menciona que la corona estaba en el Monte Sión. Muy pronto las espinas de la cruz se transforman en regalos y ofrendas. El emperador Justiniano (fallecido en 565) le envió una al obispo de París, Germán, que se conservó durante mucho tiempo en Saint German des Prés, y dos siglos más tarde la emperatriz Irene envió a Carlomagno varias como regalos de unos esponsales que nunca se celebraron custodiándose en Aquisgrán.
Fragmentada por la cristiandad medieval
Las espinas de Aquisgrán fueron objeto de donaciones posteriores. Se cree que fue traslada a Constantinopla en 1063, donde permaneció hasta 1238, cuando Balduino II se la ofreció a Luis IX de Francia. La corona se encontraba en manos venecianas como garantía de un préstamo, rescatada por el rey francés y trasladada a París donde el monarca mandó construir la Saint Chapelle, terminada en 1248, para darle culto. La reliquia permaneció allí hasta la Revolución Francesa, momento en la que fue trasladada a la Biblioteca Nacional. El Concordato de 1801 la devolvió a la Iglesia siendo depositada en la catedral de Notre Dame, de donde salió el 15 de abril de 2019 tras el incendio regresando en diciembre de 2024, siendo visitable el primer viernes de cada mes y todos los viernes de Cuaresma preservada en un relicario diseñado por Violet le Duc. En París se conservan juncos trenzados, es decir, la base, mientras que las espinas se encuentran distribuidas por Europa.
La corona se fragmentó y dispersó por la Cristiandad medieval. En el año 1147 Luis VII le regaló a Sancha Raimúndez, hija de Urraca y hermana de Alfonso VII el Emperador, una espina de la corona de Cristo de las que custodiaban los reyes de Francia, fundando un monasterio en tierras de Valladolid encomendado a la orden del Císter para custodiar la reliquia hasta nuestros días, el Monasterio de la Santa Espina. Se veneran espinas en San Miguel de Gante, en el Stonyshurst College de Lancashire, donadas por María reina de Escocia a Thomas Percy, en la catedral de Tréveris, en Nápoles en el Museo de San Roque, incluso en La Alberca (Salamanca) en la Iglesia de la Asunción se venera una reliquia de la Santa Espina. Hay cientos de espinas distribuidas por el mundo, muchas de ellas reliquias por contacto, todas con una leyenda, real o inventada, en las que el valor no reside en la prueba, sino en las devociones centenarias que despiertan.
